El río fiero.

( tercera parte)

Durante los días previos a la bajada de las aguas, aquellos seres incautos aguardan con impaciencia, siempre pendientes del río, y, cuando por fin alguien da la voz de alarma, todos se lanzan como posesos, jubilosos en su inconsciencia, al río fiero, que haciendo honor a su nombre, pese al menor caudal, aún representa un peligro tal que muchos se ahogan en esa carrera frenética e incontrolable por franquearlo, donde unos se atropellan con otros, se pisan entre sí, se golpean insensibles en su deseo mortal, el cual, de repente, se ve convertido en un puro intento de supervivencia.

          Desde la otra orilla los lugareños les alientan con grandes muestras de júbilo, animándolos con gritos y aplausos y los ayudan a salir del agua.  

          Al principio, son recibidos con grandes muestras de alegría celebrando en su honor una especie de fiesta de bienvenida donde les ofrecen comidas y bebidas preparadas para la ocasión, terminando por convertirse en una especie de atropellada orgía comunitaria e hipnótica tras la que los invitan a alojarse en sus miseras cabañas, mínimamente adecentadas y adornadas, donde les reservan los mejores sitios junto a los exiguos hogares.

          Las mujeres y hombres de la tribu se muestran con suma familiaridad ante ellos, entregándose sin reparo a los placeres más lascivos, promiscuamente, sin pudor alguno, e incluso, los abruman para incitarlos a copular libidinosamente. Son gentes libertinas, desinhibidas, practicantes del sexo libre, exento de todo atisbo de amor romántico, expertas en todo tipo de perversiones sexuales, corrompidas por el abuso, lo cual, por lo general, a los recién llegados les sorprende tanto como los encandila.

          Es normal, durante los primeros días, el encontrarse a parejas, o grupos, enlazados en cualquier lugar, a cualquier hora, y en cualquier disposición, sin recato alguno, bien es cierto que, con absoluta indiferencia por parte de los que no estén participando en dichos intercambios. De hecho, se sabe, de buena tinta, que, muchos de los que se aventuran en aquellas tierras malditas, lo hacen buscando conocer carnalmente a aquellos verdaderos depredadores sexuales.

          Pero cuando, pasados los primeros días de tan lujuriosa bienvenida, los miembros de la tribu comienzan a aburrirse de los recién llegados, dejan de mostrarse interesados en repetir los contactos y ya fatigados de su presencia, se van oponiendo a ellos, terminando por ofenderse ante las proposiciones que empiezan a cansarles, llegando entonces incluso a mostrar, amenazantes, sus primitivas armas, de repente manifestado tanto desprecio, por aquellos hombres confundidos, como antes habían mostrado verdadera efusión.

          Se da la circunstancia de como los recién llegados van perdiendo el alegre aprecio que la tribu había mostrado hacia ellos. Esto se produce de forma escalonada: al principio tan solo son pequeños gestos, mera indiferencia, simples actitudes groseras de desprecio, junto con algunos ladinos desplantes, para luego, poco a poco, empezar a sufrir variados maltratos y agresiones. Progresivamente se les niega la comida y la bebida comunes, siempre escasa, así como el alojamiento, hasta entonces compartido en las chozas y cabañas de los lugareños, siendo entonces desplazados a una especie de corrales mal techados, similares a los de los rebaños, semi excavados en la tierra, húmedos y lóbregos, donde se ven obligados a alojarse en pésimas condiciones, separados de la población autóctona, en medio de la más infame suciedad y abandono, como si su presencia empezase a ser molesta, o incluso ya directamente insoportable.

          Los recién llegados no compren nada, hacen preguntas que no son jamás contestadas de un modo directo, sino con ruines evasivas, interjecciones despectivas, insultos y amenazas que sumen a los incautos visitantes en el mayor de los desamparos.

          Son unas maniobras progresivas, puede que objetivamente planificadas, tras las que, al fin, alguien rompe todo comedimiento, hasta entonces sostenido, a medias entre la indiferencia y el desprecio, dando lugar a las primeras acometidas físicas directas.

          Sin causa alguna que lo justifique, rota aquella tenue frontera entre la mera humillación y la agresión, empiezan ser perseguidos con toda la furia desatada de un odio, al parecer, lentamente acumulado, viéndose obligados a huir precipitadamente para salvar la vida abandonando el poblado, teniendo que internarse en las inmensidades desoladas e insondables de esa especie de inacabable semi desierto de piedras afiladas y arbustos espinosos que rodea al poblado, donde es penosa la huida, y donde son cazados sanguinariamente, como si de bestias se tratara y, una vez que son capturados o muertos, son las propias mujeres, que encabezan las matanzas, las cuales antes se habían apareado libidinosamente con ellos sin descanso, las que siguiendo, al parecer un ritual primario, hunden sus puñales de fino hueso, o de piedra pulida, en sus cuerpos, desmembrándolos, en ocasiones aún palpitantes, desgajando sus miembros, empezando por penes y testículos, fruto codicioso que consumen crudo o, acaso, levemente cocinado en las toscas lumbres que, por doquier, improvisan.

          No obstante este cruento fin que dan a los visitantes, muchas de aquellas famélicas mujeres llevan ya en su seno el fruto de las continuas copulaciones mantenidas con ellos durante los primeros días, de esas relaciones nacerán los nuevos miembros de la tribu que serán los encargados de prolongar, en el tiempo inmutable, sus aberrantes tradiciones.

          Finalmente yo también he tenido que abandonar, sigilosamente, durante la noche, el poblado, porque aunque fui, durante un poco más de tiempo que los otros, respetado por mi condición de mero observador, de repente todo cambió, e intuí que había sido también incluido ya entre los candidatos a servir de comida a mis bestiales anfitriones.

          Llevo unos días vagando por este páramo que parece interminable. Me alimento de los animales que logro atrapar, sobre todo de serpientes y otros reptiles que me veo obligado a consumir crudos ante la imposibilidad de hacer un fuego y ser por él detectado, y bebo el agua que obtengo de unos tubérculos que aprendí a procesar siguiendo las instrucciones de los indios del otro lado. Me oculto durante el día y viajo por la noche siguiendo las estrellas en dirección contraria al poblado de los caníbales.

          Siendo imposible cruzar de nuevo el río, debo alejarme de aquí tanto como me sea posible, porque las correrías en pos de todos nosotros, siguen extendiéndose por toda la región, cada vez con mayor ferocidad. Sigo confiando en mi suerte aunque, en verdad, mi situación no deja de ser bastante complicada.

          Ahora mismo estoy escondido en una especie de agujero, una oquedad inaccesible en medio de este desierto inefable. Parece un lugar bastante seguro para esperar la llegada de la noche. Mientras, escribo estas páginas. Mi terminal GPS está a punto de quedarse sin batería y no veo como podré recargarlo de nuevo por lo que lanzo este escrito a las redes.

          Es probable que ya seamos pocos los que continuemos vivos a estas alturas pero, como han conseguido dispersarnos por completo y hacer que cada uno luche en solitario por conservar su propia vida, no tengo contacto con nadie, por lo que esto que cuento es una mera suposición. Yo lo he logrado… por el momento…

          Supongo que es una tontería pero la situación me recuerda a la caza de perdices en mi querida tierra natal: cuando se va separando al bando hasta que las aves quedan solas y dispersas, una a una, y ya casi incapaces de volar, se ocultan entre la fronda hasta la llegada del cazador, sin intentar emprender otro vuelo, intentando escabullirse entonces huyendo “a peón”. Creo que me empiezo a sentir un poco perdiz.

          Pero bueno…aún conservo la salud y… no sé como… pero confío en mi suerte.

          Espero salir de ésta… Bueno… oigo gritos lejanos. Silencio. Escuchemos. M.D.

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