EL SILENCIO CIERTO

Por: L.M.C.

Cuando, en el silencio cierto

de mi cuarto, yo me siento

a leer, con gran cuidado,

a los preclaros maestros,

a los sumos vates nuestros:

a los Machado y a Lorca,

a Góngora, y a Quevedo,

y al buen León el primero,

me doy cuenta de que el mundo

no tendrá jamás remedio.

Pensando en esas desdichas

con ellos yo me consuelo

mientras que la vida pasa

a mi lado, como un vuelo.

Y pensando, mientras pienso,

como toda cruel miseria

tiene acomodo y asiento

al lado del lujo obsceno,

más demoledor e incierto…

El tiempo sigue su curso,

siempre con el paso cierto.

El tiempo es dueño de todo,

de lo malo y de lo bueno,

pues es su pálpito eterno

y todo en él se contiene,

en su latir impertérrito.

Yo, en ese mismo momento

pienso, con interior desapego,

que son muy bellas las cosas,

que es el río muy ameno

discurriendo, por su cauce,

tan discreto y tan sereno;

que es muy misterioso el viento

cuando, entre hojas y ramas,

juega ruidoso y contento;

que el sol es un gran orfebre

cuando a las retamas viste

con luz del oro más viejo;

que es el vuelo de las aves,

danzando por sobre el cielo,

gran maravilla y portento.

En que es todo milagroso

pienso, mientras siento

que los seres y las cosas

son un completo misterio,

y en mi alma que se place

con tan eterno secreto.

Luego, bajando los ojos,

en silente olvido, leo.

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