Por: Luis de Valdeavellano
Este artículo se publicó en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2013.
Hoy me gustaría hablar de cosas pequeñas y sin importancia, por ejemplo decir que la mañana es hermosa, brillante y luminosa, el aire delicado, límpido y sutil; que los rayos de sol calientan el frío ambiente y restallan, vigorosos, sobre los tejados y las cristaleras alegrando con su presencia los corazones aéreos de los pájaros. O que la primavera comienza a intuirse, como un mágico misterio repetido que, una vez más y, poco a poco, se desentraña. Que hay signos inequívocos del perpetuo renacer estacional en los brotes de las plantas, en el emparejamiento de los animales, en el lento frenesí de los seres más diversos, que así lo atestiguan. Que el día, mientras tanto, aún aletargado, se estira lentamente, saliendo de su marasmo nocturno mientras la noche huye al fin y se hace más pequeña, acortándose y recogiéndose sobre sí misma, reconociendo tímidamente la implosión de la luz.
Pero, en medio de nuestra sociedad capitalista de hombres imperfectos, desalmados, sumidos en un mundo materialista donde solo el dinero lo justifica todo, me veo, arrastrado por la actualidad –ese rodillo que todo lo aplasta con su presencia inmisericorde– a comentar la rabiosa actualidad que nos acosa con su pérfida insistencia y que, en un solo nombre, en un calificativo, a conseguido contener toda la esencia de la putrefacción más absoluta.
La corrupción es la palabra clave que articula hoy a toda la sociedad española, la recorre de cabo a rabo y le da sentido en su sin sentido. La corrupción está en boca de todos y el significado de su irrupción es como un sarpullido premonitorio en la fina piel de nuestra sociedad enferma, una fiebre persistente y tenaz que, tras formar parte durante décadas del subconsciente colectivo, tras ser incubada lentamente por los estamentos sagrados de toda sociedad que se precie de serlo, parece haber llegado a los escalones más altos del poder político. El partido en el gobierno, sus dirigentes más importantes, amanecen señalados con el dedo de la culpa. Poco importará que, después, la justicia, ese brazo armado de los poderosos, trace círculos exculpatorios, dilate indefinidamente las resoluciones, difumine culpas y culpables, pues el pueblo ha dictado ya su sentencia inapelable.
Los políticos, esa casta de descastados impostores, han traspasado durante años, impunemente, el umbral de la infamia, han sembrado la sociedad de vilezas, han mancillado con sus manos sucias el poder que les es prestado por el pueblo. El daño está hecho, la herida está abierta y sangra caudales públicos saqueados, enviados a vivir en paraísos artificiales, mal llamados fiscales, inventados por esos mismos políticos que se cuidan celosamente de su existencia y proliferación.
Pero ¿es la corrupción un asunto de políticos, o de personas, o de toda una sociedad infectada de materialismo abusivo y desalmado? Por desgracia en nuestro caso me temo lo peor. Creo que la clase política, española y occidental, es el mero exponente visual de una actitud generalizada ante los bienes comunes: la substracción, el robo, la apropiación indebida de lo que es de todos parece estar en la propia esencia de nuestra sociedad. Nos consolamos pensando, afirmando, que solo los políticos son corruptos, solo ellos, como si fuesen seres de otro planeta, ajenos a la sociedad, cuando, en realidad, somos nosotros mismos por medio de nuestros representantes puestos donde se puede robar y saquear impunemente, que es en las administraciones públicas. Son nuestros hermanos, nuestros primos, nuestros vecinos, nuestros amigos, votados en una ficción democrática, los que meten la mano en la caja. Somos nosotros los que lo sabemos y lo callamos, lo aceptamos y participamos separando nuestros actos particulares de los ajenos. Lo que en nosotros está bien, y consideramos lícito, en los otros está mal y es un delito. Si no ¿cómo se entiende que se responsabilice siempre a los mismos de las mismas cosas? Es chocante para mí éste obsceno desenfoque interesado, me produce un profundo desasosiego, una indignación que va más allá de la política, acrecienta mi desapego ante lo humano y los humanos, un escepticismo rayano en la desafección más absoluta. Ver sistemáticamente a los mismos manifestantes protestando airadamente ante ciertos partidos, por ejemplo, mientras jamás responsabilizan de nada a otros, me parece una infamia sin parangón, es repulsivo hasta la extenuación y me hace pensar que, en una sociedad tan enferma, injusta y fanatizada, la curación no podrá ser nunca general. Vale