EL DELIRIO

Por: Luis de Valdeavellano

(Este artículo fue publicado en 2007 en el periódico «La Tribuna de Guadalajara»

Uno de los personajes más brillantes del panorama español actual, el gran perdonavidas, adalid y líder de masas vascongado; el ínclito, periclito y sempiterno héroe vasquito; el ser superior y aureolado, dotado de verbo fácil a la par que armonioso, fiel reflejo de su gran altura política, intelectual y moral fruto, sin duda, de la refinada educación recibida entre las vacas del prado de su pueblo, propuso días atrás un plan que podría terminar, para siempre, con el ansia independentista de vascones, catalanes, gallegos y otros y solucionar, de un plumazo, todos los problemas de “encaje” que algunos ciudadanos encuentran en este mapa autonómico, tan injusto y mal traído, con el que nos dotó la Constitución del 78.

          Como no podía ser de otro modo, el excelso gobierno del que gozamos, al mando de su corifeo, bien secundado por el coro de aplaudidores y mantenidos del partido que le soporta, amén de no pocos nacionalistas ¿democráticos?, comunistas de salón y otros grupúsculos de difícil catalogación, rápidamente, se han mostrado receptivos, diríamos que “atentos”, ante tamaña genialidad. Esperamos grandes cosas de estas mentes  preclaras… Tiempo al tiempo.

          Dirán ustedes, ¿De qué se trata? ¿Qué es ello? ¿Pues no lo saben? Se trata, señoras y señores, de la gran solución final: la unión del País Vasco y de Navarra en una comunidad autónoma e idílica dentro del amado reino de España.

          Un servidor de ustedes no ha podido resistirse ante la magnitud y trascendencia de la propuesta y yendo más allá, donde la imaginación nos lleve, pero fiel, siempre fiel al espíritu de los grandes líderes que nos dirigen con sapiencia, me permito, a continuación, desarrollar dicha “idea” (pues parece que así quieren definir a tan malintencionado engendro), por si nuestro presidente y adláteres tuvieran a bien ponerla en ejecución.

          Nota de uso: El orden propuesto no tiene por que ser exhaustivo pudiendo, a petición de parte, ser modificado o alterado si la oportunidad así lo aconsejara.

          Como es bien sabido, uno de los “aciertos” más grandes de nuestra, a pesar de todo, gran Constitución del 78 fue dividir el reino de España en comunidades autónomas. Esto es algo difícil de revertir en los momentos actuales, pero todo llegará.

Por el momento partiremos de la situación en la que nos hallamos. Con el gobierno actual, si el tiempo y los votos no lo impiden, y nos sigue dirigiendo con tan sabia como feroz mano, la división y la desigualdad se irán, irremediablemente, incrementando entre las distintas regiones. Los primeros conflictos están ya servidos a cuenta del agua, o las prestaciones sociales, o los impuestos, pero tranquilos porque pronto surgirán otros. Pues bien, cuando llegue un momento en el que el mapa político sea un hervidero de taifas, caótico y enfrentado, ingobernable y a punto de estallar por todos lados, entonces, aprovechando la coyuntura, se producirá la anhelada fusión de vascos y navarros dando principio a la  siempre prometedora “Patria Vasca”. Una nueva reconquista comenzará, entonces, partiendo desde allí pues, una vez consumada esta unión, por proximidad y afinidad, será muy lógica la absorción, casi inmediata, en esta nueva nación emergente, de la vecina Rioja y no digamos del condado de Treviño, enclave burgalés que  se halla dentro de la propia región vascongada, así como de la limítrofe y tan afín Cantabria, y ya puestos en este trance Asturias difícilmente se puede quedar al margen de tamaña operación.

          Parece justo que, tras el condado, caiga Burgos y que luego la unión se extienda lógicamente por Valladolid y Zamora no pudiendo Palencia y Salamanca quedar fuera de la cosa. Los gallegos dirán que ellos y Asturias son uña y carne y también León y el resto de la vieja Castilla se querrán incorporar. Mientras, por el otro lado, en los Pirineos, los de Huesca y los leridanos se sentirán irremediablemente atraídos por las virtudes, innegables, de tan benéfico pacto. Tras ellos caerán, “hechizados”, los Países Catalanes, esa gran nación que nunca fue y, al fin, todo Aragón reclamará su derecho. Por pura afinidad idiomática, Castellón, y todo el Levante, después, clamarán su privilegio. Las Baleares, por lo mismo, dirán que ellas también quieren y claro, en el centro peninsular no se van a quedar de brazos cruzados. Toda Castilla, primero, y hasta La Mancha, después, pondrán pies en pared. Extremadura no querrá ser menos y tras ella Huelva y Cádiz, y Sevilla y Jaén. Al fin toda Andalucía, junto a Murcia, estarán impacientes por consumar su ingreso. A las Canarias, islas hermanas, allá  lejanas en la mar, no se las podrá excluir. Y por fin, las sufridas plazas africanas las, a menudo, olvidadas Ceuta y Melilla, llamarán a las puertas de la nueva «patria vascongada», retornando, así, al redil.

De esta manera, fácil y sencilla, sin grandes aspavientos ni soflamas, tendremos una nueva España unida, esta vez de común acuerdo, y quien sabe si para siempre. Eso sí gobernada por el patriota, el mayor líder que han parido los tiempos.

Y ¿Quién sabe? lo mismo con el enjuague y el lío nos caen, de regalo, desde Bayona a Perpiñán o puede que Portugal y hasta el mismo Gibraltar. Vamos, un chollo.

                                              Vale

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