ADVERTENCIA DE LA REDACCIÓN

En días pasados llegó a la redacción de este blog por vía telemática un breve relato enviado por un desconocido, el cual, habiendo despertado nuestro interés, no sabemos bien en que sección incluir: si en la de artículos con visos de realidad, o en la de historias puramente fantásticas.

          Porque, al no haber podido establecer su autoría, sin disponer de más información que la que contiene el propio texto, donde no hay ninguna indicación clara, ni temporal ni de lugar, muchas son las dudas y las preguntas que nos hemos hecho sin hallar, hasta el momento, la forma de poder despejarlas.

          El contacto con el desconocido redactor de esta historia quedó limitado, en exclusiva, a la lacónica recepción del escrito, que no venía firmado sino con un par de letras mayúsculas: M.D.

          No obstante las dificultades, dados los pocos medios de los que disponemos, intentamos alcanzar alguna luz, en medio de la oscuridad más absoluta, para lo cual hicimos infructuosas gestiones ante instancias diplomáticas destacadas en algunos países exóticos de tres continentes. Para ello hicimos un listado de los lugares donde, hipotéticamente, pudieran darse unas circunstancias geográficas que se aproximaran, de alguna forma, a lo que se narra en el escrito, tomando como punto de referencia fundamental la proximidad de un río caudaloso. Indagamos en las embajadas por si fuera conocida por ellos la presencia de algún periodista, aventurero o escritor, que se hubiera desplazado a ciertas zonas, o regiones marginales, mal conocidas, ubicadas en esos remotos lugares. Hasta el momento todo ha sido en vano.

          Quedamos a la espera de posteriores noticias o aclaraciones que nos puedan ayudar a desvelar las grandes incógnitas que este escrito plantea, así como de la propia autoría del mismo; pero como nos parece un “anónimo” interesante, hemos decidido  publicarlo tal y como llegó, sin quitar, ni poner, una sola coma, y lo hacemos en la sección destinada a los cuentos y narraciones. 

                                 El RÍO FIERO

El río fiero es la última frontera y, durante la mayor parte del año, dado su gran caudal, con una corriente fortísima y devastadora que arrasa todo cuanto se interpone en su arrollador camino, impide cualquier contacto entre las comunidades establecidas a ambos lados, que viven en dos mundos separados, enemigos, antagónicos e irreconciliables, tan distintas en su modo de entender la vida, las relaciones entre sí y con el resto de humanos, que no podrían congeniar jamás.

          Tan solo, muy brevemente, durante menos de media luna al año según el cálculo indígena -apenas una semana o semana y media- su cauce, aunque siempre con grandísimo riesgo, se hace peligrosamente vadeable, luego vuelve a crecer de forma aterradora, convirtiéndose su paso en infranqueable hasta el año siguiente. El río fiero es la última frontera.

          A un lado del mismo moran los aborígenes, entre los que me alojé siendo acogido muy cordialmente por ellos. Se trata de los indios nativos de aquellas tierras vírgenes desde el principio de la memoria de los tiempos. Son gentes humildes, sencillas e inocentes. Seres en verdad fascinantes, desprovistos de todo engreimiento vacuo y de la vana ambición que nos es tan común a los occidentales. Viven apegados a sus apacibles costumbres ancestrales, tan amigables como acogedoras. Te dan a compartir lo poco que tienen y lo hacen de todo corazón, fieles a sus sagradas tradiciones hospitalarias para con el forastero que llega ante su puerta.

          Al otro lado vive la  tribu  de  los  invasores, surgida  a partir de la llegada de los, a sí mismos llamados: “igualitarios”.

          Al parecer, según me relataron los ancianos en las largas conversaciones que tuve ocasión de mantener con ellos ante los fuegos, durante mi estancia en su poblado antes de conseguir cruzar al otro lado del río, se trataría de unos orgullosos extranjeros llegados de remotos confines urbanos muchas generaciones atrás. Venían encabezados por un grupo minoritario y elitista de líderes fanáticos, al que los ancianos denominaron “los caciques” por su porte altivo y arrogante. Estos individuos dominaban, a su antojo, a los muchos prosélitos que los seguían ciegamente, seres fanáticos de toda laya y condición, sometidos al arbitrio de su designio.

          Aquellos recién llegados, tanto los “caciques” dominantes como sus dominados seguidores, presumían ante los indios en la orgullosa creencia de una superioridad moral con respecto a ellos, a los que veían como simples salvajes, ignaros y ayunos de todo valor y conocimiento. Los consideraban inferiores, primitivos, indignos, e insignificantes, y así se lo hicieron notar desde el mismo momento de su venida, mostrándoles pronto su desprecio con desplantes y arrogancias.

          Lo cierto fue que aquellos iluminados, instalados provisionalmente en el poblado, al principio habían sido bien acogidos por sus anfitriones, pese a ser muchos y suponer una pesada carga su manutención, por lo que la relación entre ambos pueblos pronto se había ido volviendo fría y desdeñosa.

          Los “caciques” pretendían cambiar radicalmente la forma de vida de aquellas gentes, seguros de que los “pobres” indios, deslumbrados por su sabiduría, se plegarían sin más a su doctrina petulante. Mas todo se fue torciendo rápidamente al  ver, con rabia apenas contenida, que aquellos “infelices” indios no se interesaban en absoluto, ni mucho menos se sometían, ante sus prédicas y soflamas panfletarias, en las que se jactaban de ser poseedores del verdadero ideal, “de la verdad absoluta”, lo cual les convertía “de facto” en seres superiores por ser los depositarios de una dogma incuestionable, impartido generosamente por aquellos líderes iluminados a sus potenciales nuevos conversos.

          Su objetivo, según explicaban en sus pláticas, lo que los había llevado a aventurarse hasta tan remoto confín, era la idea de implantar una colectividad donde prevaleciera la vida comunitaria “íntegra”, según pomposamente afirmaban, en plena comunión con la naturaleza, pues abominaban de la vida rutinaria, capitalista y gris del mundo civilizado que habían dejado atrás. Estaban ansiosos por poner en práctica su proyecto de vida “socialmente avanzado e integrado”, como ellos lo llamaban, donde todo sería de todos, donde vivir no estuviera sujeto a normas ni sacrificios.

          Por supuesto todo ese argumentario a los indígenas les sonaba “a chino”. Quiero decir que no entendían absolutamente nada en lo referente a las palabras llamadas “mágicas” que usaban aquellos hombres recién llegados y que eran las de siempre, a saber: colectivismo, progresismo, comunión, comunismo, vida social integrada, y demás entelequias que no eran para ellos sino palabras vacías, y creo que, sencillamente, esto se debía en parte a que aquellos “pobres indios” llevaban viviendo así, sin saberlo, desde el principio de los tiempos; sin tanta prosopopeya, permítaseme la expresión, por lo que no necesitaban ni nuevos teóricos ni teoría, o ideario alguno, para hacer lo que siempre habían hecho de forma tan racional como espontánea.

          Así que la convivencia se torció pronto: los recién llegados primero intentaron convencer a los nativos con melifluas palabras persuasivas. Ante el sereno e indiferente rechazo de sus argumentos intentaron ir más allá, arteramente procuraron entonces crear pequeños conflictos artificiales y enfrentamientos sibilinos, con engaños y mentiras, tratando siempre de dividir a los indígenas, llevándolos a enfrentamientos entre ellos con la ayuda de algún vendido. Cuando vieron que, pese a todos sus intentos, no conseguían su objetivo dieron en organizar algún atentado encubierto contra los indígenas de mayor rango hasta que, desalentados en su objetivo, pusieron en marcha un sangriento motín, en un claro intento de ocupación violenta del poblado, provocando una refriega directa contra sus anfitriones en la cual fracasaron estrepitosamente. Los indígenas, no sin esfuerzo, consiguieron expulsarlos por la fuerza pese a sufrir un buen número de bajas entre los de su pueblo.

          Fue en su cobarde y desesperada huida cuando los “caciques” y sus secuaces se vieron obligados a cruzar el río fiero. (Continuará)

Deja un comentario