ESCRITOS SOBRE LANZAROTE

                         (Segunda parte)

(José Luis “El subsahariano”)

Por: Luis de Valdeavellano

Este artículo se publicó en el periódico «La Tribuna de Guadalajara» en 2006. Se reproduce aquí, con alguna pequeña variación, y permite comprobar como el poder ejercido por personas indeseables e inmorales perpetua la injusticia y el delito a lo largo de los tiempos.

Siguiendo con la serie iniciada semanas atrás y ambientada en la mágica y alucinógena isla de Lanzarote voy a tocar hoy un tema harto espinoso pues atañe al  poder y, aún sabiendo que es de imprudentes “tentar a la bicha”, a pesar de todo no me puedo contener, por lo que afrontaré con valor lo que la suerte, tan esquiva con los inocentes, me pueda deparar.

          Durante los días del mes de agosto en los que nuestro ínclito presidente descansó de sus trabajos en pro de la Patria y aún del Mundo, cuentan que la mencionada isla fue un hervidero de rumores y comentarios que, a diario, corrieron entre el pueblo llano, sirviendo de distracción en las monótonas jornadas de piscina y playa, a tal punto que hasta los turistas llegaron a intervenir en ellos, a pesar de su habitual y sabido desinterés por los asuntos que no tengan algo que ver con las playas, la bebida, la comida y el sexo. El orden pónganlo ustedes.

Es digno de reseñar aquí que, incluso en los más cerrados y exclusivos pub de habla inglesa, o gaélica, entre los ciudadanos de origen inglés, escocés o irlandés se llegaron a cruzar apuestas en las cuales el protagonista era nuestro virtuoso presidente. Fueron también habituales los corrillos de gente que, al caer la tarde, tras de la cena, al amor de una cerveza, una copa o un delicioso helado, sentados en las terrazas, repasaban las hazañas de nuestro líder ponderando, con calor, la virtudes de su sabia y prudente dirección.

En estas reuniones, incluso llegaron a surgir, espontáneamente, algunos nuevos líderes de opinión que, tomando como ejemplo al presidente, con mayor o menor fortuna, haciendo gala y ejemplo de su fuerza dialéctica, siguiendo sus brillantes ideas encabezaron, a su vez, incipientes movimientos cívicos que alcanzaron a derivar en conatos de nuevos grupos políticos  acabando por integrarse en ese gran sistema propugnado por él, y que, si nadie lo remedia, está  llamado  a solucionar los acuciantes problemas del mundo actual. Uno de los aspectos más comentados en estas tertulias fue, en aquellos inolvidables días, el posible “efecto llamada” que la presencia del gran adalid podría producir con su sola estancia en la isla.

Conocida internacionalmente la pasión, la bondad e inteligencia del eximio jefe socialista se vio como cierta su influencia en la decisión final de miles de africanos que, coincidiendo con su presencia, al grito de: “Viva Zapat´ero” tomaron los cayucos, indiferentes a los peligros ignotos de la travesía y, dispuestos a dejarlo todo viajaron, arrostrando mil peligros, con tal de llegar a las islas y de rebote, finalmente, a la España peninsular.

          Algunas fuentes indican que, ante la puerta de la mansión real que ocupaba el nuevo líder del pacifismo mundial se agolpaban los recién llegados dispuestos a lo que sea con tal de ser regularizados. Incluso se mostraron dispuestos   a  formar  un  equipo  de  baloncesto  con  el  señor  presidente, dejándose, si es preciso, ganar. Otros, expertos pescadores o buceadores en sus países de origen, se inclinaron más por la pesca, en este caso, submarina.

          Parece ser, aunque este extremo no está del todo confirmado, que el excelente escritor y premio Nobel portugués, también afincado en la isla conejera, envío una carta urgente y secreta al presidente donde le indicó lo desacertado de su actual inclinación pues, (así  reflexionaba Saramago en un español delicioso):  “Es posible que a los muslimes les dé por invadir también mi casa y yo ya no estoy para jugar al baloncesto”. Como mucho se ofreció a aceptar a algunos de ellos en calidad de mucamos y jardineros, pero siempre que el sueldo no excediera el salario mínimo interprofesional, que una cosa es predicar y otra dar trigo.

          He querido dejar pasar un tiempo prudencial, atento a los principales periódicos, por si algún cronista, de más prestigio y enjundia que un humilde servidor, se hacía eco de estos pequeños asuntos intrascendentes, pero al ver pasar los días sin que nadie dijera ni media palabra sobre el tema, puede que por su irrelevancia, o puede que por la obediencia debida de los medios actuales con respecto al poder, me veo, moralmente, en la obligación de comentarlos, dejando claro que todo pudo ser solo fruto de mi aciaga imaginación o, tal vez, por la ingesta inadecuada e insensata de algún que otro combinado mal digerido.

                                        Vale.

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