Por: Luis de Valdeavellano
Días atrás el viajero ha visitado una de las zonas costeras más populares, y populosas, de nuestra preciosa España turística. En honor a los habitantes honrados de dicho lugar obviaremos su nombre, porque el asunto a tratar es vergonzoso y triste, pero indicativo de una realidad dramática donde el abuso sobre las personas se manifiesta en toda su crudeza.
Se trata de una modalidad de explotación, de seudo-esclavitud en la que, al parecer, casi todos se lucran, pero que dice mucho de la sociedad basura en la que vivimos actualmente, que se alaba a sí misma, y se auto justifica como inclusiva, mientras perpetúa, ahora y siempre, la explotación del hombre por el hombre.
En esta ocasión, es una consecuencia derivada, directamente, de la nefasta política de acogida de extranjeros, que llegan a nuestro país pensando en conseguir una vida mejor. Los que lo consiguen, porque muchos ni siquiera llegan, dejándose la vida en el intento. Los que lo hacen son, directamente, carne de explotación.
El sistema, inmoral e injusto, obviamente no funciona, pero se sostiene por un cúmulo de intereses, algunos de noble intención, pero, la mayoría, despreciables, pues giran casi todos en torno al dinero, negro dinero, dinero negro, que se genera con su “tráfico” y que va desde la actuación, populista y caótica, de políticos y autoridades, de todo nivel, que obtienen réditos de poder, pasando por las organizaciones “sin ánimo de lucro” que, paradójicamente, se lucran, que crecen, que medran, a costa de la miseria ajena, hasta todo tipo de mafiosos y explotadores de seres humanos.
Aquí, en nuestra sociedad falsamente buenista, la bondad de la gente, la compasión, se mal interpretan, por lo que, creyendo hacer un bien, se hace un mal.
En medio de la opulencia de una zona costera privilegiada, donde un apartamento, o una vivienda de lujo, suele superar perfectamente los trescientos mil euros; rodeado de hoteles de lujo y superlujo, con multitud de restaurantes, chiringuitos, bares de copas, tiendas de moda de todo tipo, el viajero ha podido contemplar la presencia constante, casi abrumadora, de grupos de migrantes ilegales negros (ahora está de moda decir subsaharianos, como si tener la piel, más o menos, oscura, fuese una deshonra) desplegados por aquella amplia zona, vendiendo todo tipo de productos falsificados, sin factura, tanto en el mismo paseo marítimo, como por calles y plazas, en las playas y calas, incluso dentro de la multitud de establecimientos de comida y bebida, a donde accedían sin impedimento alguno, sometiendo a los turistas a un constante “machaqueo”, tan discreto como molesto e inoportuno.
El ver a estas personas sometidas a la explotación, día tras día, de la mañana a la noche, al parecer incansables bajo el sol, recorrer las calles, los paseos, las playas, los bares y restaurantes. El contemplar como extendían, inexpresivos, sus mantas repletas de productos impecables ha llevado al viajero a varias reflexiones, a varias preguntas.
Primero de todo, el viajero ha observado la perfecta planificación, la armónica sincronía de los vendedores, cada uno dedicado a un producto específico, a su especialidad: el vendedor de gafas, el de las gorras, el de los relojes; uno por aquí con un fardo de bolsos, el de más allá con un montón de camisetas de equipos de fútbol, el de acullá con su atado de toallas. Todos perfectamente equipados, todos asépticamente concordados, todos con productos deslumbrantes, en perfecto estado. El tinglado bien medido, controlado, planificado, diría que soberbiamente reglamentado.
La primera impresión del viajero es de asombro pues ese montaje, ese engranaje tan bien engrasado, sin duda implica una perfecta organización, una coordinación, una dirección metódica y medida que, no me cabe duda, alguien encabeza desde la sombra.
Segunda impresión, incluso la forma de intentar vender de los “esclavos” le ha parecido al viajero totalmente pensada: había momentos en los que uno creía estar como en el Corte Inglés, por la cortesía, atención y discreción de los vendedores.
Tercera impresión, la sorprendente connivencia de todos los establecimientos: bares, restaurantes, cafeterías, pues todos permitían la invasión silenciosa y constante de los vendedores sin la más mínima objeción. El viajero no ha visto un solo sitio donde no se permitiera la libre entrada de los vendedores “casuales”.
Cuarta, el viajero no ha visto ni a un solo agente de la autoridad intervenir ante un flagrante acto de venta ambulante, absolutamente ilegal, que atenta contra los comerciantes legales, que pagan sus impuestos con gran esfuerzo.
En conclusión: esos ilegales venden, sin pagar impuestos, con total impunidad, productos falsificados. Están integrados en una mafia donde son el último escalón: los seudo esclavos, dependientes y a disposición de mafiosos, en una jerarquía que los organiza como si de un ejército se tratase, sin que los comerciantes ni las autoridades intervengan.
Cuentan con una eficiente infraestructura de pisos y almacenes para guardar y disponer de sus productos, y lo tienen todo perfectamente ordenado y sincronizado.
Los establecimientos de hostelería colaboran con ellos, bien por imposición de las mafias, bien por no buscarse problemas con los propios ilegales.
Las autoridades locales, los políticos que gobiernan en esos municipios permiten el incumplimiento, evidente, de las leyes que los españoles sí tenemos que cumplir a rajatabla, so pena de sanciones y multas cuantiosas.
Las muchas personas que les compran colaboran con estos delitos y se aprovechan de la debilidad de los pobres vendedores, haciendo que se prolongue en el tiempo su esclavitud, puede que con la excusa hipócrita de que les hacen un favor.
Y por último me asalta un razonamiento evidente: si yo lo veo, también lo ven los demás. Si los demás lo ven, las empresas propietarias de esas marcas comerciales también lo verán. Si no hacen nada, o casi nada ¿Por qué será? ¿Es altruismo? ¿Es amor al pobre? ¿Es mera dejación en el ejercicio de sus legítimos derechos sobre la propiedad de los productos? Como no creo que sea nada de esto, entonces todo me lleva a pensar en algo muy turbio y muy oscuro, lo que supone un planteamiento que pudiera ser tan perverso como rentable. En una de las posibles hipótesis que se me ocurren: pongamos por caso que una empresa fabrica un producto de lujo… digamos que para personas con mucho dinero disponible. Ese producto de lujo lo venden en las tiendas legales, por ejemplo, a mil la unidad y tiene su rentable mercado, pero limitado por su precio. Si permitieran fabricar, o colaboraran en la fabricación, o acaso fabricaran ellos mismos ese mismo producto, aunque fuera de calidad un poco inferior y lo distribuyeran por vías “alternativas” para que se vendiera a cien, entonces ¿No estarían en realidad copando el mercado? Y ¿No lo harían, o no lo harán? Aunque para ello necesiten de la existencia de mafias, de la colaboración con las mismas, sin importar para ello la necesidad de crear y sostener un flujo y un mercado de personas esclavizadas, que van y vienen al albur del mar proceloso.
Pues el viajero, que es un mal pensado, ha visto en estos días, una cara muy fea de la sociedad en la que vivimos, una sociedad miserable, terrible, que mira sin ver, aún en medio del lujo más obsceno, de la que, si les es posible, procuren escaparse cuanto puedan.
Yo dejo aquí mis impresiones para que sea el lector, siempre utópico, el que saque de ellas la opinión que tenga a bien.
Vale