TAN ACTUAL COMO SIEMPRE
Por: Luis de Valdeavellano
Leer a don Francisco es como leer crónicas de la actualidad, solo que mucho mejor escritas. En sus libros está toda la crítica resabiada y toda la amargura de un sabio, desplegada sobre las poderosas alas de una prosa de gran aliento, o destilada en una poética tan feroz como delicada, camuflada las más de las veces de ironía, de sarcasmo y socarronería. Fiel reflejo de la sociedad decadente en la que le tocó vivir, con ensoñaciones de un tiempo pasado mejor que se sustentaba, aún, a duras penas, en el engaño y la mentira sobre una realidad social ya por momentos patética, donde el aparentar, el querer parecer, lo eran todo y no eran nada.
Don Francisco amaba a España, sí, a esa España que ya existía desde hacía mucho y que los patéticos progresistas actuales, de pelambres varias, desprecian, injurian e incluso niegan; esa patria que lo fue todo en el mundo durante un lapso importante de la historia, pese a quien pese y que es, entonces como hoy, cuna de personas admirables, arquetipos de la grandeza, que una corriente falaz, inmunda, envidiosa y torticera de canallas y enanos mentales no deja de minusvalorar.
Don Francisco conocía bien al enemigo, el interno encarnado por los trepas, los ladrones de carnet y toga, los politiquillos y enredadores que se lo llevan crudo desde su posición de mangantes de lo público, los afeminados de las políticas progresistas del “quítate tú que me ponga yo”, de la inepcia más absoluta camuflada en teorías “populistoides” de una presunta defensa de los animales y de la naturaleza cuando se defiende en realidad el robo descarado, el trinque y la mamandurria indecente, abusando de una palabrería absurda y cargada de palabras nada.
Los mismos ayer, hoy y siempre, chupópteros de la sangre del pueblo, que son los dineros, los impuestos; insaciables ladrones de verdades y dignidades, manipuladores desde sus mafiosas asociaciones diseñadas para manejar al pueblo cual borreros.
Don Francisco conocía bien al enemigo externo, que se lucra y empodera en la desidia de nuestra España ultrajada, que nos invade en pateras cada día, un poco más, así hasta asfixiarnos lentamente, mandando de avanzada a sus tropas hostiles que acogemos, incautos, con mejor amor y voluntad que la que mostramos a los propios nuestros.
En su libro “Los Sueños” Don Francisco se pasea, irónico y feroz, hermoso en prosa fina, por el cruento infierno, un infierno distinto al de Dante, también distinto al de Virgilio, un infierno ordinario, nacional, cotidiano y nuestro, donde habitan esos espectros patrios tan manidos que siguen siendo hoy, como ayer fueron: el trepa y el truhan, el baboso adulador, el vendido y el falso interesado, el mantenido zurdo, el cornudo de ideas, el marión de intereses, mas ahora, todos por la moda, travestidos en progres, en izquierdistas de boca, no del ejemplo, en defensores de esto y de aquello, en fin, en voceras de todo lo que les depare el empleo y la poltrona, en adalides de justas causas para su bolsillo, en suma, los que restan, los que rumian, los que roen, los que desunen, los que enfrentan, porque de ellos es, sin dudar, el frío infierno. Palabra de san Quevedo.
Vale