(Una distopía ideológica)
Por: Luis de Valdeavellano
Aquel congreso lo habían convocado algunas de las universidades más importantes del mundo. Los principales especialistas invitados eran, por la materia a tratar, sobre todo historiadores, pero también asistían otros especialistas multidisciplinares, como los politólogos, (que, con poco acierto, llaman ciencia a su elucubración) gentes con poca reputación entre los colegas de otros gremios más técnicos. Además de ellos podía verse pulular, por el gran auditorio donde se celebraba el evento, a psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, economistas, estadísticos, en fin, variados teóricos representantes de las diversas escuelas de pensamiento, y, entre ellos, algunas de las mentes más preclaras de aquel tiempo.
Todos ellos tenían como finalidad común dilucidar como había sido posible que, durante más de trescientos años, en el planeta Tierra, hubiese habido grandes países sometidos al socialismo en sus más diversas formas: ya el propiamente denominado así, o bajo las distintas variantes del amplio abanico de comunismos totalitarios.
Tras haber sido, felizmente, erradicado del planeta el social- comunismo y su variante eufemística: el progresismo. Proscrito y declarado inhumano, según el nuevo código de obligaciones y derechos de los seres humanos, proclamado recientemente, quedaba realizar un examen final que, de una vez por todas, cerrara esa página aciaga en la historia de la humanidad.
No en vano dichas ideologías eran las responsables de crímenes inconmensurables contra naciones enteras que, bajo sus gobiernos totalitarios, habían sido responsables de la muerte de cientos y cientos de millones de personas, a las que habían masacrado de todas las formas imaginables por la infinita crueldad humana: de hambre, torturadas, encarceladas, en asesinatos de masas, en atentados terroristas de todo tipo, en revoluciones sanguinarias…
Siendo el principio nuclear de estas ideologías asesinas un asunto ya bastante consensuado, a saber, la fatídica revolución francesa con su cruelísimo desarrollo, en manos de sádicos criminales, ahora se requería saber por qué habían llegado a calar, tan hondo, en el imaginario popular.
En el congreso la pregunta final elegida por consenso fue: ¿Qué había hecho posible que grupos tan numerosos de humanos hubieran creído en la gran impostura socialista a lo largo de tanto tiempo?
Resultaba paradójico, según afirmó alguno de los ponentes, que, mientras los regímenes social-comunistas aniquilaban criminalmente a sus pueblos, ciudadanos de otras latitudes se identificaran, plenamente, con aquellos viles asesinos, y no con sus víctimas; pero, lo que aún era más chocante era que, esos mismos individuos, jamás pensaran en irse a vivir a dichas naciones, a fin de compartir las “delicias” que aquellos paradisiacos regímenes ofrecían.
Éste era un aspecto en el que psicólogos y psiquiatras tendrían algo que decir. ¿Qué había en aquellas mentes? ¿Estaban enfermos? ¿Lo hacían por odio hacia sus semejantes? Lo cierto es que la compleja mente humana parecía ser opaca a la posibilidad de establecer las causas de que personas, en apariencia normales, pudieran justificar, con el mayor de los cinismos, los crímenes, los encarcelamientos, las torturas, la pobreza, la falta de la más mínima libertad, de seres humanos como ellos sometidos al imperio del crimen. Era pavorosa su absoluta falta de empatía, y todo ello apoyando que, en realidad, ese socialismo cruel, suponía la implantación del “progresismo” necesario para una sumisión absoluta, que había de ir, necesariamente, en contra los propios teóricos beneficiarios de tan gran avance.
No fue posible llegar a un consenso para fijar, con claridad meridiana, una conclusión absoluta (no era fácil) que pudiera explicar esta anomalía en la mente de millones de seres humanos. Curiosamente, eso sí, se pudo determinar que, casi siempre, estos fanáticos seguidores de ideologías tan nefastas, eran burgueses de facto, pertenecientes a clases sociales diversas, tanto bajas, como medias, y medias altas, pero no sometidos a un régimen de pobreza excluyente. No eran, en general, seres alienados por la sociedad, pero parecían tener algún tipo de carencia cognitiva, como si, en su mente, padecieran algún tipo de merma arcaica, o atavismo, una especie de remordimiento, o compunción, sobre su posición afortunada en el contexto social general y necesitaran mostrar una cara ficticia, e irreal, para autoafirmarse.
Un caso verdaderamente paradójico, porque, al mismo tiempo que defendían postulados social-comunistas
totalitarios, en ningún caso parecían dispuestos a compartir sus posesiones, más allá de ceder “altruistamente” una pequeña dadiva condescendiente, tal que tranquilizara su peculiar remordimiento.
El final del congreso supuso la demostración plena de la mayor de las paradojas políticas del mundo en los dos últimos siglos. Era importante conocer la opinión de los expertos.
Unos opinaban que el falso conocimiento pervertido, a través de la ficción, del mundo “animalario” Disney, y luego del ideario animalista y Woke; del mundo gregario de los animales, sobre todo de insectos como hormigas y abejas, había influido decisivamente en la postura de esas personas, tratando de imitar, en sus comunidades, lo que parecía ser un mundo feliz, aunque virtual, incorporados como meros números a la colmena humana.
Otros pusieron énfasis en la herencia de las doctrinas religiosas de toda índole, que impelían a un gregarismo implícito en sus teologías. Las menciones al “pastor y el rebaño”, en el caso cristiano, (pero otras similares en multitud de religiones y sectas) así como tantas otras fábulas y parábolas preñadas de un “buenismo” reduccionista, tanto como lastimero, que incitaba a la sumisión ante el “ser” superior.
El congreso terminó sin poder ofrecer una declaración unánime del por qué la gente seguía con fidelidad, rayana en la locura, a líderes políticos asesinos, a teólogos criminales, aunque para ello tuvieran que aducir las razones más peregrinas.
Vale