ANTÍSTENES Y DIÓGENES EL CÍNICO
Nota: Este artículo fue publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara» en 2012, se publica aquí con ligeras variaciones.
Por: Luis de Valdeavellano
(Continua)
Como continuación del artículo anterior me gustaría ahora hacer un repaso a las dos principales figuras que dieron origen y forma al movimiento cínico, continuado después por los estoicos. Se trata de unos personajes singulares que calaron hondamente en el imaginario popular (dando origen a todo tipo de leyendas y exageraciones) por su forma de vida estrambótica y por sus actos, fuera de todo comportamiento admitido como correcto.
Cuando, en la actualidad, a movimientos socialmente críticos como el hipismo, el punki, y otros llamados alternativos, se les pone la vitola de provocadores e innovadores y se les cree nuevos y revolucionarios se olvida, o se desconoce, que la necesidad de significarse, de expresar rebeldía contra una sociedad “castrante” y “frustradora” existe desde la aparición de las primeras sociedades humanas. Los movimientos en este sentido se han venido reproduciendo una y otra vez de distintas maneras y en las más diversas civilizaciones: monjes mendicantes y vagabundos en Europa y en Asia, románticos y nihilistas, personajes como san Francisco de Asís, León Tolstói, o Gandhi, todos tenían algo en común y era su deseo de emancipación de una sociedad que coartaba sus libertades individuales esenciales, y su forma de protestar, más o menos extrema, ha coincidido, al menos en un aspecto sustancial: todos han intentado vivir al margen de la sociedad a la que pertenecían, y de forma más o menos radical han pretendido criticarla, parodiarla o burlarse de ella. Han actuado de revulsivo social y su papel ha sido, en mi opinión, importante como detonantes de movimientos contestatarios claves en el impulso y avance social.
De los más antiguos ciudadanos de los que tenemos noticia, por su oposición radical al sistema político-social del momento, fueron los cínicos los más destacados y singulares, así que, sin más premisas, hablemos de ellos. Advierto que, siendo mis conocimientos sobre el mundo griego los de un mero aficionado y como, además, ilustres profesores y sabios han tratado estos temas con extensión y profundidad, me limitaré a dar unas toscas pinceladas sobre lo poco que se sabe de sus vidas, apenas unos apuntes y unas anécdotas que, espero, sirvan para despertar la curiosidad sobre personajes tan asombrosamente modernos.
De Antístenes cabe decir que nació en Atenas en fechas no aclaradas que van del año 450 al 422, aunque sea más verosímil la primera pues parece que participó en la batalla de Tanagra, cuando contaba unos veinte años de edad. Su muerte pudo ser alrededor del 365 antes de Cristo. Su padre fue ciudadano ateniense pero su madre puede que fuese una esclava tracia, por lo que no pudo conseguir la ciudadanía ateniense contándose entre los llamados “metecos” (extranjeros), por tanto excluidos de la política ateniense de la época. No debió sufrir especialmente por ello ni gozó una situación económica desfavorable, por lo que pudo ser discípulo del sofista Gorgias y tanto su maestro como él mismo cobraban por enseñar; luego lo fue de Sócrates, que le marcó profundamente y puede que cambiara el sentido de su actos futuros. Del maestro tomó como pautas de vida: el uso de la razón, la independencia de espíritu, la austeridad y el deseo de soledad, y al contrario de Platón, fue tan vehemente y llevó ésas enseñanzas tan al extremo que debió causar impresión en el propio Sócrates que no dejó de recriminarle tanto énfasis y exageración: “Veo, Antístenes, –le dijo en una ocasión– tu orgullo a través de los agujeros de tu manto”, pues parece que fue proverbial, a partir de cierto momento, su abandono en el vestir y en el comportamiento, de los que hacía gala. Su traje era apenas un manto raído, con los pies desnudos, desaseado, barbudo y con el pelo largo, con un bastón y un zurrón donde portaba todas sus pertenencias (estos elementos se constituyeron en el traje oficial del grupo). Su preocupación no era la obtención de sabiduría ni conocimiento, propios de otros filósofos, sino únicamente la búsqueda de la virtud; lo fundamental eran la autarquía y la autosuficiencia, y en ellas resumía toda su teoría filosófica, ascética y simple, semejante a la naturaleza, a la que pretendía retornar como tabla de salvación del ser humano, por lo que la ciencia y el conocimiento, teórico o práctico, solo servían si ayudaban a lograr esa sabiduría que se encarna en la virtud. Algunas de sus frases están recogidas por el gran divulgador de muchos de estos personajes que fue Diógenes Laercio, en él se pueden leer frases como: “Adora el pueblo muchos dioses, pero solo existe uno en la naturaleza”. “Primero maniático que voluptuoso”. “Si te casas con una mujer hermosa, será común a otros, si es fea, te será fastidiosa”. “Lo mismo es ser virtuoso que noble”. “La virtud es bastante para la felicidad”. “El sabio se basta a sí mismo” o “Todas las cosas propias son también ajenas”.
Poseía una amplia cultura y escribió mucho aunque apenas nada se ha conservado. Fundó su escuela en un gimnasio a las afueras, al parecer un lugar donde se reunían los metecos y demás extranjeros de Atenas; era una especie de santuario llamado Cinosargo, “perro ágil” y es uno de los posibles orígenes para el mote de “cínicos” que tomaron como apelativo propio y descriptivo de su forma de concebir la vida.
Antístenes participó en uno de los momentos míticos de la historia de la humanidad cual fue la muerte de Sócrates; parece ser que estuvo entre aquellos que le acompañaron en aquélla celda, mientras discutían sobre la inmortalidad del alma, aguardando el momento crucial cuando el maestro tomó la cicuta, y puede que este acto de suprema resignación causara tan honda impresión en Antístenes que desencadenara todos sus cambios posteriores. Predicó el entrenamiento del cuerpo y del espíritu para afrontar una vida tan austera y dura como la que propugnaba y que, luego, su discípulo más famoso: Diógenes, llevaría a su máxima expresión. Vale.
Nota: Para la redacción de este artículo he contado con diversos informes de Internet, algún libro propio y, concretamente, los que poseo pertenecientes al profesor don Carlos García Gual, mi admirado maestro del mundo clásico.