LA CARIDAD

Por: Luis de Valdeavellano

Hace apenas unos días, en el Levante español, en la comunidad Valenciana y en una parte de Castilla La Mancha, se ha producido un terrible temporal de lluvias torrenciales, (me niego a darle el turbador nombre impuesto por los políticos y sus voceros de los noticiarios, necesitados de renombrarlo todo para que nada cambie) que ha arrasado ciudades y pueblos, causando cientos de muertos y destrozando una populosa zona del país. Como consecuencia de ello ha quedado patente la punible actuación de todas las autoridades públicas: nacionales, regionales y locales, mostrando como estamos en manos de una casta de gentuza sin preparación ni escrúpulos, salvo para llevarse nuestro dinero con total descaro.

          Tenemos, en primer lugar, un presidente del gobierno,

-el rojo- capaz de cometer todo tipo de indignidades, si no delitos, incluido el de plagiar su tesis doctoral, según la cual (escrita en papel bastardo) queda retratado como doctor en economía. Este doctor… más bien cirujano matachín diría yo, junto con todo su nefasto y envilecido gabinete, perteneciente a un partido absolutamente corrupto que opera como una mafia clásica al servicio de sus miembros, con el objetivo de lucrarse a toda costa, subvirtiendo las leyes y lo que haga falta para ello, está teniendo un papel deplorable en tan cruenta situación.

          (“Si necesitan ayuda que la pidan”) Esas despreciables palabras muestran el aprecio del presidente de España por sus conciudadanos definiéndole, para siempre, como un mierda absoluto.

          En segundo lugar un presidente autónomo sin ninguna capacidad de reacción, absolutamente incapaz, e inoperante durante la crisis; puesto ahí no se sabe para qué, pero si por quien: su jefe -el azul- un blando inútil e ineficaz que, haciendo seguidismo del partido al que quiere sustituir, para seguir haciendo algo parecido, nos indica bien a las claras que la alternativa es lamentable.

          En tercer lugar, las autoridades locales en general, que, siendo dependientes ciegas, de los unos o de los otros, han hecho, salvo honrosas excepciones como siempre las hay, aproximadamente lo que los anteriores, es decir: nada que se sepa.

          En medio de este panorama desolador, tras tantos muerto evitables… pobres muertos, de los que nadie se acordará, salvo sus deudos, pasado mañana, los vivos las van a pasar canutas; porque como nada cambia, pues no les obligamos a que algo cambie, el gobierno central seguirá mintiendo, prometiendo lo que no dará, mas obligando a que las pobres gentes, que lo han perdido todo, continúen pagando impuestos abusivos sin tener rentas, como si nada hubiese pasado, y la comunidad y ayuntamientos seguirán su senda.

          (Recordemos por enésima vez a los afectados de La Palma, olvidados tres años después)

          Bien, este es el panorama “desde el puente”: imprevisión, inoperancia, desastre, desolación, miseria, abandono y rapacería.

          Pero ahora, dejando atrás el terrible aspecto que presenta esta situación siniestra, quisiera poner mi puntilla torera, mi “banderilla de castigo”, con ribetes negros, a las masas bondadosas que pueblan nuestra nación, en esta ocasión me refiero a: “los caritativos”.

          “Los caritativos”, ¡Qué bonito! Hablar sobre la caridad y los caritativos, y su desempeño, es un asunto delicado por lo que, seguramente, mi opinión, tan poco importante, no dejará de ser malinterpretada, lo cual asumo desde este momento.

          Los ejercientes de la caridad, una de las tres virtudes teologales del dogma católico, pero que también se contempla como requisito de virtud, por ejemplo en el islam, así como en otras muchas religiones, de las mayoritarias en el planeta, tuvo, posiblemente, un origen redistributivo en los siglos pasados, en un mundo más primitivo e injusto que el actual.

          Remitiéndonos a nuestro ámbito occidental, cuando la pobreza campaba a sus anchas por Europa, la caridad tenía un sentido primario, directo, inmediato: era el humanitario acto de dar algo al que nada tenía, bendecido por la todopoderosa iglesia católica. Era la acción de compadecerse de aquel que tocaba a la puerta con la esperanza de recibir un óbolo, un trozo de pan, una ropa vieja. Puesto que no había sistemas estatales de protección de las personas indigentes, la caridad era necesaria y la religión la fomentaba pues, además, la propia organización religiosa se beneficiaba de ella.

          Pero, en la actualidad, en España, el gobierno, los gobiernos, manejan la economía, son poseedores de una parte fundamental de la riqueza nacional, no en vano se quedan con casi la mitad de nuestros recursos económicos con la excusa de que los repartirán según las necesidades generales. Nos esquilman, haciendo uso de la violencia legal que poseen, sostenida por una justicia que opera bajo sus condiciones, con sus leyes, justificando el expolio en la reversión, como el buen ladrón que roba al rico para darle al pobre. Pura farsa.

          En este contexto aparece un desastre inmenso como el reciente y la gente corriente se vuelca a enviar cosas de todo tipo a la zona afectada, se conmueve de las pobres gentes golpeadas por la desgracia, porque somos muy de conmovernos de repente, así, en caliente, aunque la conmoción nos dure tan poco como nos dura ese repentino golpe de afecto conmovido.

          Nos vemos reflejados en ellos y creemos que es nuestro deber ser caritativos y dar algo… que apenas nos cuesta. Y así nuestro espíritu se satisface, nos creemos en la obligación y nos sentimos dignos de nosotros mismos.

          Pero yo digo que esto es negativo, contraproducente, que no es así como se cambian las cosas; que nuestra caridad repentina, impostada, promovida por impactos sentimentales no sirve de nada… de apenas nada. Y, si reflexiono más en profundidad llego a pensar que es incluso perjudicial y dañina para todos aquellos a los que pretendemos ayudar… tan caritativamente.

          En el mejor de los casos sustituimos, con nuestra caridad momentánea, la obligación del estado, que nos despoja, de cumplir inmediatamente y sin reparos con su obligación, como dice nuestro sabio lenguaje popular: “le hacemos el caldo gordo”.

          La verdadera caridad, cuando es tal, se hace en la sombra más absoluta, en el anonimato total, es la que nace de dar lo que no sobra, de modo tal que ni la persona que la recibe sepa que se le da. La caridad es luchar por un mundo mejor para todos, no para ti. Ser dueños de nuestros actos y hacerlos ejemplares. Es votar con la conciencia y no con la ideología.

          La mejor caridad… y puede que la única, es aquella que no es necesaria porque impera la justicia.

                                    Vale.

Deja un comentario