(Evocaciones de mi tierra)
Primera Parte
Por: Miguel de Ungría
Aquel bosque llevaba existiendo desde hacía miles y miles de años pero, desde mucho tiempo atrás, permanecía oculto, esperando, resistiendo.
En su más olvidada juventud había sido gigantesco, ocupando un vastísimo territorio poblado por extrañas plantas desconocidas y organismos tales como los hongos arbóreos o los primigenios helechos, culantrillos, criptógamas y esporofitas, junto con otras diversas especies vegetales que los estudiosos botánicos han intentado describir y que solo aparecen en los más remotos registros fósiles; luego fueron ocupando su lugar equisetos y licófitas gigantes entre los cuales pacían grandes herbívoros reptilianos y los dinos multiformes, poniendo sus huevos en nidos inconmensurables, compartiendo el bosque con gigantes depredadores de implacables colmillos.
Pero como el bosque, con su inteligencia misteriosa y compleja, siempre se adapta sutilmente a las circunstancias, poco a poco había ido cambiando, conforme el clima y las condiciones ambientales le impelían a hacerlo. Con él, pues forman un todo acordado, también fueron evolucionando las distintas criaturas que lo poblaban, de modo tal que los grandes saurios se fueron reconvirtiendo en aves que perviven en sus descendientes, tal como podemos ver en la mayoría de las voladoras que aún hoy pueblan nuestros cielos, aunque, para ello, tuvieran que renunciar en gran medida a su tamaño, reduciéndolo, adaptándolo, mientras que en el suelo, que habían ido abandonando, eran sustituidos por pequeños mamíferos cautelosos que, primero medrosos y escondidos en sus cubiles, a la inversa, cada vez se hacían más y más grandes, mientras se diversificaban, especializándose, a la par que se mostraban más y más atrevidos procurando ocupar, cada uno a su manera, los espacios dejados por los grandes saurios que iban desapareciendo.
El bosque se transformaba lentamente, pero sin cesar, y sus árboles, plantas y animales también se preocupaban por adaptarse, cada uno ocupando su entorno más favorable.
Pero, entre todos aquellos animales mamíferos, un día cualquiera, de un año sin número, apareció un vivíparo que era diferente a todos los demás y que habría de cambiar el bosque hiriéndole en lo más profundo de su corazón esencial y salvaje.
Este individuo, al principio débil y asustadizo, fue floreciendo poco a poco, utilizando todo aquello que los demás no querían, dando nuevos usos a los diversos organismos que poblaban el bosque, demostrando con sus actos que no se conformaría con ser uno más, aunque estuviera postergado entre todos los otros seres que lo habitaban.
El bípedo, llamado a sí mismo humano, era tan ambicioso que quería ser el dueño absoluto de cuanto le rodeaba y así se lo hizo saber al bosque y a sus habitantes con sus acciones de creciente dominio expeditivo. Progresivamente fue acorralándolos, capturándolos, cazándolos, incrementando su fiereza según aumentaba su poder, haciendo que muchos perecieran incapaces de oponerle resistencia; otros tuvieron que huir a remotos parajes, tan lejanos e inaccesibles como les fuera posible.
Luego, aquel animal convertido en gran depredador, cuando ya eran muchos los miembros de su especie, fue decidiendo que plantas deberían sobrevivir, que árboles abrían de servir a sus crecientes necesidades e intereses. Mientras iba comprobando aquellas plantas que mejor le podrían servir dócilmente de alimento, o para construir sus refugios, o para cualquier otro uso que su mente compleja pudiera bosquejar, iba dando de lado a cuantas no le interesaban, o incluso a aquellas a las que tenía manía porque sencillamente lo importunaban, llegando a destruirlas imbuido de un orgullo ciego.
Pensó que había demasiados árboles y plantas que le estorbaban y los taló, o los quemó, haciendo uso del fuego sagrado que le había sido enviado por los dioses. También arrasó el bosque roturando sus tierras para poner allí las plantas que le habían de alimentar. Las que arrancó fueron aprovechadas en beneficio propio, o directamente las fue eliminando poco a poco, o simplemente las apartó, despreciándolas. (Continuará)