(Cuando leer a Joyce es la “odisea”)
Manual de uso
(Veinte)
Tercera Parte
Por: Miguel de Ungría
18
En este episodio, capítulo último, Joyce emplea nuevamente la técnica del flujo, o corriente, de conciencia. Lo hace a base de un párrafo fluido, continuo, seguido, sin puntuación alguna, en un “plano secuencia” mental que va y viene sin solución de continuidad, por lo que al leer cada uno respira donde puede.
“Scriptio continua” es el nombre que se le podría aplicar a esta modalidad expresiva, si no fuera porque sí que hay separación entre palabras, aunque sin puntuación, de modo tal que se desarrolla de una manera “torrencial” y ciertamente un tanto “extravagante” si se me permiten dichas expresiones, dando rienda suelta a un diálogo unipersonal fruto de un pensamiento no emitido verbalmente, es decir, aquel que siendo carente de sonido contiene razonamiento o cavilación, el cual es propio del que habla consigo mismo, mentalmente, bien sea rememorando sobre como ha actuado él mismo u otros, en el pasado, o especulando en como actuará en un futuro, según los casos. Pues, siendo factible pensar en una acción futura tanto como en una pasada, no lo es pensar una acción presente como tal, literalmente hablando, es decir: pensar lo que sucede mientras sucede, porque técnicamente siempre estará siendo o pasado, o futuro, en flujo constante, el mismo objeto del pensamiento.
Dejando esto a un lado (fuera aparte que se dice coloquialmente) solo quisiera constatar que le aplica esta técnica narrativa a Molly -heroína multiforme de la historia, por la que transita siempre, reina de la misma, en presencia o en ausencia, como figura fundamental del libro- sola con su pensamiento divagatorio, y esto quiere, posiblemente, decir algo, puede que mucho, sobre la opinión que le merecían a Joyce las mujeres o, al menos, algunas, puede que la suya propia, trocada en la propia Molly, cosa que apunto pero en la que no entraré por puro desconocimiento para profundizar en lo que es una mera intuición.
Siguiendo mi propio flujo de conciencia se me viene a la mente lo que está sucediendo con la relación mujer hembra hombre macho en el mundo occidental en esta época concreta. Supongo que no deja de ser un movimiento pendular natural más, en la deriva irracional que le es propia al ser humano, pese a sus ínfulas de ser superior y racional y tal y tal… pero lo cierto es que hemos pasado de un desequilibrio flagrante a otro innegable en la relación, siempre compleja, entre mujeres y hombres, con la consecuencia de que ni los hombres ni las mujeres parecen estar conformes, ni satisfechos, con sus propias circunstancias de vida de relación en estos momentos.
Y se dirá: bla bla bla… que si la igualdad que si los estereotipos que si el machismo que si la misoginia y más bla bla bla… pero la realidad pasa porque, en estos momentos tiempos modernos progresistas políticamente correctos “woke” de máxima expansión de la idiocia humana, tenemos que defendernos, los hombres machos, del ataque frontal al que estamos siendo sometidos por las fuerzas de la progresía ía ía mediante leyes injustas ustas ustas e inconstitucionales ales ales de la mierda erda erda a la que llaman “discriminación positiva”, ese engendro corrupto creado por el rojerío para convertir la justicia en vicio.
Bien sabido es que una injusticia no justifica otra ni la resuelve.
Hago aquí un inciso para dar dejar constancia de otra muestra palmaria de la proliferación de leyes basura, en manos del socialcomunismo, con el asunto de la amnistía declarada legal por un tribunal cómplice, adulterado y prevaricador.
Y me da lo mismo me es indiferente me importa un bledo me la refanfinfla me da igual igual igual la opinión nión nión de los demás, pues en este momento de mi vida he alcanzado el desapego, lo que me conduce a la virtuosa arrogancia del desprecio muy próximo al nirvana terminal.
De felicidad ni de sus derivadas: tranquilidad, relajación, calma, satisfacción, ventura, bienestar, alegría, contento, goce, beatitud… no hablaremos en esta sociedad, putrefacta enfermoparanóica de patéticos especímenes, vacíos como cáscaras huecas, como no sea la ficción que se sustenta en el ir de un sitio a otro, con el telefonillo en la mano, persiguiendo la ostentación. Acto éste, muy representativo del tipo de sociedad inepta en el que nos hallamos inmersos, en un sin sentido, al que muchos lo llaman viajar pero que, en realidad, es un mero ir y volver, “borreguear” masivamente buscado pastizales ajenos; turistear sin aprender nada… sin mejorar en nada, eso sí, con el aparato saturado de fotos absurdas como millones de millones de millones de fotos absurdas que no dicen nada ni sirven para nada y ya ni siquiera para presumir por simple física saturación “de la nube”.
Hecha esta digresión que no viene a cuento, pero que me apetecía hacer simplemente porque me da la gana, volviendo al texto, Molly está dando un repaso a su vida y a su relación, sobre todo “sentimesexual” con Leopold y se sabe sabedora de los cuernos que atesora a cuenta de criadas, putas y tal vez puede quizás que de alguna amante idealizada, eventual o advenediza.
Ella rememora ahora, en estas altas horas confusas, en la proximidad del amanecer, los que ha colocado, sin duelo alguno y sin ninguna mortificación subsiguiente, sobre la sólida testa de su marido, el señor Leopold Bloom. Consigo misma observa y constata como sus propios encuentros lujuriosos, no menores a los de su esposo, han sido son mucho mejores que los del propio Bloom. Como en el caso del actual amorío que mantiene con Hugh “Blazes” Boylan, haciéndole partícipe de su propio lecho conyugal, por lo que, en realidad, son tal para cual lo que, de algún modo, restaura el equilibrio emocional del cosmos sexual familiar poniendo las cosas en su sitio.
Y aquí está ella, hablando consigo misma por los codos a la velocidad a la que solo una mujer, o quizás un hombre muy entrenado, pueda hacerlo.
El resumen de este capítulo podría ser: Molly en conversación remembranza consigo misma, mientras dormita, medita junto a Bloom, acostado con ella en la cama solo que al revés, es decir: el uno con los pies junto a la cabeza de la otra.
Y meditando recuerda los momentos en los que estuvo cachonda más cachonda que una perra en celo. Molly ansiando ser follada por un negro de los de “lanza en astillero”… Molly deseando ropa buena, de calidad… Molly en una corrida… de toros… los caballos destripados… en La Línea de la Concepción… Andalucía… España… todavía… Molly la muchacha gibraltareña y la canción, siempre hay alguna canción: “gibraltareña chuviruvirubi… gibraltareña chuviruviruba… gibraltareña …” decía la canción. Decía.
Al final se aclara lo que se suponía en capítulos anteriores, a saber: Leopold es conocedor del lío ío ío que mantiene Molly con Boylan y para no estorbar entorpecer molestar en dicha susodicha relación creo que se entretiene por las noches fuera de casa facilitando la reunión copulativa de los amantes supongo que por interés crematístico puede que por pura perversión sexual latente o quizá por simple decaimiento hastío sentimental.
El capítulo se desliza así vertiginoso como un torrente de montaña que corre despeñándose monte abajo desde la alta cumbre pues ese es su destino llegar al fin a la base que es el mar que es el morir que es acabar de morir y así corre la mente desbocada de Molly turbión nube y ciclón que no intenta una disculpa para su deseo para su cuerpo para su destino de mujer de su tiempo para su anhelo que puede que sea con matices el de todos a lo largo de todos los tiempos aprendido desde el principio del ser e inapelable que choca con ese feminismo aciago que ahora convierte en homosexualidad resentida la feminidad que vive en el rencor más insolente.
Pero Molly dijo sí, sí quiero.
Y así se me acabó el libro, a nueve de Junio de 2025, pasada con creces la media noche. Fue a siete días del día del Bloomsday. Como siete son los días de la Creación. Ciento veinticuatro años después. En un lugar de la España profunda.