Por: Luis de Valdeavellano
A los animalistas no les gustan las corridas de toros, no les gusta la caza, no les gustan las granjas, no les gustan las gentes de los pueblos, no les gustan… Sufren mucho porque son muy delicados y sensibles con lo que les pase a la naturaleza, a los animales, a los toros. No lo son tanto con lo que les pasa a las personas.
En realidad a ellos no les importa otra cosa que recibir subvenciones y ocupar cargos muy bien remunerados, mientras mangonean con nuestros impuestos, que, en sus manos sucias, no sirven para nada.
El dinero. Siempre el dinero.
Esos dineros que les son arrebatados a personas mayores que necesitan una ayuda que no llega, a niños que sufren pobreza congénita, a jóvenes que malviven con empleos mal pagados y sin vivienda, o a personas que precisan ver acelerado su tratamiento médico pero no lo consiguen porque el dinerito, el dinerito, el dinerito siempre, el público dinerito “socialistoide” -que no es de nadie- se lo llevan ellos, tan delicados, tan sensibles… para con los animales… a costa de los humanos.
Jamás he visto a un animalista instalando bebederos y comederos en los campos, pagados de su bolsillo, ni limpiando malezas en los bosques, o dehesas, que se sostienen gracias a los agricultores y a los ganaderos, gracias a los cazadores, a los toros de lidia y a la pasión que sienten por ellos sus criadores, haciendo gala del más profundo arraigo hacia una forma de vida tradicional y esa sí “sostenible”, apegada a la tierra. Una forma de vida enraizada en la tierra, en su tierra, donde los toros bravos son uno de los grandes nexos sostenedores de todo ese engranaje medioambiental. Una forma de sostenibilidad ancestral, real y verdadera, en la que los animalistas ni colaboran ni participan porque, entre otras cosas, ellos no admiten que la tierra tenga dueños, pero los tiene y los tendrá. Una forma de vida que ellos no pueden comprender, y menos admitir, por su grotesco dogmatismo irracional y su interés económico nefando, pero que intentan menoscabar y arruinar protestando, presionando, mintiendo, tergiversando, destruyendo patrimonio público, insultando a los que no piensan ni actúan como ellos, lo cual parece tener que ser una obligación.
Y no siendo yo un gran aficionado taurino, pero si un radical defensor de la libertad de serlo, sin ser por ello insultado ni despreciado, es por lo que me da la real gana el hablar hoy, aquí, de un torero especial, único, genial.
José Antonio Morante Camacho, “Morante de la Puebla”, Puebla del Río, Sevilla 2 de octubre de 1979, representa para los animalistas la máxima expresión del mal porque es torero, torero de época, estrella, maestro de los ruedos. Porque es un artista genial, un artista conceptual, performantista del rito, de la vida y de la muerte sobre el albero. Maestro de la liturgia y del ritual que son la esencia de la tauromaquia. Espectáculo y representación única en el mundo. Esencial. Primaria y cardinal genialidad de un pueblo singular como el español.
Morante es la encarnación actual del mito ancestral, de lo excelsa que puede ser una manifestación festiva, trasmutada en artística, donde se mezclan la sangre y la tragedia, que se truecan en belleza estética y ética, en arte, en sensación de riesgo y miedo, de enfrentamiento primitivo como el que el ser humano soportó desde su génesis en su lucha con la naturaleza, elevándose sobre ella, solo que convertida en danza, en belleza plástica, en ceremonia, en rito, en vuelo.
Los animalistas no pueden soportar que un torero demuestre, jugándose la vida, los ancestrales valores estéticos, de comprensión profunda, de amor al animal, de comunión, que la fiesta nacional contiene.
Sí, la fiesta nacional, eso que los zurdos deploran, su desprecio por la patria, siempre manifiesto, por los valores tradicionales de la patria, por lo que está en la esencia del pueblo español, que eso, y no otra cosa, es la patria, amalgama absoluta de pueblos y de naciones que por ella pasaron dejando su propia impronta.
Pero ayer, cuando Morante salió, estoicamente, entre miles de aficionados, la mayoría jóvenes, por la puerta grande de la plaza de Las Ventas de Madrid, jaleado, zarandeado, despojado de buena parte de su traje de luces, demostró, que los enemigos de nuestra patria, de nuestro pueblo y de nuestras tradiciones más puras y ancestrales, tendrán que esperar, mucho, mucho tiempo, para imponer sus posturas dogmáticas y dictatoriales.
Vale