El que vigila el puente.

Por: Luis de Valdeavellano

Este artículo fue publicado en «La Tribuna de Guadalajara» en 2010

                               

Aquel  puente llevaba sirviendo a la ciudad casi dos mil años. Ésta era la conclusión a la que habían llegado sesudos estudiosos, tras minuciosas investigaciones, reuniones y algún que otro congreso, y la hacían pública ahora, mediante la correspondiente comunicación, informando de que fueron los romanos los primeros pobladores que decidieron crear una estructura sólida y permanente para el paso del río.

          Los primitivos habitantes del lugar se habían conformado, hasta entonces, con estructuras más livianas, menos permanentes; tal vez alguna efímera construcción de ramas o de madera, o quizás algún tipo de balsa, o barcaza, y poco más. Algunos siglos después, tomando como base el pétreo puente romano, (utilizado aún en tiempos de los reyes godos), hábiles alarifes moros ampliaron, mejoraron y embellecieron la fábrica existente, dándole el aspecto majestuoso que, el puente, aún en nuestros días, conserva. Tan solo la adicción de una capa de rodadura, primero dispuesta a base de bloques de piedra labrados en forma prismática  (los vulgarmente llamados adoquines), y posteriormente de asfalto, ha sido toda la aportación de los pobladores cristianos, habitantes últimos de la ciudad, en el histórico devenir del bello monumento.

          Pues bien, a mediados de los años cincuenta, como quiera que el tráfico rodado se fuera incrementando, sin cesar, desde comienzos del siglo pasado, y que el puente ha continuado siendo arteria principal de comunicación en la ciudad, el consistorio municipal, siempre diligente en el uso de sus atribuciones, con el fin de controlar el buen estado del mismo y como medio de asegurar así su mejor mantenimiento, acordó crear el empleo, adornado con el pomposo titulo, de: “funcionario municipal encargado de la vigilancia del puente”. Para el puesto fue elegido Rogelio Urrea, mas conocido por “Pamplinas”.

          Era Rogelio, hombre de mediana edad, veterano de la siempre recordada, terrible y aún cercana guerra civil, alférez provisional  y caballero mutilado, pues durante la misma había sido coceado por un mulo que se volvió loco una tarde del mes de Agosto, porque, al parecer, cayeron unas bombas cerca del corral de mulas de la compañía de intendencia a la que pertenecía el animal y éste, en su desenfrenada huida, fue coceando y mordiendo cuanto encontraba a su paso, y se encontró con Rogelio y le mordió y le coceó y, dicen algunos maledicentes, a sus espaldas, que incluso le meó encima. El caso es que, como consecuencia de la “hazaña”, Rogelio fue evacuado del frente hasta que se repuso de las heridas, (de las que quedó algo cojo), y que solía mostrar, sin pudor alguno, en cuanto se tomaba unos cuantos vinos de más, pues entonces, su cojera se acentuaba, dándole un aspecto mecánico y singular a su caminar.

          Esto solía ocurrir todos los primeros de mes, justo cuando cobraba y se cambiaba de muda para ir a la única casa de pupilas de la localidad. Las chicas de la casa conocían de memoria la vieja historia, que Rogelio reservaba para algún momento importante de la velada, entonces, con algunos vinos de más en el cuerpo, se crecía, la boca caliente y, envalentonado, se embravaba, soltando su famoso “pamplinas” y ya no había nadie en el mundo que pudiera parar a Rogelio hasta el final del relato.

          Algunas veces, sobre todo si el vino ingerido esa noche, de dinero fresco y muda limpia, había sido Cariñena, solía ponerse tierno: nostálgico, (como le gustaba decir a él), e incluso se le escapaba una lagrimilla recordando al pobre mulo; porque, al parecer, éste, tras atropellar a un par de monjas voluntarias, al cocinero y al asistente “mariquita” del teniente cura, dio contra la tienda de campaña de un comandante legionario de ardor incendiario, que creyó que los rojos invadían el campamento y, sin hacer más averiguaciones, al grito de:  “a mí la legión” descerrajó al preciado animal un cargador entero, con el máuser que reposaba junto a la cabecera de su cama, de cuyas heridas murió el asustado mulo, que fue inmediatamente sangrado y posteriormente convertido en unos insufribles chorizos que acompañaron las lentejas del rancho de los siguientes días.

          El comandante “mulicida” fue llamado a declarar y a punto estuvo de formársele consejo de guerra, por hacer mal uso de los valiosos bienes del ejército. Dicen que se salvó por algunos buenos contactos que tenía y, según murmuraciones, por haber pertenecido a la misma promoción del pequeño general insurgente.

          A esta versión se le oponía otra que Rogelio solía contar los mismos primeros días de cada mes y de ropa limpia en los que, por el contrario, el vino, en vez de ser Cariñena, era un tinto peleón y salvaje, morado tirando a negro, que venía de la parte de Toro. Este vino tenía la cualidad de exaltar a Rogelio, a tal punto, que solía maldecir del mundo, del mulo, y de la madre que los parió a todos. Afirmaba entonces, entre juramentos, que si no hubiera sido por el innoble bruto lo menos se vería ahora de general. Y por lo general, esa noche, solía terminar la farra en la fuente mayor de la ciudad, jurando a las estrellas mientras vomitada el de Toro hasta por las orejas.

          Pues bien, Rogelio se tomó a pecho el nuevo empleo y cada mañana, con la fresca en el buen tiempo, con el relente en el invierno, se llegaba hasta el puente y lo paseaba de arriba abajo y viceversa, tras lo cual, después de dar un amplio rodeo, bajaba hasta la misma orilla del río para desde allí tener una mejor perspectiva de la hermosa arcada y de los pies, o basas, del puente. Colocábase en posición de otear, y solía pasar así largo rato escudriñando, atento a cada fisura, a cada variación en la mampostería, a cada nueva brizna de hierba, de las que suelen crecer entre las piedras de sillería de las grandes y antiguas construcciones, sobre todo en presencia de humedad. En fin, nada pasaba desapercibido a su mirada de águila imperial, de ágil milano oteador.

          Después de tan minuciosa exploración, en un cuadernillo de los de hacer caligrafía, tomaba buena nota de sus observaciones, llevando así un pequeño y completo diario de la vida del puente y de rebote, también de la suya propia.

          Las vidas del puente y de Rogelio se fueron imbricando hasta llegar un punto en el que estaban íntimamente unidas, asociadas, por así decir. Los automovilistas, cada vez más numerosos, se acostumbraron a ver el puente con Rogelio encima, o debajo, o al lado del mismo; al menos durante la jornada laboral, e incluso muchas veces a deshoras pues, según fue pasando el tiempo, en vez de irse a desahogar, los primeros de mes, a la fuente mayor, tomó la costumbre de acercarse al puente. Solía entonces apoyarse en la baranda y le soltaba largas peroratas, hablándole como a un amigo, como a un confidente y, algunas veces, terminaba la noche tumbado bajo la arcada, al frescor de la ribera, como suele decirse: durmiendo la mona.

          Pero una noche de verano, se les ocurrió a los de la presa, (recientemente construida, aguas arriba, con el sano objeto de regular el cauce del río y también para suministrar el tan preciado elemento a la, ahora, siempre creciente comarca), abrir las compuertas por darle mayor caudal al río, que en aquellos días bajaba exhausto dada la estación del año, y esta repentina crecida arrastró, inevitablemente, a Rogelio Urrea, que la dormía ajeno al mundo.

          Su pequeño cuaderno publicado, con gran éxito, en el periódico local y una sencilla y breve placa en el puente, colocada por el consistorio, a petición de las condolidas meretrices que promovieron una colecta entre sus asiduos visitantes, atestiguan, aún hoy, su paso por este desdichado mundo.

                                                 Vale

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