UN MUNDO DE SENSACIONES

Este cuento, parcialmente modificado, fue publicado en el periódico digital: «La Comunidad de Info» en 2012.

Por: Luis de Valdeavellano

Un día, de repente X. comprendió que lo que le estaba pasando no era normal, que lo suyo era totalmente diferente a cuanto conocía. Durante un tiempo le habían estado sucediendo cosas extrañas que él no acertaba a entender, ni a definir, hasta que tuvo que admitir que, verdaderamente, aquello que le acontecía sí era otra cosa.

          (No es fácil describir con palabras una sensación, menos un cúmulo de sensaciones, y menos aún el vislumbre, el reconocimiento, de vivir una realidad paralela con toda claridad.)

          Aunque, en verdad, todos contengamos en nosotros mismos ciertas “realidades paralelas” que condicionan, de una u otra forma, como nos mezclamos con los demás, como nos relacionamos e interactuamos, y como lo percibimos individualmente, la diferencia sustancial es que, por lo general, obviamos sistemáticamente estas “realidades” sin intentar profundizar lo más mínimo en ellas.

          Pero, darte cuenta de cada acto por separado, de cada gesto concreto, percibir los latidos y los movimientos musculares más pequeños, distinguir contracciones y espasmos, oír a los huesos sonar, mínimamente, al moverse articuladamente, o a las neuronas comunicarse… sí, mientras trabajas o caminas, mientas hablas con alguien, o haces la compra, o mientras lees, como tú mismo ahora, ése es otro asunto, difícil de asimilar y menos aún de explicar.

          Empiezas a descontrolar porque te asustas, te despistas, te sorprendes, te desquicias y tiendes a volverte loco. (Puede que estando solo y despreocupado pudiera llegar ser entretenido y curioso, al menos para una persona con la mente inquieta y abierta a lo indecible, pero, durante un día normal, puede llegar a ser insoportable).

En el trabajo X. tuvo problemas serios por culpa de su bajo rendimiento, pero ¿cómo concentrarse en algo repetitivo y anodino cuando ante ti se abre todo un mundo de sensaciones, nuevo y avasallador? No supo como expresar lo que le sucedía y ni lo intentó siquiera cuando su jefe comenzó a darle la charla. Estaba, en ese mismo instante, tan abstraído controlando un sonido nuevo que identificaba como algún tipo de lenguaje extraño, cifrado, (por lo que situó su origen en el cerebro) que a duras penas le llegaban los reproches del jefe como lejanos rumores. Aguantó las voces, la regañina, se calló, y dijo a todo que sí sin dejar, ni por un instante, de seguir escuchando, sintiendo plenamente, pese a la interferencia, aquel nuevo mundo interior, aquel parpadeo, que le abrumaba y le atraía irresistiblemente.

Cuando, por fin, llegó la hora de salir, no se entretuvo ni en recoger siquiera. Anduvo a toda prisa en dirección al metro y esperó con impaciencia la llegada del convoy. Fue placentero viajar mientras “oía” y “percibía” con bastante nitidez, pasadas ya las voces del jefe, en medio del ajetreo subterráneo, sonidos y formas nunca antes vistos ni escuchados.

Pensó en el silencio total de su casa, situada en un barrio bastante tranquilo y se frotó las manos ante la perspectiva. Comprobó entonces que podía concentrar toda su atención en un aspecto parcial de todo aquel maremágnum sensorial que le poseía, según éste mereciera su atención especial. Esa cualidad, recién descubierta, le proporcionaba variantes increíbles que hacían todavía más sorprendente la situación en la que se encontraba.

Casi voló por calles indiferentes hasta verse con las llaves del portal en las manos, nervioso… y luego la escalera… y la puerta… y la luz… y la puerta… y el silencio, un silencio roto por sutiles, sutilísimos sonidos, movimientos, espasmos, variaciones mínimas y continuas de su cuerpo-fábrica-motor en plena actividad.

X. corrió a sentarse en su sillón preferido, puso los brazos en ángulo recto con las palmas hacia abajo, sobre las piernas, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos, se relajó, concentrado, y ahora “veía” sonidos y “oía” luces en una orgía infinita de sensaciones. Como una fábrica a pleno rendimiento, como un motor al que solo un mecánico muy entrenado puede sacarle cada variación sutil de su sonido, cada matiz de su ciclo febril. Sus sentidos se fueron confundiendo, imbricando, solapando, mezclándose sin confundirse, en un caos paroxístico y alucinante. Se sintió transportado.

No fue al trabajo al siguiente día, ni al otro, sencillamente debió morirse de placer sensorial, sentado allí, escuchándose absolutamente, absolutamente solo como estaba, días más tarde, cuando fue encontrado.

                                                Vale.

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