Microrrelato
Por: Miguel de Ungría
Una tarde, después de tomar la humilde y frugal comida del mediodía, en compañía de su esposa y de su hija tan queridas, Mosé bem Sem Tob salió de su humilde morada en la pequeña aljama sita en la calle de la Judería, junto a la sinagoga de Midrás, contigua a los muros de la ciudad de Guadalajara, y subió a paso lento por la calle que conduce hasta la iglesia concatedral de Santa María, antigua mezquita principal de la ciudad.
Dejando atrás el bullicio urbano cruzó el puentecillo de “La Alaminilla”, o puente de las infantas, junto al torreón del Alamín, internándose en los campos.
Las mieses verdeaban por entonces, glaucas y frescas, pues era el tiempo de la primavera, estación leve y amable en esas tierras arriacenses, y el dulce corazón de Sem Tob se acompasaba con el rumor del ameno paisaje según iba internándose por los campos.
Sentía su alma ligera como una pluma cuando cae, suave, hasta el suelo, posándose en él con extremada delicadeza.
Su mente bullía, mientras tanto, trabajando inquieta, buscando palabras certeras con las que representar la belleza insondable, que no se puede transcribir sino usando los recursos que solo Dios procura.
Así pasó la tarde, caminando, extasiado en los paisajes y en el fondo de su espíritu esclarecido.
Cuando regresó, al atardecer, con el sol ya declinante ante sus ojos henchidos de ver lo que casi nunca es dado ver, cansados de estudiar cada noche, bajo la pobre luz de los candiles, los libros sagrados, tenía la respuesta hallada a través de su mente y de su corazón: lo llamaría Zóhar, “El libro del Esplendor”.