Por: Luis de Valdeavellano
Esta noche hay un concierto en la ciudad. En esta ciudad, como tantas, antes pequeña, familiar y provinciana, ahora, por mor de la migración ilegal convertida, de repente, en creciente, ajena y multiétnica.
Pero bueno, el hombre obvia lo obvio mientras observa, con agrado, que se han vendido casi todas las localidades para escuchar la cantata Carmina Burana del famoso Carl Orff. Sin duda se trata de una conocidísima obra, sobre todo por su archiconocido tema inicial y principal: “Taa tata, taa tata, ta taaa…”. Es, sin embargo, en general, una música sencilla en su génesis, basada en cantos medievales profanos, podríamos decir que de taberna, de posible origen goliardo. Cantos festivos, de exaltación a la vida despreocupada, al disfrute, a lo efímero y cambiante del momento, una especie de versión medieval de ese “carpe diem” del poeta romano Horacio, (aprovecha el día, o, en traducción más libre: “vive el momento”) tan en boga en la actualidad, en suma como sigue siendo la vida: fungible y tornadiza en grado sumo. El hombre piensa en ello mientras toma asiento en una localidad que está situada a un lado, con relación al eje central del escenario, en las primeras filas.
Mientras da comienzo la música observa a las personas que le rodean. A su lado izquierdo hay una pareja de jóvenes. Piensa el hombre que casi cualquiera lo es para él, dada su edad avanzada que bordea ya, peligrosamente, la vejez absoluta. Aunque ahora está mal visto decir viejo al que lo es, aunque lo sea, él hace algún tiempo que ya se considera un viejo, en progresión inapelable hacia el abismo definitivo de la nada.
Al principio no les presta mayor atención, a esos jóvenes de su izquierda, mientras piensa si será correcto referirse a ellos como “jóvenes”. De un tiempo a esta parte tiene muchas dudas con las palabras, -sobre todo con los adjetivos- porque casi todas son susceptibles de ofender, por lo que hay que usarlas con todo el cuidado posible, como si fuesen armas cargadas, o materiales tóxicos y letales.
Vuelve a los señores del lado izquierdo, (pues ha decidido llamarles así para no ofender) que, de momento, no le llaman mucho la atención, aunque no puede dejar de hacerse una sucinta descripción mental de los mismos: le parecen: comunes, normales, inelegantes, no muy bien parecidos ni vestidos, más bien altos, el uno calvo, bueno, sin pelo en la cabeza, con barba rala; más bien delgados, o enjutos, o estilizados, ya se entiende. El que está justo a su lado izquierdo, es un señor barbado descuidado y peludo de piernas, puesto que va en bermudas y el hombre las tiene casi pegadas a las suyas, las piernas, por lo que puede verlas con total claridad. El hombre no puede evitar pensar que la elegancia no es cosa que se compre barata.
Delante suyo hay dos mujeres, una cenceña, delgada o estilizada y otra gorda, perdón, rellenita, perdón, un tanto gruesa, perdón, puede que recia… Son dos señoras de mediana edad y un poco más, que comentan algo sobre una persona que se halla sentada en la primera fila, la fila reservada a las autoridades o invitados, al que señalan sin pudor con dedo acusador, y que resulta ser, pues ellas así lo afirman, un concejal del ayuntamiento de la ciudad. Se ríen, entre ellas, relatando, con cierto recochineo, como le pusieron verde en la reunión mantenida con él días atrás. A tal punto que el compungido concejal, según afirman, hiperventiló y tuvo una subida de tensión. Al parecer son feministas, son guerreras de género, que no de sexo. Agresivas defensoras de una parte menor, pero imperativa, de la mitad de la especie humana, en una sociedad que las protege creando leyes ilegales a las que se llama, eufemísticamente: “discriminación positiva”. El mejor ejemplo que se puede poner de un oxímoron.
El hombre piensa que la creatividad retórica de los políticos, para expandir sus maldades, supera con creces al mayor genio de la literatura mundial… don Miguel.
Se avisa del comienzo de la actuación: “Apaguen los móviles, no está permitida la grabación de imagen o música”.
Cuando se apagan las luces y empieza la música los señores del lado izquierdo del hombre empiezan a hacer manitas. Al parecer son homoxesuales, ahora es obligado llamarles gais, que, como bien se sabe significaba, en su origen francés, trasladado luego al inglés: “alegre o despreocupado”. Pues bien, estos señores “alegres y despreocupados” hacen manitas y piernitas, porque el señor lampiño, sentado al lado izquierdo del señor barbado descuidado de las bermudas, no deja de tocarle, a éste, la peluda pierna izquierda.
El hombre se escora, en lo posible, a su derecha… no vaya a ser… Y, sin poder evitarlo, piensa en Platero: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera… Inolvidable Juan Ramón…
Las feministas de delante no se cortan un pelo, ellas son mujeres empoderadas, sacan sus celulares y graban a la orquesta, coro y solistas pese a la advertencia del comienzo de la función.
La delgada y la gorda, bueno, perdón, perdón, perdón, porque ahora gordo es una palabra tabú. Decía que las señoras de delante, Ahora que hay, en nuestras sociedades tan democráticas como sobrealimentadas, probablemente más personas obesas que nunca antes en la historia de la humanidad, no se puede llamar gordura a lo gordo, hay que usar otros epítetos que no se consideren ofensivos, por supuesto partiendo de la premisa de que, en el sexo femenino, rotundamente no existe la gordura, como mucho podría usarse tal vez el vocablo rellenito, o puede que rotundo, o firme, imperativo o contundente; quizás el manido eufemismo “con ligero sobrepeso” pudiera, en algún momento resultar adecuado.
Piensa el hombre que, dado que casi todo ofende, al flaco convendrá llamarle delgado y estilizado, al calvo, acaso lampiño o quizás rapado, el alto será “elevado” y el bajo “concentrado”, por supuesto aclarando que como los buenos perfumes, o quizá “sucinto” como los mejores poemas.
Son cosas banales, que el hombre piensa mientras observa y escucha, constatando como la falta de elegancia, de clase, es tan manifiesta en el ser humano, así, en general, contemplado, en abstracto, desde un asiento en el teatro, lo cual le conduce a profundas reflexiones sociológicas, bien es cierto que un poco escépticas sobre la pobre condición humana.
Si al teatro se va en bermudas. Si a los entierros se acude en camiseta ¿A la playa, cómo irá la gente a la playa este verano? ¿Con traje de noche y corbata?
Vale