CANTOS LIBERTARIOS

                                          UNO

Por: Luis de Valdeavellano

Querido e hipotético lector, dejando de lado, como prescindibles, a todos aquellos que se permiten juzgarme y calificarme de manera absoluta, solo por lo que ellos suponen de mí, en base a sus propias conjeturas, lo cual, por supuesto, son muy libres de hacer aunque ello reduzca al mínimo el interés que me inspiran, cuando me preguntan cuál es mi ideología política afirmo que, en realidad, detesto cualquier ideología como tal, por el mero hecho de serlo, ya que la aceptación de una ideología supone, en sí misma, el desprecio hacia la libertad de las ideas, y su conversión en una especie de dogma de fe, del mismo modo que pasa con las religiones, de modo tal que te conviertes en un creyente: uno que acepta el dogma elegido sin crítica alguna, por el mero hecho de serlo. Y eso está muy bien si lo asumes racionalmente sin que te cree escrúpulo alguno.

          La ideología, estando formada por ideas, es para mí, básicamente, la corrupción de la propia idea, porque surgiendo de ella como flor ingenua, el interés y la manipulación la transforman en doctrina, en verdad incuestionable y no sujeta a matiz ni debate, siendo solamente propia, y apta, para las masas autistas.

          La ideología se convierte en una rémora a la hora de practicar lo que más amo en la vida, después de ésta misma, imprescindible para amar después cualquier otra cosa, que es la libertad individual más absoluta posible, tanto en lo físico, como en lo económico y, por supuesto, en lo intelectual. Ello es causa de mi profundo desprecio por cualquier ideología vista en su totalidad.

          Pero, puesto que toda ideología nace de la inocente idea, aunque vaya indefectiblemente adulterándose y envenenándose durante su evolución, tengo que reconocer, como cierto, que hay ideas que me parecen mejores que otras, con las cuales me identifico más, por ser afines a mis principios morales, éticos y políticos.

          Reconozco que me es imposible pertenecer a un grupo ideológico concreto, (nunca he formado parte de ningún partido político) sea este izquierdista o derechista, conservador o progresista, limitándose mi predilección, siempre parcial, e incluso temporal, por una u otra tendencia y sus derivadas, en función de lo que cada una proclama en cada materia y en cada momento, y, sobre todo, en lo que cada una realiza, pues es la evidencia de la acción –“por sus obras los conoceréis”- lo que define su credibilidad.

          Siendo consciente de que han sido la influencia de las personas junto a las que he vivido, primero, y de las lecturas que he disfrutado, después, las responsables de una parte notable de las ideas que haya podido llegar a tener, considerándolas como propias, la meditación sobre las unas y las otras ha de constituir, necesariamente el resto, formando todo el conjunto final, lo que podríamos denominar: “el pensamiento propio” (que paradójicamente no es otra cosa que una serie de pensamientos ajenos filtrados por uno mismo) y, éste, en mi opinión, no debería ser nunca definitivo, ni absoluto, pues durante el curso de nuestra vida siempre es posible un cambio que lo mejore, lo enriquezca, y acaso lo complete.

          Pero claro, si las ideas, una vez ordenadas de la manera que sea, terminan traduciéndose en ideologías, porque suponen, de una forma u otra, una especie de catalogación, nosotros mismos, cuando nos identifiquemos con unas o con otras, terminaremos siendo más partidarios de aquellas que mejor definan nuestra propia inquietud.

          En mi caso el pensamiento político que mejor me define es el anarco-liberal o libertario, tal como yo lo entiendo. Creo que fue Valle-Inclán quien afirmaba que en España había muchos partidos políticos y luego estaba el suyo… pues eso.

          Siendo yo español y, por tanto, compatrioto del mayor colectivo anarquista que se ha dado en la historia de la humanidad hasta la fecha, pues, o me equivoco, o jamás en ningún país se dieron organizaciones anarquistas tan multitudinarias como las que representaron la CNT y la AIT en las primeras décadas del siglo XX, me siento sentimentalmente inclinado hacia ellas, claro está que en algunos de sus postulados, comprendiendo que en el resto se trataba de un idealismo absolutamente ajeno a la realidad de lo posible.

          Pero “yendo al grano” que dice nuestra sabiduría popular, las ideas que llevan a desear un estado lo más pequeño posible, con los mínimos funcionarios imprescindibles, e integrado por los mejores entre los ciudadanos, es mi ideal político, y aquí me paro… y veremos.

                                          Vale.  

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