JAMES JOYCE TRADUCIDO

                                  (Dublineses)

Por: Luis de Valdeavellano

Estoy leyendo a James Augustine Aloysius Joyce (Dublín 1887-Zúrich 1941) traducido, lo cual, siendo cualquier traducción un conato de aproximación al texto verdadero, en el caso del autor irlandés me parece casi un imposible.

          Mi percepción es, básicamente, intuitiva, pues no puedo demostrarla por mi falta absoluta de conocimiento sobre la lengua inglesa, pero mi experiencia sobre libros y lectura, tanto como alguna opinión de ciertos lectores avezados, así me lo vienen a indicar. Me apena, no obstante, no saber inglés, ni querer gastar mi tiempo en aprenderlo. Me quedé, hace ya mucho tiempo, en el camino de un intento fallido, por tanto me veo obligado a ceder a mi imaginación e instinto, sean estos los que sean, el puesto que debiera corresponder al conocimiento. No me avergüenza reconocer mi propia ignorancia pues forma parte de mi singularidad, de la que no reniego, como tampoco me conforta…simplemente es y como tal la asumo.

          La traducción es del escritor cubano-anglo, Guillermo Cabrera-Infante, que le da su propio toque hispano, lo cual no se si es, o no, afortunado, pues me caben dudas sobre si lo acerca al espíritu del idioma original o no. Duda que no resolveré jamás. En cualquier caso se deja leer bien.

          Leo, releo, Dublineses, su primera entrega literaria en forma de relatos breves, que él llamó enfáticamente, y de manera harto pretenciosa “epíclesis”. A mí me parecen no más que sencillos cuentos naturalistas, breves, sin excesiva substancia, como diría… incidentales, salvo excepciones. Escritos bien perfilados que, sin embargo, no consiguen exaltar mi espíritu de lector incansable, pasando ante mis ojos y mi mente sin dejar una huella plausible. Me resultan demasiado comunes, rutinarios, como breves pinceladas de una sombría realidad que el autor debió deplorar desde muy joven, siendo ya un agudo observador en medio de un Dublín sórdido, sucio y sombrío.

          Bien es cierto que están correctamente escritos. Tienen el ritmo propio de aquellas pequeñas grabaciones cinematográficas en blanco y negro, típicas estampas de la época en la que fueron compuestos, cuando el cine recién nacía como nueva forma de arte.

          Veremos como sigue la cosa, pues voy por la página ochenta y dos, es media noche y sé que la gente “normal” a estas horas traga televisión mientras come pipas y chucherías que los llevaran al sobrepeso del que se quejaran después poniendo disculpas pueriles.

         Respecto al autor, encuentro divertido el criterio de los “popes” de la literatura, siempre creando mitos estelares por mor de sus propios intereses particulares. Pontificando la grandeza, o no, por motivos tan aleatorios como puedan ser los que hacen de Joyce un escritor “esencial”, cosa sobre la que, discretamente, dudo.

          Vale, pues está bien. Ni quito ni pongo calificativos, o me gusta o no me gusta. Esa es mi vara de medir. A ella me acojo con humilde complacencia.

          Los críticos, vuelvo a esos seres, miríficos e inefables, sobre todo los anglosajones, siempre supieron muy bien como vender sus productos propios. Por algo son los grandes maestros de la publicidad. Los críticos anglos pueden hacer “de un culo una rosa”, permítaseme la expresión, con todo mi respeto por el culo, verdadera máquina de la felicidad, y eso tanto se me da.

          Pero yo me sanciono como juez supremo de cuanto leo y mi gusto dicta la definitiva sentencia, cruel como en el caso de Cervantes: la librería o la hoguera. En mi caso: recuerdo u olvido.

          Y no es el caso que yo menosprecie a Joyce aunque no lo encumbre, al menos de momento. Sigamos leyendo.

          Segunda noche y voy por la página ciento veintiocho. Las historias van cambiando de personajes, de la infancia y juventud estamos llegando a personajes adultos envueltos en sus vidas, en muchos casos, truncadas y, o, relacionadas con el alcohol.

          Dublín y el alcohol, inseparable vínculo, casi siempre en su vertiente más sórdida, sigue siendo la protagonista absoluta del fondo. Es el fondo, el escenario, el imprescindible paisaje sobre el que los personajes aparecen apenas como retazos. Por momentos son breves presentaciones en escena, de donde entran y salen utilizando puertas diversas, siendo sustituidos, unos por otros, sin solución de continuidad, mientras el decorado permanece, inexorable, marcando sus vidas como un hierro candente.

          El libro ha ganado en estas páginas un nuevo interés para mí. La prosa de Joyce, a través de Cabrera-Infante, se desliza suave ante mis ojos llegando hasta mi mente, como un caudal de aguas tibias, de las que, sin embargo, nunca se llega a ver del todo el fondo.

          Es la tercera noche y los relatos se suceden de forma cadenciosa como supongo sería un viaje, por las campiñas britanas, en uno de los trenes germinales de la época dorada del ferrocarril a vapor. Preciosos paisajes perlados de casas y propiedades donde se ocultan secretos inconfesables.

          Algunas de las clases sociales más significativas van apareciendo por sus páginas, siempre envueltas en un ambiente  embotado y opresor, y esas burguesías medianas, de pasables rentas, con un prurito de distinción, a medio camino entre una pátina fruto de generaciones enraizadas en la ciudad y el desconsuelo por lo que nunca será.

          Y siempre Dublín que se debate en la desazón propia de las ciudades sórdidas, sucias, sombrías, donde la luz es un infrecuente milagro.

                                              Vale 

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