(Cuando leer a Joyce es la “odisea”)
Manual de uso
(Diecinueve)
Tercera Parte
Por: Miguel de Ungría
16 (Continua)
Tras la cálida despedida de Stephen, el señor Bloom hubo de enfrentarse solo con la soledad de la noche que avanzaba hacia el amanecer. Recordó Joyce a los vivos, a los compañeros de Bloom, durante aquel día memorable, corroborando que todos ellos se hallaban con presumible certeza en la cama menos Paddy Dignam, el cual a aquellas horas disfrutaba ya de la totalidad exclusiva de un confortable ataúd con parcela incluida.
Así mismo: el toque de campana lejana, el apretón de manos ya secas, las pisadas, cada paso más amortiguadas por la distancia, del amigo, alejándose en la oscuridad en un largo plano secuencia literario, claro está, recordaron a Bloom otros tiempos y otros compañeros ahora difuntos, los cuales enumeró mentalmente con nostalgia un poco puede que quizá sensiblera. Todo ello le impelía a permanecer despierto hasta la nueva y siempre repetida aparición del astro solar ¿Se quedó para verlo surgir que es en realidad resurgir? No. Con indolente desdén se dirigió al interior y al ingresar en la habitación del piso alto, zona delantera, corneó un objeto duro, inanimado, agudo, sintiendo el subsiguiente dolor punzante y sorpresivo en el lóbulo temporal derecho -Joyce dixit- yo diría que en realidad su cráneo chocó ostensiblemente con el objeto inanimado en la zona parietal de su miembro animado, pues es este hueso el que protege al lóbulo oculto en su interior, pero bueno, bien, vale, de acuerdo.
Una ver rehecho del inopinado impacto penetra en la habitación, tras iluminar la misma, observando como los muebles han sido movidos de sus posiciones habituales lo cual parece que no le desagrada. Tras la prolija enumeración de los mismos se pasa a otra subsiguiente enumeración de los libros que contiene el mueble contenedor de libros, o librería, luego hace cuentas mentales sin usar los dedos, de gastos e ingresos recientes cuya diferencia final es cero, número, por cierto, que aunque la gente crea que lleva existiendo desde el principio del uso de los números es, en realidad, un avance relativamente reciente, pues apareció en Babilonia trescientos años antes de Jesucristo.
(Se me viene ahora a la memoria un asunto que nada tiene que ver con Ulises, ni con Joyce, pero sí con los números: el otro día me hallaba en el campo al atardecer, acechando la posible salida de un corzo macho al que pretendía cazar. Escuchaba, mientras tanto, con atenta delectación, el canto de las aves, que suelen estar muy activas y dinámicas a esa hora del sutil decaimiento de la tarde. Una codorniz macho cantaba desde algún punto oculto a mi mirada pero no a mi oído. Reclamaba con insistencia la presencia de alguna hembra, seguramente su futura pareja, o tal vez su predominancia sobre aquel territorio. Durante todo el tiempo, no menos de media hora, que estuvo entonando su monocorde sonsonete, tan repetitivo como sedante, comprobé que el ave siempre dio cuatro cantos, descansó y dio otros cuatro, siempre con la misma secuencia sonora, rítmica y numérica, por lo que pude deducir que aquella admirable codorniz macho conocía, al menos, el número cuatro.)
Luego Bloom ya desparrama y pasa a desuncirse de camiseta camisa cuello con corbata chaleco zapatos y calcetines con liga, desnudándose parcialmente, pasando a continuación a mutilarse levemente un dedo del pie, rompiéndose un trozo de la uña correspondiente con la mano y oliscándola después, la uña obtenida y su huella olorosa, eso le lleva a un estado previo al nirvana metafísico rural y al recuerdo. Y en el recuerdo aparece el deseo, en forma de posesión no consumada hasta la fecha, de un modesto bungalow o pabellón de dos plantas con techumbre de bálago, dotado de todas las lindezas imaginables en este tipo de inmuebles rurales, que convertirían a su propietario, es decir a él mismo, en un baronet rural al uso anglosajón. Lo cual hay que leer porque está perfectamente descrito por don James.
Para acceder al condominio de tan excelente propiedad, primero en régimen hipotecario y luego, tras veinte años de rigurosos pagos, en posesión plena, tan solo le hacía falta un golpe de suerte, ahora sería un boleto de la ONCE o de la bonoloto. Personalmente prefiero el primero por la enorme labor social, ejemplar y única en el mundo, de tan benemérita organización española.
¿Por qué el señor Bloom pensaba en su particular “cuento de la lechera” justo ahora cuando se disponía probablemente a acostarse? Por la sencilla razón de que pensar en cosas hermosas, tan maravillosas como puede que imposibles, le alegraba la vida sin costarle un penique, fuera aparte de saberse, de buena fuente, que, este sencillo acto mental, es altamente benéfico para conciliar el sueño.
Se ha de reconocer que soñar cosas estupendas es mucho más satisfactorio y económico que gastar el tiempo viendo Chetflix o Phetflix o Bhetflix, o cualquier otro estupefaciente similar de pretendido entretenimiento, con excepciones, donde te lo dan todo ya soñado y solo tienes que defecar después.
Hago aquí un inciso para que conste que conste que conste y no se me pueda tildar tildándome de olvidadizo al no mencionar siquiera una vez siquiera al difunto padre suicida por veneno de acónito del señor Bloom. Pues bien, Rudolph Bloom, antes Virag, fue, efectivamente, su padre reconocido, claro está que a falta de la confirmación absoluta de paternidad que solo la prueba irrefutable de ADN puede otorgar. Reseñar que era natural de Hungría, la Hungría húngara y centroeuropea.
Ahí lo dejo vencejo, pendejo, chorizo de marmolejo, el que es famoso porque sus dos primeras rodajas no tienen pellejo, conejo, conejo… siempre conejo.