ULISES EN TIEMPO REAL

            (Cuando leer a Joyce es la “odisea”)

                             Manual de uso

                                    (Nueve)

Por: Miguel de Ungría

(Continua)

Vale, para concluir el capítulo doce, como los apóstoles, solo decir que el Ciudadano, en un ataque de paroxismo de elevada graduación alcohólica, intenta matar a alguien con una caja de galletas, supongo, desde la distancia que dan tiempo y espacio, que se trataba de una caja de galletas de las antiguas: grande, pesada y metálica (pues era el noble tiempo de las cosas robustas y sólidas, ahora impera el reduccionismo y la teoría de cuerdas y la mecánica cuántica). Ese alguien huye, saliendo del bar donde se hallan, montando en un coche de caballos tirado por un solo jamelgo que, a duras penas, y por los pelos, consigue arrastrar el carro, doblando la esquina a gran velocidad, pero no doblando la esquina literalmente, para lo cual haría falta una fuerza inmensa, sobrehumana, “sobreanimal” y “sobrecaballuna”, nooooo… sino dicho en expresión coloquial, en sentido figurado, es decir, que se fuga girando el carro con el jamelgo al llegar a la esquina y desapareciendo como alma que lleva el diablo.

          Del terremoto que se menciona en estas páginas, del hundimiento de casas y demás, como no me queda claro el sitio del suceso, y no he querido indagar más en el asunto, aunque sospecho que pudo ser en EEUU, solo dejar constancia del mismo y pude que hable de él otro día nunca.

Sírvase el curioso lector a su antojo.

          Y así pasamos… porque “todo en la vida es pasar”… con etérea levedad y mejor ánimo, al capítulo o episodio número trece.

                                              13

De repente ya hemos pasado mientras parece que se va poniendo el sol, que tiene la costumbre de hacerlo por el oeste, al menos desde tiempo inmemorial, pues la luz anuncia su pronto desvanecimiento en esa zona concreta del horizonte. Este mero hecho, en apariencia insignificante por cotidiano y manifiesto, hace que el viajero extraviado siempre pueda tener una referencia clara sobre su posición relativa, lo que no es poca cosa en un mundo, por lo general, preñado de seres infames sin vergüenza sin moral sin un atisbo de dignidad ni siquiera mínimamente animal.

          Pues bien, Cissy Caffrey, Edy Boardman y Gerty MacDowell, son fueron eran tres muchachas “tres eran tres las hijas de…”  ¿Recuerdan la canción? Como van a recordar nada si la memoria está absolutamente desprestigiada por culpa de los “politicuchos” progres que no quieren que el pueblo la posea, la memoria quiero decir, por lo que la han proscrito como vergonzante, su práctica, con esas mierdas de leyes de educación, adoctrinación, “socialistes-progresistes” que se llevan defecando décadas en las distintas promociones de desafortunados jóvenes puestos en manos de tan corruptos patanes.

          Volviendo al tema de las muchachas, las tres muchachas, las tres muchachas amigas, presuntas amigas hasta donde pueden ser amigas tres muchachas, cuidaban de sus pequeños hermanitos, dos golfillos gemelos y otro todavía inhábil para caminar, por lo que iba alojado en el cochecito para niños demasiado pequeños para caminar. Y, helas aquí, sentadas sobre unas rocas, al atardecer, a la orilla de Sandymount, o puede que en sus alrededores, pero contemplando el mar en un lugar de paseo habitual de todo tipo de dublineses a la caída de la tarde.

          Adelanto ya que parece ser que la preferencia de Joyce, así como el tratamiento delicado que le prodiga a la señorita Gerty, es manifiesta, puede que sea en base a la piedad por su minusvalía, o puede que… si nos basamos en la minuciosa descripción que en las páginas siguientes hace de la muchacha, de todos sus muchos otros dones y virtudes femeninas. Esto parece evidente si atendemos, meramente, a la minuciosa descripción que, en las páginas siguientes, hace de la muchacha, retrato digno de uno de los grandes poetas románticos, en prosa, cosa esta curiosa, oxímoron que no he acabado de entender del todo nunca, lo de la poesía en prosa o prosa poética, en fin… que ustedes pueden libremente elegir entre las literaturas originales de las islas en ese apartado concreto de la lírica.

          Es bien sabido que lo que aquí, en el libro, puede parecer chismorreo de ciudad no muy grande, es lo que hoy llamamos eufemísticamente redes sociales, foros y demás basura telemática actual, que no dejan de ser otra cosa que el eterno cotilleo, bembeteo, murmuración, comadreo bajuno y vil y grosero de toda la vida, llevado al modo digital, y sobre todo entre los más jóvenes, esos seres, crueles en grado sumo, por mor de la presuntuosa edad, que convierten los desencuentros propios de su palpable inmadurez, tanto como su deplorable educación familiar, en maligna podredumbre, que acaba siendo dispersada por el viento que es la difamación presente en todo vertedero digital.

          El objeto venerable de Joyce será, durante largas páginas, la preciosa y muy sensual y muy coqueta y muy discreta y muy impulsiva Gerty y su pelo y su boca y sus ojos y su piel y su novio y su atención a la moda y su ropa interior.

          Sí, la moda, nada nuevo, ni nada más viejo que la moda da da da da. Y el momento de la ensoñación recreando en su mente, “alma corazón y vida…” recuérdese la canción, no recuerde, tanto da da da. Los anhelos de una joven, delicadamente vigorosa, esperando encontrar un hombre el hombre que colme su poética ensoñación… que no solo de pan vive el hombre, la mujer, la mujer, el hombre.

          Pero aquí, ahora, están los niños exigentes, inoportunos, pesados, y su amiga no amiga pendiente de ellos mientras Cissy, la otra amiga no amiga mostraba, cada vez que podía, su lado más alegre, más cómico de muchacha graciosa intentando sobresalir.

          Pero, además, en una iglesita, al lado justo al lado de donde ellas están mirando al mar la mar el mar hay un numeroso grupo de alcohólicos enclaustrados en pleno retiro espiritual que no espirituoso; retirados, por el momento, de la circulación de los bares por la cruzada emprendida por padres beneméritos, intitulada: “la liga antialcohólica”, en su reiterada reiterativa encomiable cruzada, puesto que muy relacionada con la cruz está, para intentar rescatar hombres atrapados entre las garras del execrable vicio secular. La iglesia los cobijaba por mano del hermano misionero padre John Hughes. Loado sea entre los Justos del Señor.

          Y Gerty recordaba a su padre envilecido por el licor, al que, a pesar de todo, seguía queriendo mucho. Y los recuerdos iban y venían como los gemelos niños trotones incansables como las olas del mar la mar el mar tan próximo.

          Bueno, pues resulta, porque al final todo se sabe, que el señor Dignam, recién fallecido y enterrado en el día de hoy, no del hoy cuando usted lee, sino del día del cuento de Joyce, éste mismo que ahora, usted y yo, aún con dificultad rememoramos, decía que el difunto señor Dignam y el padre de la señorita Gerty eran íntimos amigos, sin duda fieles compañeros de francachela… vamos, del bebercio.

          Por otra parte Gerty, como queda claro meridianamente claro por el tratamiento que le da Joyce, era un claro ejemplo de bondad y de entrega a su familia, a la par que una muchacha soñadora, poseedora de una personalidad bien acusada. Además sabía explicar magníficamente que significado tienen los “días alciónicos”, lo cual no estaba nada mal para una joven.

          Los gemelos seguirán dando que hacer durante todo este pasaje bucólico, como no puede ser de otra forma, ahora con la pelota y ya se sabe lo que cantaba Juan Manuel, no el infante poeta, no, sino el cantautor catalán de origen aragonés que venía a decir: “niño, deja ya de joder con la pelota…” con ese timbre suyo tan peculiar debido sobre todo al vibrato excesivo que le aplicaba a su voz. Esa misma frase, dicha o cantada por otro, probablemente hubiera merecido algún tipo de reproche recelo suspicacia estética pero en boca de un famoso cantautor catalán de origen aragonés merece todo el respeto poético musical del mundo.

          El caso es que Gerty intentó darle una patada dudosa a la pelota, fallando, puede que debido a su quebranto físico y provocando las risas burlonas crueles de sus amigas no amigas Edy y Cissy; pero ella, muchacha resuelta, volvió a intentarlo y la pelota voló, lejísimos, demostrando ya entonces la capacidad de una muchacha para patear balones, aún en las peores condiciones, incluso sin césped, lo que ha terminado derivando en la práctica del fútbol, también llamado en España sin fortuna, balompié femenino.

          Así que tenemos, por una parte a los gemelos persiguiendo el balón pateado, a las jóvenes que los vigilan, mientras se vigilan entre sí, al señor que pasea por la playa con su nariz de buñuelo y su triste figura, vestido de negro, vigilando a las muchachas, a otros paseantes sin identificar que probablemente se vigilen entre ellos, y a los hombres compungidos que hacen ejercicios espirituales en la pequeña iglesia al lado de la playa, con sus esperanzas puestas en María, la Virgen, la Madre que nunca abandona a sus hijos compungidos que en Ella confían desesperadamente, para que los libre de esa dependencia tan dañina que destruye sus vidas y las de sus familias, todo ello mediante la intercesión humana del reverendo padre Hughes y que nunca nunca nunca deja de vigilar a sus queridos creyentes.

          Ah, se me olvidaba mencionar, por supuesto, al bebé Boardman. “A go gó A go gó A ro ró etc…” Muchacho listo listísimo, dice Joyce que era el muchacho, a sus once meses con esos ojazos, hasta que dejan de serlo, ojos de todas las miradas, en cuanto dejan de ser novedad.

          Mientras, ausente con respecto al bebé y a los gemelos, Gerty miraba al mar: “mirando al mar, soñé…” (Años cincuenta más o menos, Jorge Sepúlveda, que no se llamaba Jorge ni era de Sepúlveda, Segovia, España.) mientras pensaba en el hombre que pintaba cuadros efímeros sobre la acera con sus tizas de mil colores. Y pensaba en el sueño de hacerlo suyo, y en transformarlo a su manera, como solo las mujeres creen poder transformar al objeto de sus sueños y desvelos, porque creía ver algo en él, en aquel hombre que pintaba cuadros efímeros sobre la acera con sus tizas de mil colores, lo cual le hacía parecer terriblemente seductor sin que ni el mismo lo supiera.

          Dejando a un lado al hombre de las tizas, era ahora Cissy la que parecía querer lucir sus encantos ante el hombre de negro, que las miraba a las tres eran tres… desde cierta distancia, mientras el padre Conroy entregaba el incensario lleno de ascuas al canónigo O´Hanlon que lo llenó de incienso con el sagrado fin de incensar dentro de la pequeña iglesia.

          Era un juego sensual el de las muchachas jóvenes mujeres, cada una a su modo, pendientes individualmente a su modo del hombre de negro que seguía siempre pendiente de las muchachas mientras los curas sahumaban mientras los mellizos molestaban y las medias de las muchachas se mantenían íntegras pese a las rocas y afortunadamente sin ninguna carrera y es que hubo un tiempo en el que unas buenas medias podían contribuir, y de hecho lo hacían, lo harían no muchos años más tarde, con su influjo motivador, incluso a ganar una guerra. Por supuesto se trataba de unas medias compradas en Sparrow, en la calle George de Dublín, a tres con once el par.

          El momento supremo, o bueno, puede que uno de ellos durante aquel memorable atardecer es cuando Gerty se quita el sombrero y su cabellera de rizos castaños sobre los hombros dulces sustentadores de cuello tan delicado refulge prodigiosa. Toda una declaración de intenciones apasionadamente sensual. Vuelve a ponerse el sombrero, un poco de lado, a lo cazador, mientras mira de perfil y él la observa como el cazador observa a la presa que se siente observada por el cazador sin querer huir de ser observada. Pero su amiga Edy, miraba también bajo sus gafas como si no mirara mientras miraba pretendiendo no mirar haciendo que no miraba.

          Ya son las veinte horas, más o menos las ocho de la tarde del devaneo de las muchachas y el mirón hombre de negro y su reloj parado y los curas con su misa de expiación alcohólica. Y la transustanciación siempre con vino según el canón.

          Mientras, seguramente porque de vez en cuando hay que tomar alguna decisión, las muchachas deciden iniciar el regreso a casa con los gemelos y el niño en el cochecito, y se presiente se sabe se percibe que hay celos entre las amigas no amigas por la belleza, por la cojera, por las gafas, de la otra, porque no puede haber nada peor entre algunas mujeres que una guapa que destaque, aunque sea cojeando.

          Y la misa concluye y la tarde se acaba y los celos siguen siempre soterrados siempre siguen entre las “amigas para siempre” como esa canción de la olimpiada de Barcelona cuando esa ciudad fue querida por los españoles que pusieron en ella su esperanza y su dinero para ser, años después, despreciados y despreciando, su desprecio de ciudad “despreciante” la lleva de mal en peor hacia la decadencia absoluta a esa ciudad.

          Pero lo importante para Joyce no es Barcelona… “amigos para siempre…” sino Gertrude MacDowell, Gerty, y su amor por la poesía y sus ensoñaciones, olvidado ya el pintor de tiza sobre acera por el hombre de negro mirón de playa que la mira fijamente furtivamente intensamente desde cierta distancia mientras el cura dentro de su iglesita acaba la misa, y de repente surgen fuegos artificiales y todos corriendo por la playa para verlos lo mejor posible, aunque Dublín no fuera entonces ni ahora como Valencia, donde los fuegos y los petardos y las tracas y las bombas y los correpies son un alucinatorio exceso total que los perros aborrecen.

          Pero en Dublín aquella tarde en la playa con los fuegos artificiales todo el mundo miraba al cielo incluida la señorita Gerty que, no obstante, miraba también al señor de negro, desde el ala de su sombrero ladeado, como se solazaba con ella, mientras ella, embelesada de sus miradas furtivas, no podía dejar de irse inclinando progresivamente de manera ostensible mientras iba dejando visibles bien visibles ciertas zonas partes de su anatomía que, pese a estar parcialmente cubiertas por adminículos tales como medias, ligas y bragas, en este caso de batista, según afirma el autor, no dejaban de mostrar delicados objetos de deseo sexual para cualquier hombre que pudiera admirarlos como aquel hombre de negro riguroso los admiraba los disfrutaba al serle mostrados tan graciosamente a la par que su mano frotaba otra de las partes fundamentales de su mismo ser.

          Cuando los “Oh” y los “Ah” y los “Ug” emocionados y admirativos de la gente ante la etérea belleza fugaz de los fuegos se disipó, la anodina normalidad de la noche otra noche una noche recién llegada se apoderó de nuevo de todos y cada uno de los absortos contempladores de los fuegos, mientras el señor Bloom, al que por fin Joyce descubrió en esos momentos,  como el señor de negro del que tanto se ha hablado, también sintió su propio estallido de fuego ¡Oh Ah Ug! sintiendo como se mojaba mientras la señorita Gerty también sentía algo parecido en su fuero interno fruto de aquella furtiva relación erótico visual.

          Leopold Bloom estaba allí. Mirando y viendo como se alejaba cojeando ligeramente aquella joven mujer y sus bragas de batista.

          Y entonces, ya solo, mojado por la visión de las partes secretas de la bella cojita, rememora y recuerda a Molly y a las mujeres y a la menstruación, ese misterio insondable por mucho que te lo cuenten.

          Divagaciones sobre las relaciones efímeras y lo que puede que le suceda a tu mujer y que nunca sabrás a ciencia cierta por mucho que te lo imagines, como tampoco ella conocerá el fondo de tu almamente sexo desbocado algunas veces en cuanto la situación más imprevista se vuelva afortunadamente plausible.

          La excitación es un chispazo imprevisto que se transforma en incendio. Página quinientos treinta y ocho, es una buena página para parar pararán pan pan. (Continuará)

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