Por: Luis de Valdeavellano
La performance es una forma de expresión artística, o disciplina artística, también llamada “arte en acción” contemporánea, que cobró relevancia hacia los años setenta del siglo XX, aunque tiene antecedentes desde principios de ese mismo siglo.
Es compleja su adscripción, tanto como las difusas fronteras que puedan distinguirla de otras expresiones culturales como el teatro, la danza, la música, o la poesía, así como de las artes plásticas en general, ya que puede tomar, circunstancialmente, aspectos diversos de todas ellas; pero cabe resaltar que, uno de sus principales diferenciadores, es la pretensión de integrar al espectador en el propio proyecto performativo.
Pero, como no es el objetivo de este artículo teorizar sobre su hipotética creación, evolución, y sus múltiples facetas, más allá de dar una breve pincelada sobre su existencia pararé aquí, para adentrarme en lo que verdaderamente me interesa y es la relación que encuentro entre esta forma artística y el toreo, la “fiesta de los toros” manifestación singular y, única en el mundo, donde se consuma una comunión entre el toro, el animal totémico desde la Creta ancestral, elemento sagrado de multitud de civilizaciones, pieza esencial de los sacrificios y, en resumen, uno de los grandes símbolos en la historia de la humanidad, con el torero, sacerdote, y oficiante, artífice del espectáculo artístico, y el espectador, que da y quita, participe asombrado y expectante, en la ejecución de toda la coreografía, plena de simbolismo, que entraña el desarrollo de la “faena torera”.
Sin duda para mí, no especialmente aficionado taurino, la corrida de toros tiene un altísimo valor tradicional, ceremonial, estético, y simbólico, que la asemejan a una performance. Comparte con ella similitudes innegables, al acercarse a las distintas artes, dada la teatralidad de su puesta en escena, la inclusión en su estética de pasos de baile, fases donde la capa, o el capote, o las banderillas juegan un papel; la belleza recargada o más sutil, de sus trajes, la propia música, el pasodoble, pieza ineludible en todo festejo.
Pero hay otro aspecto imposible de soslayar, que distingue a las corridas sobre cualquier espectáculo, y éste es el juego supremo con la muerte.
En muchas performances el ejecutor se autolesiona, castiga su propio cuerpo, llegando incluso a la mutilación del mismo, hace todo tipo de “juegos simbólicos” en torno a la sangre, a la carne, a las vísceras, ya sean propias como extraídas de todo tipo de animales. Su objetivo puede ser de comunión, o de protesta, o de exhibición, pero, la sangre está presente, en muchos de los espectáculos de los más afamados “performancistas” de la historia, como un elemento simbólico esencial de la vida, especialmente de los mamíferos, a cuya clase pertenecemos.
En la corrida de toros la sangre es natural. Puede ser perturbadora para espíritus demasiado sensibles o delicados que, no obstante, la portan en su cuerpo. Podemos discrepar sobre su exceso o no, pero en ella se pone en juego la del animal y la del humano: el torero que se enfrenta, cara a cara con la muerte, representada por el animal totémico creado para ser agresivo, para envestir, tratando de herir, de acabar con su oponente. Solo la habilidad, el conocimiento, la preparación y la valentía suprema del torero, lograrán evitar la consumación del intento del toro.
El toro ha de morir porque está creado para eso, porque el ser humano lo mató siempre para consumirlo, como los otros depredadores, en la naturaleza, o en el corral, o en el matadero, pero su muerte en la corrida es una muerte digna de un ser mitológico, una muerte sublimada, no una muerte vil, a traición, en un degolladero.
En este tiempo obsceno, de impostura, de falsificación de toda realidad que ofenda a los seguidores de Bambi, esos mentecatos cuya incultura es propia del melifluo cine para menores.
La muerte en la plaza es lo más parecido a la muerte en la naturaleza, donde el humano que caza expone su vida, una constante absoluta que ningún animalista podrá soslayar jamás por mucha basura ideológico-teológica que quiera expandir.
El toro bravo, el toro de lidia, animal creado por el ser humano, para ennoblecer un símbolo, es el eje sobre el que se soporta todo un ecosistema, tanto humano como natural, que se llama dehesa. Toda una armazón natural y cultural, única en el mundo, que sobrevive gracias al toro de lidia. Pero es, además, el sustento de miles de personas que aman el campo, que lo respetan, que lo miman como a una parte íntima y fundamental de sí mismos. Algo que ningún animalista subvencionado, que no ha trabajado en su vida, puede afirmar sin sonrojo.
Es un bien superior por su jerarquía simbólica, estética y sentimental, un elemento constituyente de nuestra tradición, que no conseguirá robarnos ninguna banda de progretes, encabezados por un “ministrillo” que odia al país que le paga un sueldo que no se gana.
La fiesta nacional evolucionará, esto es incuestionable, será menos sangrienta, cambiará con el tiempo como todo, pero lo hará fruto de la evolución de los gustos y costumbres, de la gente que la ama y la mantiene con su pasión y con su dinero, no de gentuza que quiera imponer sus dogmas progres, donde lo importante es vivir del dinero de los demás, sin dar un palo al agua.
Vale