El río fiero

Por: M.D.

Continua, parte dos.

… Los supervivientes a tan penosa jornada fundaron su propia aldea al otro lado del río y posteriormente, muertos los líderes primigenios, pasados los breves años de idealismo fraternal, olvidados aquellos principios teóricos tan rimbombantes, tan bonitos como bien intencionados, los descendientes fueron cayendo paulatinamente en un imparable proceso de degradación y desidia, tanto física como moral.

          Puede que ello fuese debido a la negligencia ética que subyace en toda organización comunitaria colectivista, junto con la egoísta incuria, inherente a esa propia creencia colectiva, que corroe todo principio de esfuerzo y superación, perversamente estimulada por la falacia de que cualquiera tendrá su parte en la producción comunal, tanto si se contribuye a ella, como si no se hace. O puede que fuese sencillamente debido a la inherente corrupción moral que subyace en toda ideología panfletaria. Tanto da.

          Convertidos, por el desarreglo de sus costumbres, en depredadores brutales y cruelísimos, ajenos a toda ética y a un sentido mínimo de la dignidad que es propia de los humanos comunes, a los que ellos afirmaban despreciar, se vieron prontos a la rapiña y a la violencia, perdido todo resto de valores, o de empatía, que les quedara, siendo capaces, en momentos de carestía de alimentos, de llegar al canibalismo contra otros, e incluso entre ellos mismos, si es que acaso la ocasión les fuera propicia…

          …Hasta esas tierras olvidadas y malditas se dirigen, cada año, por las mismas fechas de esa momentánea bajada de las aguas del río fiero, en fatídica romería, como si de un ominoso atavismo se tratase, nuevos grupos de hombres y mujeres (aunque éstas en menor número, pues suelen ser más cautelosas y menos osadas).

          Son, en su mayor parte, desarrapados y desencantados, junto con algunos idealistas trasnochados, urbanitas deseosos de cruzar, al otro lado del río, en busca del ese beatífico imaginario igualitario, que tan caro les es, por mor de la propaganda panfletaria, a tantos incautos humanos y que, pese a los ecos de rumores nefastos que no dejan de llegar a la civilización distante, aún hace desear a muchos alcanzar la utopía de tan idílico paraíso.

          De momento, hasta que las condiciones del río lo hacen posible, suelen alojarse en la orilla opuesta donde reciben todo tipo de atenciones y apercibimientos por parte de los indígenas. Aunque en previsión de roces o conflictos, ya desde la fatídica fecha del violento enfrentamiento del pasado, lo hacen siendo alojados fuera del poblado.

          Pero, a pesar de ello, durante su breve estancia entre aquellos felices aborígenes, éstos, encabezados por sus líderes, los sabios ancianos conocedores de la atroz realidad que impera en la otra orilla, compadecidos por el destino cruel que espera a los infelices incautos, intentan desengañarlos en lo posible. Les advierten con sencillas palabras de lo que, en verdad, podrá sucederles después de cruzar el río. Mas rara vez consiguen disuadirlos, porque los obsesionados emigrantes, tras escuchar, distraídos, las paternales admoniciones de las que son objeto, todavía se obcecan más en su bucólico deseo, obstinados en su determinación; parecen verse espoleados, aún más, por la paradoja que supone el empeñarse en algo cuanto más te lo desaconsejan, creyendo que lo que intentan, buenamente, sus acogedores anfitriones, es predisponerles en contra de los vecinos, pues sabido es que son sus enemigos irreconciliables.  

          Los de la otra orilla, siempre pendientes de la llegada de los “nuevos”, se mantienen excitados y expectantes, llamándolos desde la orilla, invitándoles con sus voces y sus gestos procaces, vigilando día y noche la lenta evolución del río.

          Es su forma de vida, cruel y grosera, bajo la ley del mínimo esfuerzo, siendo indolentes en grado sumo, salvo cuando la extrema necesidad los fuerza a realizar el trabajo más imprescindible con el que salir momentáneamente adelante. Es tal su desidia que ni cultivan la tierra ni apenas recolectan sino algunos frutos silvestres de los que disponen. Prefieren mantenerse de unos pocos, escuálidos y reducidos rebaños que, mal que bien, torpemente pastorean. Poseen unas ovejillas minúsculas y paupérrimas, de frondosas lanas blanquinegras, lacias y sucias, tan largas que les arrastran pues jamás se las cortan, las cuales pululan por doquier rumiando cualquier despojo que encuentren en su constante vagabundeo. Cuentan también con algunas cabrillas enanas y famélicas, de perillas obscenas, de ojos insidiosos, inyectados en sangre, ariscas y montaraces, que roen cuanto queda al alcance de sus fauces, campeando a sus anchas, encaramadas por riscos, árboles o tejados, bamboleando sus tetas flácidas carentes casi siempre de leche, y unos cerdos cenceños, entecos, pero de grandes colmillos afilados como navajas, tan feroces y agresivos que han de permanecer encerrados en sus lodazales, protegidos por vallas malformadas y deplorables, con cochambrosas cortes, apenas chamizos, que les sirven de ínfimos refugios, de las que escapan al menor descuido persiguiendo a cuantos se interpongan en su camino, pues son capaces de agredir y comerse a todo ser vivo que se sitúe a su alcance, ya sea niño o adulto. Son verdaderos especialistas en perseguir a los famélicos perrillos que sobreviven en torno al poblado, o a cualquier otro animal que, imprudente, se cruce con ellos.

          Sin embargo todos esos ruines ganados apenas si bastan para saciar la perenne necesidad de carne de aquella tribu ávida. La caza de todo tipo de bestezuelas, insectos, batracios y reptiles, son sus otras formas complementarias de obtener alimentos, pero, en un hábitat tan hostil, difícil y codicioso de sus bienes como lo es esta tierra indómita, siendo incapaces, por su indolencia y ociosidad, de someter a un tan salvaje naturaleza haciéndola productiva, la lucha por conseguir alimentos se vuelve brutal, dándose periodos de grandes carestías y hambrunas que derivan en peleas, crímenes y carnicerías sin cuento.

          Al contrario de sus vecinos de la otra orilla, desprecian todo cultivo, como un modo de vida vil e indigno de ellos mismos, pues hablan del esfuerzo y del trabajo como si de un baldón infamante se tratase.

           Abusan de las drogas de las que disponen, sobre todo de las de origen vegetal, ya sean plantas malsanas u hongos alucinógenos, y obtienen otras substancias estupefacientes que extraen de diversas fuentes, como son las glándulas de los sapos venenosos o de los renacuajos zapateros de los lodazales, muy comunes en su territorio, con las que comercian impúdicamente dando lugar a excesos sin cuento, pasando días enteros alucinados y fuera de toda realidad, entregados a su vicio extraviado.

          No se sabe bien por qué, pero, mientras tanto, siguen gozando de una lejana reputación de libertad e igualdad, a todas luces inmerecida, como un mito que se ha ido extendiendo con su eco falsario, alcanzando los más remotos confines en el decurso de los años. Por ello, el flujo de visitantes extranjeros se mantiene, más o menos, estable, ansiosos, estos pretenciosos erráticos, por encontrar lo que, en sus mentes soñadoras, promete ser la experiencia de sus vidas, atraídos por las historias que han trascendido, río abajo, de la existencia de dichos individuos, libres en su “Arcadia feliz”. (Continuará)

Deja un comentario