Microrrelato
Por: Miguel de Ungría
Era el nuevo orgullo de la familia.
El día que entró en la casa hubo alegría y fiesta. Venía para suceder a la otra, a la recién fallecida, que había sido llorada con grandes lamentos por las mujeres cuando le llegó su fin, después de una apacible y larga vida. Viviría en el amplio corral que daba al huerto que había sido creado, poco a poco, durante generaciones, tomándole terreno a la montaña, haciendo escalonados tablares en la cuesta, tras de la casa.
Cuando fue llevada allí era aún bien pequeña, apenas una cría recién destetada, tan linda, con aquellos ojazos. Pese a todo fueron varios los hombres necesarios para subirla arriba.
En aquella cuadra con acceso al huerto, sin otro horizonte que la vivienda a un lado, la montaña al otro, el cielo límpido de los días y el estrellado tapiz celeste de las noches, habría de pasar toda su vida, tal vez compartida con dos o tres corderillos que irían desapareciendo año tras año reemplazados por otros.
Estaba destinada a dar leche, siendo uno de los sustentos esenciales para la familia y no saldría de allí sino cuando muriese. Pero eso ella no lo sabría nunca.