LOS JINETES DE TEMUJÍN

Microrrelato

Por: Miguel de Ungría

Cabalgábamos día tras día, siempre en la dirección del sol cuando rompe el horizonte. Desde que se apagaban los fuegos, al amanecer, hasta el declive del sol en el ocaso, llevando con nosotros nuestros animales de refresco y los exiguos bagajes; entonces nos deteníamos, montábamos las yurtas y formábamos un sucinto corral para los animales, cercado con cuerdas trenzadas con las mismas crines de nuestros infatigables caballos.

          La noche nos acogía en ese inmenso vacío desolado que son las llanuras y las montañas sagradas de nuestra Mongolia, hechas a la medida del hombre que no teme mirar de frente al intocable confín, bajo un cielo absoluto de estrellas. Encendíamos las lumbres, si es que acaso teníamos algo que prender, y calentábamos la comida en cuencos, sino, la carne seca, la leche, la mantequilla y el queso curado al sol y al viento nos sustentaban. Luego, en los corros, con los amigos, bebíamos con fruición el airag que nos daba el calor y el vigor necesarios para pasar bien la noche, en la que nuestros sueños a menudo se poblaban de ciudades de oro que no habíamos visto jamás, pues no sabíamos siquiera lo que eran las ciudades, pero que habían dicho que nos aguardaban al final del viaje.

          Así recorrimos las grandes praderas donde pastan las manadas salvajes y el cruel desierto donde habita la sierpe, sin detenernos más de lo imprescindible, pues nuestro gran Khan, el supremo señor de todos los hombres que habitan sobre la tierra, nos había prometido la gloria infinita al término del viaje.

          Los que se quedaban atrás, vencidos por el camino, servían como pago al Cielo, nuestra ofrenda a Tengri, soberano de todos los dioses.

          Al final nos esperaba la gran muralla, último baluarte de un pueblo vicioso, envilecido por largos siglos de corrupción y decadencia, y tras ella, todos los tesoros del mundo, dispuestos para nosotros en la gran mesa del festín, aguardando nuestra inmisericorde llegada.

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