(MICRORRELATO)
Por: Miguel de Ungría
Oh… aquel fue un momento inolvidable…cada vez que lo recuerdo…los preparativos…el acercamiento cauteloso…el respetuoso saludo…la petición y…cuando percibí que me daba su consentimiento, esa sensación de acogimiento, tan pacífico, tan afectivo, viendo sus ramitas que se movían levemente, como en señal de bienvenida.
Solo de recordarlo lloro de emoción…y por fin, el abrazo, bien es cierto que no fue exactamente como yo lo había imaginado, porque resultó un poco arisco, como extrañamente picante o, por mejor decir… un poco áspero y punzante.
Pero todo se truncó de repente cuando el monitor de las rastas, que olía un poco a rancio, (él decía que así huele la naturaleza, aunque yo no estoy segura del todo) me dijo, con cierta rudeza, que los espinos no se abrazan, que siguiera adelante, que aún no habíamos llegado al bosquecillo sagrado donde los nomos salen todas las noches de luna llena.