Por: Luis de Valdeavellano
Este artículo, con alguna ligera variación, fue publicado en 2006 en el periódico «La Tribuna de Guadalajara». Creo interesante su reproducción aprovechando la conmemoración del décimo aniversario del comienzo del reinado de nuestro jefe del estado el rey Felipe VI.
Es de notar como la estupidez, las malas artes, el incumplimiento de las leyes por quienes deberían ser sus máximos valedores, tanto como el deseo de medrar y enriquecerse a costa del pueblo pagador de impuestos es, y sigue siendo, la norma general entre nuestros políticos, sindicalistas, jueces y demás mantenidos.
Tengas tú valor, discreto lector, y tenga yo suerte.
Tú, valor para gastar tu tiempo en recorrer estas pobres líneas, hueras de arte o ciencia, y yo suerte en conservarte, pues sin ti no tendrían objeto estas palabras, lanzadas al aire oscuro de lo incierto.
Inicio hoy este viaje por los kioscos, polizón consentido del diario “La Tribuna de Guadalajara”, y, con su favor, espero me sea leve la travesía. Pero, sin más dilación, vayamos al asunto.
Días atrás, mientras meditaba como sería mi primera incursión en estas hojas, efímeras, de la prensa, pensaba que no había de sucumbir a la fácil excusa de criticar a los políticos y a sus políticas, pareciéndome vulgar ceder ante tan golosa tentación. Mas, dada la actual situación por la que atraviesa nuestro ¿País? ¿Nación? ¿Pueblo de Pueblos? ¿Agrupación de Naciones? (Elíjase a voluntad el término preferido) me resultó imposible sustraerme ante campo tan bien sembrado… de despropósitos. Por otra parte, sintiendo cierta afición por la literatura y el arte en general, como reflejo completo, aunque deformado, del ser humano y de la propia vida, decidí hacer una pequeña excursión por uno de los asuntos que, actualmente, ocupan a nuestros políticos y que, finalmente, terminan por preocupar a los ciudadanos (que somos los que pagamos el precio de tantas torpezas y desvariaciones) y ver el tratamiento que le ha dado, alguno de nuestros mejores escritores, en el transcurso del tiempo.
Pensamos, a menudo, que lo que acontece en nuestra sociedad actual es nuevo o novedoso, fruto del brillante y creador intelecto de los que, en cada momento, nos gobiernan, como si durante el tiempo pasado nada hubiera sucedido. Pero si uno se toma la molestia de indagar en el pasado, para lo cual no hay cosa mejor que consultar los libros, esos pequeños, cúbicos, y extraños utensilios, donde algunos se empeñan en apuntar cosas, en ellos, observaremos, y comprenderemos, que la locura humana ha existido siempre: el deseo de poder, el ansia por destacar, la creencia de la posesión de la verdad absoluta, o la malicia, forman parte de nuestro bagaje humano intransferible.
Repasando, hace unos días, un curioso libro, una ilustrativa selección de “artículos periodísticos”, titulado así, del cual es autor don Francisco Gutiérrez Carbajo, y en el que se hallan representados algunos de los más grandes escritores y periodistas españoles del siglo veinte, he podido leer como nuestros grandes talentos literarios no han podido sustraerse, o por mejor decir “morderse la lengua”, ante las necedades con que nuestros políticos nos han regalado desde antiguo.
Viene esto a colación porque en estos días, por ejemplo, el Congreso de los Diputados del reino de España ha aprobado una ley importantísima, y urgentísima, llamada “de la memoria histórica”. (Me sonroja la sola reproducción del título de tan sonora ley). Igualmente se viene conmemorando el aniversario del fatídico advenimiento de la II República, lo que ha dado pie a tratar de unir, de forma pintoresca, la pretendida bondad de dicha República con los logros de la generosa transición que nos legó la Constitución del 78, consiguiendo, con todo ello revuelto, avivar la, antes inexistente, polémica sobre la conveniencia, o no, de una nueva para la España actual.
Como breve, pero sonoro, apunte sobre este asunto recojo aquí una sabia frase del artículo publicado por don Miguel de Unamuno en el periódico El Liberal, el día 12 de septiembre de 1923 y titulado “República o Corona”, criticando las pretensiones del, entonces, ministro de Estado, el radical Santiago Alba, de “coronar la República”, propone en dicho artículo don Miguel “republicanizar la Corona”.
Si esto, como yo creo, se llevó a cabo durante la transición española a la democracia proclamando entonces una monarquía constitucional y parlamentaria, ajena al juego político, y además, si, como creo yo, se hizo con tan buen juicio y acierto, ¿por qué no dejar las cosas que funcionan razonablemente bien, simplemente, como están?
Nota: La “memoria histórica” no se recupera con una ley sino con la verdad.
Vale