ULISES EN TIEMPO REAL

            (Cuando leer a Joyce es la “odisea”)

                             Manual de uso

                                 (Diecisiete)

                               Tercera Parte

Por: Miguel de Ungría

(Continua 16)

Joyce, por boca del señor Bloom, hace una mención, por supuesto ahora conceptuada como machista, de su tipología predilecta en cuanto a caderas y pechos femeninos. También constata un pésimo gusto predominante en el vestir femenino de la época, equiparable al actual en mi opinión, por supuesto irrelevante. Solo hay que revisar el paso por las alfombras rojas de las divas del cine o de la canción del momento presente, esperpentos visibles salvo honrosas excepciones.

          Prosigue el cuento del marinero bien que interrumpido en buena parte por la necesaria visita al excusado, sito en la calle. Se trata de los urinarios públicos que, no obstante, se salta el susodicho por no verlos, probablemente debido a su ebriedad manifiesta, meando en la calle sin ambages, con gran delectación, mientras liba copiosamente de una de las dos botellas de ron marinero que guarda celosamente en los bolsillos de su chaqueta. Regresa al garito, confortado, prosiguiendo tan ilustrativa narración sobre naufragios imposibles así como sobre la implacable tiranía inglesa sobre la Irlanda feliz, así como el papel de sus hombres, inmersos siempre en una dubitativa ambivalencia en su relación con el “anglopresor”.

          Caemos ahora en una disertación “diletativa” con ribetes de literatura enmarcada en el denominado “flujo de conciencia” (persistente tendencia a lo largo y ancho de toda la novela), donde una vez más se dice todo para no decir nada tanto como se dice nada para decirlo todo. Un lio.

          Sé, positivamente, que los más informados sobre este inconmensurable libro inconmensurable deplorarán, no sin razón, el imperdonable hecho de no haber mencionado hasta este momento a uno de los personajes más enfático de este capítulo: el “Desuellacabras”. Sí, querido lector, confieso mi desidia en dicho aspecto pero, a parte de mi pereza conceptual congénita, está presente también en esta decisión largamente meditada mi deseo de que usted mismo lo descubra por sí mismo. ¡Haga algo con un poco de esfuerzo!

          Y no digo más… ni menos: “…ni más ni menos, ni más ni menos…” Decía la canción.

          Aquí aparece una situación que me permite meter una cuña que deseaba meter metiendo metido sin hallar como, ni cuando, a saber: se plantea la peliaguda cuestión de una pareja en la que hay un tercero y la duda sobre la viabilidad o no del asunto y entonces introduzco, por amor a la leyenda en general y a la irlandesa en particular la ídem, amorosa y dramática, del amor prohibido entre el héroe Diarmuid y la bella princesa Gráinne, de terrible desenlace, donde Gráinne, finalmente, olvida al joven amor muerto cayendo en brazos del antes odioso rival, el poderoso viejo Fionn mac Cumhaill. Cosas de las sagas célticas pergeñadas por inspirados bardos. Cada uno saque sus conclusiones ones ones ones.

          Y en ese justo momento de contenido orgullo el señor Bloom saca una foto de su bolsillo, justo junto al corazón, mostrándosela a Stephen, en ella aparece una dama en plenitud de sus encantos femeninos donde destacan sobremanera sus pechos derechos hechos para enloquecer así como sus nacarados dientes bajo esos ojos dos crisoles de fuego latino. Sí, es ella, la bella muy bien dotada hija del Comandante Brian Tweedy, la prima donna Madam Marion Tweedy… la excelsa Molly.

          Aquí me planto sin espanto, son más de las doce en el relato, en la página ochocientas me recato y… seguiré mañana otro buen rato.

          Llegado mañana… Es la una de la madrugada y parece conveniente, según medita el señor Bloom, retirarse sabiamente del tugurio donde el marinero sigue impartiendo su clase magistral de barcos y naufragios. (Lo mismo que la gran Begoña, también “naveganta” marinera de la cátedra “complutera”. Experta encantadora en contar historias, con garbo sin igual, dueña del ritmo de la palabra inefable, para captar la atención, por supuesto desinteresada, del generoso empresario atento.)

          Dada la relativa proximidad a su domicilio ésta parece la idea más plausible: la de llevarse consigo al perjudicado Stephen, dejando, claro está, a un lado la incógnita de como se tomará su esposa, en caso de enterarse, la presencia del susodicho en el domicilio conyugal a horas tan tempranas.

          Haciéndose cargo Leopold de la cuenta por valor de cuatro peniques inician la retirada habida cuenta de la delicada situación de Dedalus. Ya en la calle, el señor Bloom ofrece generoso su ayuda al desvalido compañero de odisea noctámbula y juntos se adentran en la procelosa noche dublinesa de aquel tiempo rudo y viril.

          Caminan del brazo mientras comentan sus respectivas preferencias musicales haciendo gala de ciertos conocimientos en música clásica cada vez más ajenos a los que poseen las nuevas generaciones obnubiladas por el superior arte del “perreo”.

          Ahora Stephen, genuino cantor barítono entonaba alguna bella canción que el señor Bloom, sensible siempre a la belleza y al arte, ponderaba con arrobo, conminándole a continuar. Atrás quedaba el caballo de cabeza monstruosa encargado de tirar del carro de la limpieza nocturna, con el cual peligrosamente se acababan de cruzar.

          Stephen cantaba con su bella voz y el señor Bloom pensaba que aquel, joven todavía, culto e instruido, bien podría labrarse un futuro en el mundo del bel canto.

                                             17

Caminos paralelos al volver. Cuando dos personas caminan, una junto a la otra, trazan, a menudo, caminos paralelos aunque no sean conscientes de ello. Es una ley inmutable.

          Itinerario clásico hasta la plaza de San Jorge: “siguiendo un diámetro, ya que en cualquier círculo la cuerda es menor que el arco que subtiende…” dice Joyce. Bien, bien, tres bien…

          Deliberan hablan comentan sobre temas diversos y convergen y divergen correlativamente y sin un espíritu de especial controversia, sólo como esencial afirmación personal de disímiles individualidades inevitables, bien que denostadas como subversivas del sistema por todos los partidos políticos, asociaciones, (incluso las de vecinos) religiones y sectas existentes que deploran expresamente, como fuente de todo peligro, la personalidad individual, el individualismo independiente no adscrito, no sometido, no fiel, no seguidor ciego de dogma opinión o conclusión alguna.

          Entonces, el señor Bloom reflexionó sobre las veces que habría discutido sobre estos aquellos y otros muchos temas, en circunstancias parecidas a las de esta noche y le salieron los años siguientes: 1884, 85, 86, 88, 92, 93, y 1904, bien es cierto que en condiciones y con compañeros distintos en diferentes momentos de su sensibilidad humana.

          Mientras esto sucede en su “cabeza cabecita loca”… canción, han llegado a la puerta de su casa y entonces ha de reconocer que olvidó la llave en otro pantalón y que son las tantas: “…llamar o no llamar, he aquí el dilema…” creo que decía Chespir…

          Decidido a no llamar descolgó su cuerpo de setenta y dos kilos, unas ciento cincuenta libras, más o menos, en romana inglesa, por una especie de baranda, o descolgadero, consiguiendo introducirse en la vivienda a través de la terraza de la cocina permitiendo después el acceso de Stephen al interior de la misma una vez la puerta abierta procurando hacer el mínimo ruido posible.

          Ingresan ahora los dos a la cocina y una vez instalados, el señor Bloom procede a abrir el grifo para llenar un recipiente o cacillo con la feliz idea de calentar el agua al fuego previamente prendido con destreza singular. Mientras esto sucede rememora el largo camino que ese agua, que felizmente sale por el grifo, habrá recorrido desde su fuente primigenia aún más allá del lejano pantano. Como habrá debido sortear saltos, tuberías, filtros y depósitos hasta llegar a él. No conforme con ello oye nos obsequia con una soberbia página completa donde describe con suma maestría doctoral la forma del H2O en todas, o casi todas sus posibles formas y dimensiones. (Olvidando, bien es cierto, cosa extraña en él, tratándose de un entusiasma de los fluidos, el papel crucial de éste líquido prodigioso, primigenio, crucial en la micción sin la cual, literalmente, reventaríamos.)

          El agua hierve en el cacillo siendo traspasada con presteza a dos tazas las cuales, tras serles añadidas respectivamente dos cucharadas de cacao soluble y su tanto de azúcar y nata agria son depositadas en la mesa quedando a disposición discrecional de los dos allí silenciosamente reunidos.  

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