Por: Luis de Valdeavellano
Creo que le hubiese gustado follar más. Es un presunción “caprichosa” que me permito, ya que ni él ni nadie lo podrá confirmar. Pero lo deduzco leyendo alguna de sus cosas. Ahora mismo “Pigmalión y otros relatos” antes algún que otro Carvalho, seguramente lo más importante de su producción. Y sí -con permiso del respetable- lo veo, como todo buen marxista de aquellos tiempos, un follador intelectual.
Nacido en el Raval, un tradicional barrio barcelonés hoy nada recomendable por mor de las políticas municipales progresistas que están sumiendo a Barcelona – de nuevo- en el desamparo, el abandono y la decadencia. Depredado por los llamados “menas”, esos morillos bribones y violentos enviados por Mohamed como embajadores de buena voluntad.
Fue un hijo cierto de la guerra civil, impregnado desde su nacimiento por la conciencia de pertenecer al bando perdedor, lo que suele dar un cierto hálito de heroísmo contrariado a una vida, en sus inicios, tan dura y gris como solo puede serlo la que principia durante una postguerra.
Se formó como periodista y como comunista -pagando con la cárcel- al mismo tiempo, en la universidad de una Barcelona desastrada y poco luminosa durante aquellos años equívocos de redención y chinches; en una España voluntariosa que comenzaba a recuperarse; en una Europa desconcertada, medio invadida por la Unión Soviética bajo su férrea mano de hierro, totalitaria y criminal. Eran los tiempos del comunismo “redentor” de Jrushchov y de Brézhnev, del bárbaro gallego cubano Fidel.
Cuando Ernesto Guevara, el niño pijo rosarino, desataba impunemente toda su sádica locura panfletaria por el mundo, resumida en violencia terrorista y en la venta de camisetas, Montalbán trabajaba con la palabra en lo que podía, ya fueran artículos o diccionarios.
En estos cuentos, que tengo ahora ante mis ojos, se comporta literariamente como un buen burgués, que creo que es lo que fue en realidad. Un burgués de los que propugnan una progresía incruenta, de buen llevar. Y lo hace justo un poco antes de que ser progre se convirtiera en una forma de autojustificación, o de un modo de vivir sin trabajar explotando al pueblo pagador mediante la creación de “chiringuitos”, evidenciando lo que tiende a ser la progresía en realidad. Donde las palabras sirven justo para demostrar que la nada lo es todo y hoy, mañana y siempre son una doctrina que conduce a la monotonía que se resume en vivir… vivir lo mejor posible… vivir del cuento. Ese deseo bien escrito, visto con gafas de aumento, que queda satisfecho con un buen bocata de calamares.
Un viaje interminable hacia ningún sitio, a través de pequeños retazos de cotidianeidad, que es lo que un comunista, formal y acomodado, espera poder hacer con el crédito de su revolución personal.
La evocación de diversos teóricos comunistas, que nunca llevaron a la praxis sus ideas revolucionarias y la de comunistas prácticos que demostraron la cruentísima realidad de su doctrina, una vez aplicada: capaz de matar con mayor facilidad que la peor pandemia, pasan por sus páginas como una especie de necesidad, se manifiestan en su prosa ambigua, un tanto surrealista a veces, desencantada, disimulada en cierto idealismo de rellano, y espiritual como el olor a naftalina o el guiso de lentejas de los pisos viejos de una Barcelona siempre húmeda y decadente.
Es por todo ello que su escritura tiene un poso de realismo no impostado, común y particular, sencillo y complejo a la vez. Trasmite algo que puede ser varias cosas al tiempo. Tal vez cierta nostalgia, cierta desilusión propia de un hombre inteligente que sabe que lo que cree es solo eso: creencia, una suave forma espectral de irrealidad; un vacío que nunca podrá ser llenado porque, en el fondo, el ser humano es tan profundamente inhumano como acomodaticio, aunque sea a su pesar.
Vázquez Montalbán, don Manuel, escribió mucho y lo hizo bien, a su manera, sin grandes alaracas pero con un buen fondo, tan importante en su escritura como en los guisos con substancia, esos que tanto amó y de los que tanto sabía.
Vale.