El insulto es una terapia y sustituye, con ventaja, a la violencia física.
¿Es necesario fomentar el insulto? ¿Se insulta más en momentos de crisis?
Por: Luis de Valdeavellano
Este artículo fue publicado, con ligeras variaciones, en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2012
ELOGIO DEL INSULTO
El insulto, sobre todo el duro, tiene muy mala fama desde tiempos antiguos, y se le considera, por parte de filósofos e intelectuales pomposos, un recurso dialéctico demasiado fácil, al alcance de cualquiera, sea español o extranjero.
El insulto es, por lo general, menospreciado salvo, en contadas ocasiones, cuando su ingenio supera a la grosería que le suele ser implícita. Pero el insulto es mucho más que la agresiva, y ofensiva, expresión verbal del odio, la ira o el desprecio a través del lenguaje, es también la ritualización de la agresión física, y su papel mitigador de la confrontación violenta es incuestionable. Se puede afirmar con rotundidad que si el hombre no pudiera insultar a menudo tendería a actuar de forma más contundente, luego se infiere que el insulto es pacifista, en cuanto que aboga por la resolución de los conflictos mediante el intercambio verbal, aunque éste sea agresivo, y puede terminar incluso siendo el preámbulo para llegar a un posterior entendimiento y a la consiguiente concordia.
Existen personas y grupos sociales (que están en la mente de todos) que han contribuido especialmente a su desarrollo usando del insulto con destreza, ya que saber insultar bien no está al alcance de cualquiera, como con ligereza afirman los presuntuosos, esos que se consideran por encima de la media, e injustamente lo desdeñan, llegando a afirmar, con evidente mala fe, que el insulto es un recurso esencial para el populacho, y que es conveniente dejar que éste lo use sin tasa para calmar así sus bajos instintos evitando males mayores. Sin embargo, el abuso del insulto lo hace inerte y le quita parte de su enorme fuerza creativa.
Las religiones, salvo cuando se refieren a sus contrarias, lo persiguen con saña, abominan del insulto como de un apestado, le llegan a llamar blasfemia, dándole rango de crimen contra los dioses, y esto se repite en todas ellas de manera harto sospechosa.
Los políticos lo temen y lo esquivan también, llegando a usar trajes anti-insulto, en los que invierten ingentes cantidades de dinero que, por supuesto, salen de nuestros bolsillos y, como está demostrado que insultando también se aprende a pensar, y que el razonamiento que lleva implícito todo insulto hace que el intelecto se desarrolle y florezca tomando formas desusadas, desconfían mucho de él, salvo cuando les es particularmente útil por usarlo ellos mismos (Hay quien afirma que les gustaría mucho tener la exclusiva absoluta de su uso, ley mediante).
En todo caso, si el insulto en público está empezando a estar proscrito, y a uno ya le miran mal cuando, por ejemplo, con toda razón, insulta al árbitro de turno, o al político que nos engaña sin empacho y nos esquilma sin tasa, que para eso están, insultar en privado todavía es posible, aunque no se sabe por cuanto tiempo, pues la libertad individual cada vez está más restringida. Pero, mientras se pueda, intente usted insultar bien, con inteligencia, con creatividad, con fantasía: insultar jovialmente, como quien dice.
Es, por otra parte, lógico, empezar insultando a los más próximos: a familiares y amigos, a los vecinos y compañeros de trabajo, a los jefes, a los políticos locales y a los jueces de primera instancia, y luego, en una gradación creciente, a todos los demás pues todo el mundo es susceptible de ser insultado.
Insulte usted señora, y usted también caballero, pero háganlo con elegancia y dignidad, procurando que su insulto sea brillante, luminoso, preciso y perturbador. Busquen el vocablo exacto, el tiempo perfecto, el ritmo preciso, la palabra justa y encontrarán en el insulto la belleza sencilla que tienen las cosas profundas y bien hechas, y desconfíen siempre del insulto plagiado (sobre todo del progresista pues, además de ser un insulto comunista es aún de baja calidad).
Sea usted un verdadero artista del insulto y verá como su corazón se ensancha y su mente se expande, y le aseguro que, además, tras una dosis razonable de insultos, dormirá plácidamente.
Vale