EL ÁRBOL

Por: Luis de Valdeavellano

Esta es la breve historia, pues todas las humanas lo son, de un hombre que plantó un árbol y lo que le sucedió.

          Y fue así: el hombre, cuando era joven, junto con su mujer, compró una casa, a cuatro vientos, donde establecerse y formar allí su propia familia. En el jarcincito de la entrada a la vivienda colocó un árbol como elemento ornamental central. Era el primer árbol que plantaba en su vida, el cual había sido traído de un vivero. Lo habían elegido los recién casados, de mutuo acuerdo, por su particular colorido. Se trataba de un libocedro, o cedro de incienso de California. El árbol de su vida.

          Este árbol, de porte magnífico en su madurez, es de crecimiento lento, llegando a ser muy longevo, alcanzando grandes alturas que, a menudo, superan los cuarenta metros de altura, soportadas por un grueso tronco de hasta cuatro metros de diámetro. Aguanta bien la sequía y su madera es muy buena para ser trabajada por ebanistas y escultores; con ella se elaboran los mejores lápices de colores, deleite de los más pequeños, mientras que su corteza se puede quemar por su agradable olor a incienso, siendo muy apreciado por los humanos más espirituales.

          Muchas de estas cualidades del árbol el hombre no las conocía cuando lo compraron, pues era entonces tan solo una joven planta de apenas un metro de altura metida dentro de una maceta. La elección fue aleatoria, les gustó sobre todo el nombre. El hecho de que las hojas fueran bicolores, con un hermoso tono verde mezclado con un suave crema claro, lo que le confería un aspecto singular, les decidió.

          Pues bien, los años fueron pasando y con ellos la existencia del hombre, que pasó de ser joven a ser viejo en un tránsito vertiginoso por la vida, puede que demasiado rápido para lo que él hubiese deseado. Pero claro es que la realidad rara vez coincide con el deseo.

          Un día entre los días, mirando al árbol, que por entonces ya alcanzaba la parte superior de la segunda planta de la vivienda, se dio cuenta de la coincidencia entre el crecimiento del árbol y el desarrollo de su vida y como, a medida que el árbol se acercaba a igualarse con el tejado de la parte más alta de la casa, el hombre se acercaba al final de su existencia. Entonces tuvo la certeza de que, aquel árbol, sin haberlo advertido antes, se había convertido en un claro indicador de la duración de su propia vida, de igual forma que lo es el marcador de la gasolina en los automóviles, que muestra el combustible que queda en el depósito.

          El hombre, que no está seguro de casi nada, sobre todo ahora que ya es viejo, salvo de que la muerte le espera, cada vez más cercana, lo que le da cierta tranquilidad fruto de tan inapelable certeza, comprendió que hay una gran probabilidad de que su vida finalice justo cuando el árbol llegue a superar el tejado de la casa y alcance, por fin, a poder mirar al otro lado.

Vale.

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