(Y A LA CIUDAD BURGUESA)
Por: Luis de Valdeavellano
El viajero lleva años dudando si emprender esta excursión, o no. Tiene a favor la firme creencia de que una tierra tan bella, con algunas gentes tan nobles, simpáticas y amables, bien merece una visita; tiene en contra que es, todavía, una tierra sangrienta, asimismo poblada por grandes criminales y asesinos de inocentes y de sus herederos cómplices.
Al final, se impone su deseo de ver y oír directamente lo que haya que oír y ver, de conocer a los buenos prescindiendo de los malos, por lo que se aventura al viaje.
El eje de la visita ha de ser San Sebastián, la admirable ciudad burguesa por antonomasia. Creada y embellecida a partir del deseo de disfrute de las élites españolas, encabezadas por la realeza; surgida de la moda que impusieron por veranear en un lugar fresco, paradisiaco, al llamado de la novedad liberadora de finales del diecinueve y principios del veinte, de “tomar las aguas”.
Con el dinero que se dejaban esas élites burguesas en la ciudad se forjó una arquitectura y un cosmopolitismo único en su momento y que, afortunadamente, aún pervive. Ahora, el relevo de ese “tomar las aguas” lo ha cogido la gastronomía, donde los hosteleros donostiarras, con sabiduría empresarial, han sabido crear todo un circuito que alimenta estómagos bien dispuestos y se enriquece de los mismos.
El viajero entra por Tudela, tierra navarra que ya va poniendo, en la mente del visitante, la idea de que la comida y el paisaje serán ejes aglutinadores del viaje. Luego llegarán Zarauz, San Sebastián, Fuenterrabía, Hendaya, San Juan de Luz, Biárriz, espléndidas cada una en su diversidad, pero con un espíritu común forjado entre la montaña y un mar Cantábrico inapelable. A caballo entre España y Francia, siguiendo siempre el golfo de Vizcaya, la derrota del duro y bello mar representa el nudo gordiano de aquellas tierras, tan duras como hermosas.
Según comprueba el viajero, los nefastos políticos nacional-separatistas impusieron, años atrás, un término: “País Vasco”, que es una pura falacia ilusionista en términos geográficos y naturales. Pocas veces ha estado el viajero en un sitio que sea menos país, y en el que se hable, pero no se hable, un presunto idioma, el vascuence, que sea menos idioma. El territorio vascongado es una sucesión impresionante de montes y valles, valles y montes, sitios difícilmente conectados todavía hoy, siendo cada caserío un pequeño micro país en sí mismo, y eso contando con las tecnologías actuales en comunicaciones y carreteras. En cuanto al presunto idioma, a todas luces es una pura recreación, moderna e impostada, una imposición de las élites políticas dictadoras de la verdad inapelable. El vascuence, o eusquera, tiene su origen en los, puede que, más de treinta dialectos, ininteligibles entre sí, propios, cada uno, de cada pueblo y de cada lugar, pero que, por la magia esotérica que ejerce la política, cuando quiere ponerse creativa, han derivado en una extraña mezcolanza, que solo la benevolencia servil de las gentes traga como lengua propia. Un sinsentido nacionalista más que distrae los dineros de todos que, en vez de ir a la salud y a la educación, van al adoctrinamiento borreguil y separador.
Por otra parte San Sebastián es una ciudad preciosa, sin parangón, con una fama más que merecida, de la que, por ponerle un pero, se puede decir que no tiene apenas museos, dada su población, pero supongo que compensa a la mayoría de sus muchísimos visitantes desinteresados, con el hecho cierto de que tiene muchos bares y restaurantes, de gran calidad, en todas sus formas posibles siendo, en la actualidad, uno de los templos urbanos mundiales de la gastronomía y de la restauración.
San Sebastián, nacida como gran ciudad, de, y para las élites de mediados, y finales, del siglo diecinueve y principios del veinte, despliega su bella arquitectura, en todo su esplendor, como un pavo real de alas abiertas hacia el mar, con la magnificencia que le impusieron los visitantes de aquel tiempo, que la amaron y la engrandecieron sin medida. Ahora, el viajero observa que está de moda progre, entre los social-comunistas nacionalistas seudo-terroristas, la pretensión de expulsar al turismo que la hizo nacer, desarrollarse y convertirse en una potencia internacional incuestionable.
La ciudad es preciosa, su relación con el mar es increíble y el ambiente es bueno, cosmopolita, trufado de gentes llegadas de cualquier lugar del mundo, pero, recorriendo sus calles, sus bares, sus rincones, el viajero no puede evitar sentir un atisbo de pena, una sombra siempre latente, que parece querer cernerse intangible sobre él. Es como si le acompañará un halo oscuro, pues no puede dejar de pensar que, en cualquier establecimiento, en cualquier momento, podrá estar cerca, en contacto con algún asesino, ahora en libertad mediante el abuso de leyes obscenas hechas a la medida de los criminales.
Esta desagradable sensación le encoje, de vez en cuando, el estómago y el alma, viéndose reforzada por la presencia impune de los desalmados de la boina enroscada, amos de las calles de los pueblos por donde pasea. Las pintadas advierten, las pancartas recuerdan, a los ciudadanos comunes como él, que ellos, los criminales, los asesinos y sus secuaces de la boina enroscada gozan de impunidad, son los que mandan, los que vigilan en la sombra, los que señalan y dictan las normas a su antojo violento, tiránico y social-comunista.
Vale