¡DAD DE COMER A ESOS CERDOS!

Por: Luis de Valdeavellano

Aquel decrépito ventorro era por entonces uno más entre los muchos que se hallaban diseminados a lo largo de tan larga ruta, ofreciendo sus servicios en la carretera nacional, vía de creciente importancia, pues no en vano unía algunas de las ciudades más grandes del país, partiendo desde la capital.

          En aquellos lejanos días en nada se destacaba de los demás, ni por su posición en el mapa ni por sus servicios, siendo un garito sucio y oscuro como tantos, hasta que aquel joven avispado se hizo cargo del negocio.

          Desde el principio tuvo claro que sus objetivos prioritarios debían ser la publicidad y los camioneros, o los camioneros y la publicidad, nunca se supo bien en que orden. Pero tanto daba porque él comprendió como ninguno que su cliente fundamental: el camionero, haría la publicidad y la publicidad atraería al camionero. No en vano el transporte por aquella carretera se incrementaba, a ojos vista, día tras día. En ellos centró su atención y hacia ellos dirigió sus desvelos. Y nada mejor que ofrecerles una buena cocina y un alojamiento adecuado a precios irresistiblemente competitivos.

          Conocedor de las preferencias de los sufridos conductores, pues no en vano él había sido uno de ellos, optó por la carne como ingrediente fundamental de su lista de menús, diseñando unos cuantos platos cuya base era el cerdo tratado en sus diversas maneras, ya fuera en gruesos chuletones, a la parrilla o a la plancha, o bien en magros lomos, o incluso elaborado en sabrosas charcuterías pasadas por la olla de aceite, con las que aderezar platos tradicionales de cuchara, siempre de gran aceptación entre los abnegados transportistas.

          Con el incremento paulatino de aquellos servicios de comedor diarios, cada vez más solicitados, los restos tras las comidas y cenas servidas se iban acrecentando, el joven pensaba en la manera de aprovechar tanto como se tiraba a la basura. Y pronto encontró la fórmula perfecta que redundaría en grandes beneficios para su floreciente negocio. Así fue como surgió la granja de cerdos y de gallinas, situada estratégicamente cerca del restaurante, en sus propios terrenos. Pronto aquellos animales empezaron a ser alimentados con los restos del restaurante, suplementados por piensos, de origen natural, comprados a buen precio a los lugareños de los pueblos cercanos. El resultado no pudo ser más satisfactorio. Sus cerdos y sus gallinas se criaban orondos, comiendo lo que les llegaba del comedor, incluidos los desperdicios de los mismos cerdos producidos en la granja, sacrificados allí mismo y servidos en el restaurante. Así fue como el bucle virtuoso se convirtió en perfecto: crianza, sacrificio, elaboración, menú, restos, alimento para una nueva crianza y repetición, así, hasta el infinito. Lo mismo con las gallinas y sus huevos.

          El resultado fue, durante muchos años, inmejorable, tanto en términos económicos, al suponer la obtención de unos altos beneficios, como en los meramente culinarios, dado que aquellas chuletas y aquellos huevos, incluso las mismas gallinas, una vez cumplido su ciclo ponedor, ricamente cocinadas de diversas maneras, se convirtieron en los platos preferidos de los camioneros que no se cansaban de loar su delicioso sabor, incrementando con su publicidad hacia otros camioneros el prestigio siempre creciente del restaurante, que alcanzaría con el paso de los años un lugar de honor entre los preferidos de aquella ruta siempre más y más transitada.

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