ULISES EN TIEMPO REAL (Uno)

Por: Miguel de Ungría

              (Cuando leer a Joyce es la “odisea”)

Manual de uso.

Prefacio a un proyecto inducido por la necesitad del lector impenitente impelido a un reto.

Mucho se ha hablado, y escrito más, sobre el papel de James Joyce en la historia de la literatura moderna. ¿Fue grande, fue pequeño, fue bueno, fue malo? Mejor o peor… fue. Sigue siendo. Y todo se lo debe, como él mismo, augur de sí, presentía, a un solo libro.

          Escribió una obra única, Ulises, para bien y para mal, de forma desaforada, de fondo ininteligible…por mucho que lo quieran negar los “listos” de turno que afirman conocer “todas las claves”. Patrañas. Pero ello mismo ha hecho que siga siendo un epítome literario. Donde adentrarse y bucear, si es que acaso le da el oxígeno, para ello, al buceador de turno, en busca de lo no hallado; con mayor certeza en busca de lo que, en realidad, según yo me lo recelo, no puede ser hallado jamás.

          Parece que Joyce dijo que esta obra le daría la inmortalidad y creo que acertó de pleno. Esto es así, desde mediados del pasado siglo, por supuesto, según los críticos ingleses que lo sitúan en la cúspide de la cima de la cumbre. Pero también a pesar de esos mismos críticos.

          Al ser un libro críptico, en clave, en una clave enrevesada de lenguajes subliminales, de segundas, terceras y decimoterceras lecturas, que creo que ni el propio Joyce conocía y, por tanto, nunca pudo desvelar, permanecerá siempre en medio de un debate obtuso y sin sentido, pero divertido, que alimenta la polémica y da alas al idioma anglosajón, y a mí me permite escribir éste y algún artículo más.

          En mi opinión, por supuesto sin importancia alguna, el propio autor nunca supo muy bien de lo que escribía, pero le gustaba, quedaba bien, pudo explayarse y creo que eso le bastó.  

          Por ello me propongo seguir los pasos del maestro. Mi plan consiste en ir escribiendo según vaya leyendo el libro, pues considero que es la única manera, al menos en mí caso, de poder recordar lo que vaya interpretando, deduciendo, conjeturando. En los intentos anteriores, creo que éste será mi tercer intento por terminarlo, al no tomar notas me fui desengañando, perdiendo el hilo y llegó un momento en el que le perdí también la fe.

          A fe que, en esta ocasión, a  no ser por causa mayor como muerte o pérdida irreparable de cordura, nada me ha de impedir concluirlo. Sirva la promesa a mayor gloria del gran James Joyce y mía propia.

          Como el libro es gordo, creo que me dará para varios artículos, lo que no es poca cosa. Miel sobre hojuelas.

          Nota: Sigo la traducción de Don José María Valverde     publicado en Penguin Random House Grupo Editorial S.A.U.

Edición DEBOLSILLO. (Esta edición sigue exactamente las directrices de la edición crítica (Garland, Nueva York, 1984))

Comienzo el libro y acaba el día.

          1-1 Los protagonistas hacen cosas. Cosas normales como las harían cualquier europeo de su tiempo. Cosas comunes como afeitarse o desayunar. O llevar un desayuno a la cama de la mujer ganando así puntos para penetrar en el misterio.

          2 Dedalus da sus clases y recibe su paga. Es prolijo el acto de pagar.

          3 Ineluctable, como escribir ebrio. Despliegue de atorrante verborrea donde las palabras cobran su significado en el mero hecho de ser palabras puestas ahí, una tras otra, bajo los efectos del licor, lo que les da un hálito confuso. El espumarajo del borracho.

          2-4 En el atestado trastero de las palabras; donde éstas yacen amontonadas tras siglos de ser traídas y llevadas, el negociante de palabras Joyce, una vez comprado el trastero repleto, las va sacando a la calle mientras vacía el interior. Son expuestas a la luz y al escrutinio; allí las va poniendo en discontinuo orden confuso, de acuerdo con su mente en esos momentos.

          Leopold Bloom desayuna, con interés, riñones y caga de buena mañana en compañía de los periódicos atrasados que le sirven de referente.

          5 El señor Bloom va de entierro. Patea la ciudad. Lee una carta de su presunta amante, que su mujer no debe encontrar, si no quiere que le dé el cante.

          Menos mal que los capítulos, por el momento, son cortos con lo cual la digestión intelectual es más sencilla. Mente dispersa. Cubismo y reflejos de trozos de ese sol dublinés tan escaso en los cristales. Misa y baño turco, dos mitades del mismo organismo. Ostia y encuentro. El cuerpo y el alma. No hay acción sino constante movimiento. Transliteración.

          6 El entierro en sí mismo. Los asistentes al entierro. El coche de caballos que los conduce al funeral y las calles del siempre confuso Dublín.

          Apenas una hora como la mayoría de los entierros, saludos comentarios y la tierra sorda por encima de la caja. Que bueno era… y se murió demasiado pronto.

          “El queso es el cadáver de la leche” dice Joyce.

          7 Tranvías y correos. Incidentales.  El alma de una ciudad de principios del siglo XX. Agárralo por donde puedas. ¿Entretiene, enseña, alimenta el espíritu? ¿Solo son palabras? ¿Inconexión? Depende. ¿Se supone que es algo porque lo escribió alguien que se supone que sabia escribir mejor que muchos otros? Leo y leo y leo, pero no encuentro nada… salvo palabras. Aunque lo encuentro todo. ¿No sé si me explico?  No, no me explico ni pienso explicarme… más de lo necesario. Pero… son palabras sin fondo las palabras puestas sobre el papel como se vierte el vómito sobre el fango del arroyo. ¿Literatura, arte, novela de no sé qué…pero sé que es algo. Pretenciosidad… a veces. Jirones de traperillo, otras. No hay ideas o tengo muchas ideas pero tengo palabras verborrea. Mañana más.

Glosopeda. Fiebre aftosa. Misóginos. Reunión de redacción en el periódico. Locura flemática y de nuevo al bar. Siempre nos quedarán los bares. La priva siempre presente… y las muchachas antes de ser viejas descaradas, perdido cualquier atisbo de pudor, puede que ahora putas baratas o pajilleras. Joyce escribe según el trago, creo. Nada o tampoco. Seguiremos. (Continuará)

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