(Cuando leer a Joyce es la “odisea”)
Manual de uso
Por: Miguel de Ungría
(Cinco)
10 (Continuación)
Padre Cowley, el señor Dedalus y Ben Dollard con su chaqué azul, su chistera y sus grandes calzones, rascándose sin pudor las partes pudendas, caminan. Hablan de un usurero que quiere cobrar a toda costa y de como un embargo preventivo podría evitarlo. Eran años duros, de miseria, de sueldos paupérrimos y larguísimas jornadas de trabajo agotador, había deudas y se practicaban variadas modalidades del modo de no pagarlas. Siempre hay que comprender a los deudores, lo dice la biblia, que no es poca cosa.
Al parecer hubo una vez en algún sitio una mona que se metía nueces en el (su) agujero trasero pero el señor Dedalus opina que eran avellanas. Bueno, un poco más suave sería la cosa.
Martin Cunningham dijo al cochero que se pusiera en marcha. Lo dijo con firmeza. Las cabezas de las señoritas Douce y Kennedy asomaron por entre las cortinillas del Hotel Ormond al oír el traqueteo del coche. Ahora con los coches eléctricos, absolutamente silenciosos, esto sería imposible. Pese a todo las buenas gentes del visillo vigilan en todo tiempo y lugar. El mundo es mucho más seguro gracias a ellas.
Martin, el señor Power y John Wyse Nolan bajan la cuesta de Cork. En las escaleras del ayuntamiento hay mucho movimiento. La política. La política es movimiento sin marcha. O puede que marcha sin movimiento. Concejales que bajan, concejales que suben. Es la oscilación continua de los políticos como de las cosas. Todo oscila. Se mueve sin moverse, como los móviles del movimiento quieto. Es una paradoja el movimiento quieto. Una ley tan precisa como el primer principio de la termodinámica: “La energía total de universo ni se crea ni se destruye, se mantiene constante”. Mas, si el universo es infinito la energía también lo será… y si la energía es infinita ¿Cómo cuantificarla? ¿Será que es constantemente infinita?
El señor Bloom ha dado cinco chelines. Era un dinero en ese tiempo no vayan a pensar. ¿Es judío míster Bloom? Los judíos están presentes siempre y en todo lugar porque cuentan con el apoyo de Dios, de su Dios viejo, o Dios padre, claro: Yahvé, o HaShem, o Adonai, o Elohim, o Jehová.
Es impresionante lo que andaban esos condenados dublineses mientras Martin enseñaba la lista a Jimmy, una lista, la lista, sin parar en realidad a enseñársela sin que Jimmy le hiciera caso a la lista.
John Fanning “el Largo” era, indudablemente, muy alto, de ahí su apodo. Era tan alto tan alto que podría haber sido un excelente pívot de baloncesto si es que el baloncesto hubiera sido, por entonces, algo más que un deporte universitario, recién inventado, que consistía en meter una pelota en una caja de frutas colgada del techo de un gimnasio y que ni siquiera se llamaba todavía así. Para que se hagan una idea, era tan alto tan alto que cubría por completo la puerta delante de la que estaba parado mientras fumaba su Henry Clay. Y mientras lo hacía, lo hacía soltando suaves volutas que se perdían sutilmente en el ambiente, haciendo de los demás presentes ignorantes fumadores pasivos, e impidiendo que cualquier otro ser humano pudiera entrar o salir de la sala. Era la puerta que bloqueaba con su mole de pívot de baloncesto, no otra, la puerta de aquella sala de consejos del ayuntamiento de Dublín, donde reinaba el desorden, no porque se hablara de la lengua irlandesa, lo cual siempre da para posturas muy enfrentadas, sino porque no había nadie que impusiera silencio ya que el viejo macero Barlow estaba ausente, realmente fastidiado debido a su asma incurable. Se requería la presencia del jefe de la guardia. No había quórum. No estaba el alcalde pero sí el auxiliar del secretario y el subsheriff. Por la calle pasaban caballos y carros con caballos y se oían sus cascos. Pero no eran caballos tirando de carros ni caballos cualquiera. Eran los gastadores que precedían al Lord Lugarteniente General junto al Gobernador General. General siempre queda mejor que Parcial, por eso en todos los ejércitos hay muchos generales pero no hay ningún parcial… que yo sepa, aunque todos los generales sean parciales… todos lo son menos el general de generales.
Buck Mulligan y Haines hablan de John Howard que juega al ajedrez. Es otra escena. Seguramente opinen que ser jugador de ajedrez mediocre es un verdadero acto heroico de valentía intelectual. Naturalmente se sabe que están en un café porque toman café vienés, aunque estén en Dublín. En Viena los vieneses toman café irlandés con delectación, mientras en Dublín toman café vienes como síntoma de buen gusto, pero en ambos sitios toman también pastitas. Las pastitas son francamente internacionales y se toman habitualmente en Viena, en Dublín y en muchos otros lugares.
¿Hamlet tomaría pastitas antes o después de declamar afectadamente: “To be, or not to be, that is the question. Ser o no ser, esa es la cuestión …” y lo que sigue? ¿Y el marinero de la pierna muñón colgante tomaría pastitas al llegar a casa? Ellos de momento mojaban desenfadadamente las pastitas sobre la nata irlandesa de su café vienes.
La nota de Swinburne con la calavera, ese eximio poeta fanático seguidor de Hamlet, perdido en su personalidad confusa y virulenta, puede que depravado a consecuencia de su baja estatura, era la nota de un poeta con calavera, un poeta que necesitaba ser extremo porque se sentía inferior y pretendía dar la nota siempre y en todo lugar. Creo que entonces era de buen tono, en las familias nobles del Reino Unido, disponer de algún miembro, puede que colateral, perverso, depravado y, a poder ser violador o alcohólico. La nota de la nata y la nata de la nota.
Almirano Artifoni direttore, batuta en mano, y tras él Cashel Boyle O´Connor Fitzmaurice Tisdall Farrell, ahí es nada, con “bastonparaguasguardapolvos”, -Joyce dixit- van caminando con ímpetu como para chocar con un indefenso mozalbete ciego con bastón que no pudo por menos que maldecirle, a Cashel, el chocador, bastón al aire, llamándole con razón ciego e hijo de puta. Sea su madre una santa.
El señorito Patrick Aloysius Dignam regresa tras comprar, por encargo, una libra y media de chuletas grasientas, envueltas en papel, valioso tesoro en ese tiempo. Va despacio, perdiendo el ídem, mientras rememora, con cierto asco, la forma repelente de sorber mocos, al parecer, habitual en las señoras del tipo de las señoras Stoer, Quigley y MacDowell, a la par que bebían jerez oloroso y comían migas de tarta casera. Mientras rememoraba, a los mocos y a las señoras portadoras de los mismos (Inciso: nada tengo contra las señoras ni contra los mocos propios de ellas tanto como de los demás mortales) vio un cartel donde se anunciaba el próximo combate de boxeo entre Keogh y Bennett, con una bolsa en juego de cincuenta libras esterlinas. Mucha pasta. Mucha pasta. Gran combate si pudiera verlo. Pensó. Dos chelines la entrada. Recordaba a los grandes pegadores del momento, a la bestia de Fitzsimon, al muy técnico Jem Corbet, que sucumbió, no obstante, ante la bestia. Era, posiblemente, inevitable. Casi siempre la fuerza del bestia se impone ante la maña del técnico, a pesar de lo que diga el refrán. Luego pasó por Grafton, avanzó por Nassau y cambió de mano las chuletas porque pesaban. Sintió su mano grasienta pero no se quejó, las chuletas bien lo valían. Le molestaba el cuello de la camisa, eso podía deducirse a poco que le observases como se lo recolocaba pese a las grasientas manos consecuencia de llevar las chuletas grasientas. Colegiales y más colegiales por las calles. Creo que era la hora de salir de clase. O puede que de volver a clase por la tarde. No lo tengo claro. Más que nada por la hora. A medias entre la mañana y la tarde. Desconozco el horario colegial de Dublín y no pienso recabar información al respecto. Hágalo el amable lector si es que acaso le interesa.
Vestía de luto por papá recién muerto. Papá en la caja, papá dentro de la caja. Tan tranquilo, tan reposado. Mamá llorando, al lado de la caja, junto a la caja. Pero sin tocarla. La caja. Con respeto.
Mientras el tío Barney daba instrucciones a los operarios funerarios sobre como bajar la caja por las escaleras, recordaba, no sabía bien porqué, pero recordaba con extrema precisión la última borrachera de papá, tan pequeño, tan gordo, tan borracho y aún queriendo ir a beber, empecinadamente, más. El señor Dignam. Puede que esté en el purgatorio, allí es seguro que ha de haber muchos borrachos. Creo que el purgatorio es territorio de drogadictos y, sobre todo, de empedernidos borrachos.
La comitiva palaciega, la de los caballos, los carruajes y los gastadores estaba formada, atención, por el conde Dudley, sir William, lady Dudley, el coronel Heseltine, todos en una carroza, seguidos por otra carroza donde iban la honorable señora Paget, la señorita, no menos honorable, De Courcy, y el, por supuesto también muy honorable Gerald Ward, Ayudante de Campo de servicio, los cuales salieron de la residencia virreinal nada más comer, con todo el boato disponible a esas horas. Fueron saludados formalmente por la guardia. Todo el mundo les saludaba, bueno, casi todo el mundo. Se notaba que no todos eran tan afectos al alto alto alto representante de su majestad como habría sido de desear. Como pasa siempre con la afección y la desafección, que es interesada y variable.
Pero el señor Simon Dedalus sí se destocó con suma elegancia a su paso, recibiendo en premio el gracioso saludo de Su Excelencia. Sin embargo el reverendo Hugh C. Love M.A. no tuvo la misma suerte a pesar de saludar con gran empeño, también reverencia incluida.
Es interminable la lista de las personas que observaban a la comitiva cuasi real, no así las personas de la comitiva que observaban a las personas que, puntualmente, les observaban observándose, al mismo tiempo, entre sí. Pero creo que puedo afirmar, con suma certeza, que muchos de los coprotagonistas de la novela observaban mientras eran observados observándose a su vez.
Concluye así este estimulante capítulo con un verdadero ejército popular de observantes y observados. Vamos, lo que vendría a ser un desfile de autoridades de los de toda la vida.