ULISES EN TIEMPO REAL

            (Cuando leer a Joyce es la “odisea”)

                             Manual de uso

                                (Dieciocho)

                              Tercera Parte

Por: Miguel de Ungría

16 (Continua)

Aquí quiero centrar la atención del “leente”… pues si el que oye es oyente y el que escucha escuchante, así como aquel que ve puede ser denominado como vidente, pues el que lee habrá de ser a la fuerza “leente”… y ríase la gente…

          Quiero decir quiero centrar la atención del inteligente usuario de este manual concebido para mentes preclaras en la sucesión de preguntas que conforman esta parte del texto. Preguntas realizadas por el señor James las cuales van de la diletancia absoluta a la remembranza conclusiva pasando por la absurda divagatoria matematicofraccional sobre la divergente edad relativa de ambos tomadores de cacao nocturno.

          En aquel momento de serena reflexión trasnochada o “madrugativa”, según distintas percepciones sobre un mismo fenómeno, por otra parte tan de moda hoy en día, en el que, definitivamente se ha instaurado como vigente el dilema clásico gallego sobre si la escalera sube o baja, no digamos el usuario.

          Pues bien, tal acúmulo de preguntas lleva a la verborrea, que, en otro contexto hubiesen carecido de relevancia, mas, en ese preciso momento subliminar cobraban fuerza filosófica como, por ejemplo, cuando debemos deducir qué pensaría Bloom sobre Stephen y Stephen sobre Bloom o qué pensaría Bloom que pensaría Stephen sobre Bloom y viceversa.

          Ofrezco a continuación la conclusión según míster James: “Él pensará que él pensaba que él era judío mientras que él sabía que no lo era”. Queda meridianamente claro.

          Por la lectura comedida de los párrafos siguientes deduzco que en aquel albor del siglo XX ya existían los “todo a Cien” y también se practicaba el plagio industrial de marcas en productos de gran difusión. Eran tiempos muy modernos.

          La conversación continua hasta la pregunta que se hace en el texto, la cual no me resisto a reseñar sabiendo que será considerada naturalmente machista, lo cual me importa un bledo, o dos si son pequeños:

          ¿Qué hacer con nuestras mujeres?

          En aquel tiempo muchas cosas, que minuciosamente se enumeran con gran pulcritud por Joyce, ahora, en esta actualidad sicalíptica que nos rodea, a los que se dejan rodear, ver programas televisivos de morbo asqueroso y repulsivo, incentivado por la presencia de “LGTetcéteres” varios. Revisar compulsivamente el móvil buscando gilipolleces o, en el mejor de los casos, aplicarse el “Satisfyer”.

          Y así sigue la cosa, así sigue así sigue así sigue la dinámica de pregunta respuesta hasta que, haciendo un bello alto canto se nos ofrece letra y música partiturada con la trágica y aleccionadora historia de la bella hija del judío cortadora de la joven cabeza del niño atrevido, tema recurrente en toda literatura tradicional antijudía que se precie.

          Sigo el capítulo dieciséis, ya por la página ochocientas cuarenta y ocho y continua la retahíla de preguntas y respuestas llegando a la propuesta, por parte de Bloom, para que Stephen pernocte, lo que aún queda de noche, en su humilde morada con, al parecer, la negativa consiguiente del profesor, tras ello Bloom procede a ponerse al día, en el aspecto financiero, devolviendo la deuda contraída con su amigo e invitado que ascendía en aquel preciso momento a la cantidad, respetable dada la fecha, de una libra y siete chelines. Posteriormente emprenden la consumación de la despedida acompañándose ambos hacia la salida traspasando para ello el sagrado umbral del hogar llegando sin solución de continuidad al oscuro jardín, mas reparando entonces en la presencia de un infinito cielo estrellado, el señor Bloom, experto veedor de cielos estrellados da un prolijo informe a su compañero sobre el estado general del algunos de los astros más renombrados así como de diversas galaxias importantes; en dicho informe cabe mencionar, especialmente, el caso paradigmático de Orión y su cinturón.

          En el curso de esta trepidante divagatoria descubrirá usted, ávido lector de fantasía, con fascinada impresión, que el señor Bloom, en el año de gracia de 1886, después de Cristo, por tanto de nuestra era cristiana y católica, le pese a quien le pese, estaba estudiando la cuadratura del círculo, lo mismo que Newton, siglos antes, algo, por cierto, muy propio de mentes preclaras como la del héroe circunciso de nuestro relato, pues por tal lo tengo a estas alturas de su lectura. Por supuesto, en propio sentido metafórico expresado.

          Entonces, próximos ya a la inevitable separación despedida y cierre de la puerta tras de sí, con uno hacia adentro y el otro hacia afuera, mearon copiosamente, yuxtapuestos sus cuerpos de los que pendían los subsiguientes penes pendientes independientes dependientes, cuya micción describió un arco ascendente, con su imaginaria cuerda propia, continuo correlativo, también muy estudiado por Newton, hasta la consumación prácticamente total del vaciado de la vejiga urinaria con plena delectación, ayudándose de varios golpes proporcionados por el músculo detrusor, principal implicado en tan ejemplar acto, bien es cierto que el esfínter uretral también contribuye, aunque sinceramente en otro plano, a tan portentosa hazaña como es el acto de mear libremente.

          Terminada la expulsión completa del líquido largamente retenido, resumen final de los antes, con gran placer, ingeridos durante la velada, todavía se demoraron, su manos en sus penes respectivos, sus ojos en el cielo. Ventaja cierta la de los hombres sobre las mujeres en cuanto a la posición miccional normal que facilita la elevación de la cabeza al infinito.

          Evitaron tácitamente darse la mano prefiriendo el abrazo conmovido, tanto como propiciatorio, que les permitió, sin menoscabo de la dignidad del amigo, secar sus dedos, si es que alguna gota o partícula extraviada había recalado en ellos inadvertidamente.

          Este acto me retrotrae al efecto que produce un arma disparada en la mano que la porta por la expansión de la pólvora, cuyos minúsculas partículas se depositan indefectiblemente en ella. Salvo que se lleve guantes.    

Deja un comentario