JAZZ, MUCHO JAZZ

Por: Luis de Valdeavellano

Me propongo hacer una crónica de uno de los discos de jazz que más me han gustado en los últimos tiempos. Se trata de la primera obra de un joven músico cuya carrera promete grandes logros. El disco se titula “Música para amansar fieras” el autor: Javier Rojo.

          Javier Rojo se llama, sí, retengan su nombre.

          Él es el compositor y saxofonista tenor de una obra que, siendo la primera de su incipiente carrera, me parece ya francamente impresionante, no en vano, este trabajo, contiene toda la esencia de una, puede que la más grande, la más compleja, la más rica, musicalmente hablando, de todas las etapas en las que se puede diseccionar la ya legendaria y centenaria historia del jazz.

          El jazz, si se me permite, junto con el rock, son dos de las más grandes, entre las múltiples corrientes, o estilos, géneros, o formas musicales de un siglo XX prolífico como ninguno en lo musical, generoso como ningún otro siglo por la variedad abrumadora de formas, géneros, estilos y corrientes que nos ha legado, desde el flamenco al tango, desde el dodecafonismo a la cumbia o a la bossa nova, del funk al pop o al charlestón. Para qué extendernos.

          Volviendo a Javier y a su disco cabe decir que en él está el espíritu de los mejores, desde un Miles Davis pletórico en su inmortal Milestone al John Coltrane excelso de su Love Supreme, o al de su incursión frenética en el freejazz.

          Dejo muchos grandes genios del jazz sin nombrar pues no viene al caso epatar al lector con una lista prolija. Es el hálito del bebob, el estilo, su espíritu, con toda su majestuosidad estilística, el que se establece en el disco de Javier y su combo, con bella prestancia, en un hermoso despliegue creativo y releído, sin complejos, por estos jóvenes valores.

          Tras una repetida y gratísima escucha del disco puedo afirmar que se trata de una obra deliciosa y pletórica donde, además de un firme talento en expansión, se certifica individualmente un poderío instrumental indudable, acompañado por un grupo de jóvenes maestros de los diferentes instrumentos que integran el combo. Desde el trompetista al baterista, o al hombre del piano. El flautista, el bajista, el guitarra… todos sin excepción rayan a gran altura en su trabajo, tanto individual como de grupo, bajo el liderazgo de Javier, virtuoso intérprete de sí mismo, con su saxo tenor que suena, sencillamente, magistral.

          Tuve la fortuna de asistir a la presentación del disco en directo, en una velada celebrada, meses atrás, en el teatro Buero Vallejo de la pequeña ciudad española de Guadalajara, dentro de las jornadas de jazz que cada año se ofrecen en la ciudad. Lleno prácticamente absoluto para acoger a nuestra nueva estrella local.

          Fue la presentación, en sí misma, el único reparo que cupo ponerle a la organización del ciclo, y a Javier como líder de su música y de su banda.

          No es la primera vez que sucede y, en esta ocasión, me pareció especialmente relevante y grave, pues entiendo que es obligación de la organización ofrecer una producción, al menos correcta. No lo fue en modo alguno. El sonido fue francamente mejorable. Fuimos varios los que tuvimos la impresión de no estar oyendo toda la música que allí se interpretaba. El sufrimiento experimentado como melómano fue grande. El enfado también. Terminado el concierto pude confirmar que no era yo solo el que había padecido ante la mala producción sonora.

          En estos tiempos, con toda la tecnología disponible, es inaceptable ofrecer al público un producto en tan mal estado.

          En el caso de los músicos, jóvenes, sin una producción propia que se haga cargo de estas situaciones, sin la experiencia de su líder, todavía neófito y, por tanto, tímido a la hora de ejercer su derecho a que su trabajo se muestre en todo su esplendor, su postura es comprensible. En el caso de la organización del ciclo no.

                                           Vale

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