(La cursilería de la otra sentimentalidad)
Por: Luis de Valdeavellano
Los escritores, y los poetas lo son, mientras no se demuestre lo contrario, cuando, en medio de su insignificancia, quieren diferenciarse, distinguirse, demostrar su singularidad, se agrupan en grupitos afines y se ocupan entonces, con gran empeño, de poner nombre a lo que hacen, y, si puede ser, eligen un nombre lo más florido y sonoro, que esté cercano a lo rimbombante pero procurando no traspasar tan liviana barrera, lo cual no es siempre fácil.
En este caso quiero hablar de la llamada “poesía de la experiencia”, o por cercanía y afinidad la también llamada “la otra sentimentalidad”. El segundo caso ya roza el patetismo melifluo en su mismo nombre. Y no es que yo desdeñe, a priori, cualquier intento de definir algo, si es que ese algo es definible, y susceptible de mejora mediante su definición, pero adjudicar un titulito así a un, no sé cómo decir ¿estilo, variante, forma, modo o manera de componer poemas? me resulta, digamos que extravagante.
Este concepto, acepción o designación poética fue propuesto en Granada en los años ochenta por varios poetas entre los que se hallaba el inefable Luis García Montero, objeto pasivo de este artículo y se caracteriza, según ellos, por un cierto seguidismo teórico del personaje heterónimo llamado Juan de Mairena, creación de Antonio Machado, y posteriormente de las teorías de otros poetas como Gil de Biedma y el gran pacifista Alberti. En palabras de Luis Antonio de Villena vendría a ser, más o menos, como: “…un texto lírico escrito racionalmente, realista y figurativo, en lenguaje natural -no sofisticado- y en tono de conversación.” Ahí lo dejo…
Desde hace siglos la moda ha tenido mucho que ver con toda expresión artística y, por ello mismo, también con la poesía. Siempre se han tratado de imponer tipos de versificación, estilos de poesía, formatos concretos, corrientes y modos etc., de ello se han encargado los propios poetas y sus amigos o enemigos, según el día, los críticos literarios. Nada tengo ni a favor ni en contra, salvo la constatación de esta “verdad histórica”, ahora que todo lo es.
Al final los poetas esenciales logran resumir en su propio estilo lo trascendente, consiguiendo ser imprescindibles para cada uno de sus devotos lectores y salvo ellos, unos pocos, escogidísimos por la criba implacable que supone el tiempo, los demás pasan a engrosar el inacabable cuan poético libro del olvido.
Hoy he querido mencionar, aun brevemente, el tipo de poesía a la que parece adscribirse, por sí mismo, el profesor universitario y singular filólogo -autor de algunos de los ensayos, considerados cumbres de la filología de la nada- además de poeta, por lo bajini, Luis García Montero, actual director del Instituto Cervantes.
Entre sus principales virtudes intelectuales, al eximio poeta le adornan, además de la de bardo bizarro, la condición de profesor universitario, lo cual, en el estado actual en el que se hallan las universidades españolas, no sé si es mérito o su contrario. Es además viudo inconsolable de la enorme escritora, cuyo nombre no mencionaré porque me da mal fario, y, por sobre todo, inestimable paniaguado izquierdista adepto al felón que nos tutela y conduce en la actualidad.
Cada tiempo produce sus propios monstruos y ellos son, precisamente, los que mejor trasmiten la memoria histórica posterior.
Respecto a este poeta, el que haya sido profesor universitario, y filólogo, que no es el que le saca filo a la lengua, no me produce ninguna emoción: la propia mujer del cesar socialista impartía cátedra, siendo incompetente, salvo en asuntos de “lumis”, hasta hace tres días, en la pretendida mejor universidad del país. Esto no parece sonrojar, nunca mejor dicho, a una buena parte de la sociedad ¿Por qué me lo debería provocar a mí?
Que fuera pareja de una suntuosa mujer, adulteradora profesional protohistórica, con salvoconducto de ficción novelada, eso es claro que va en gustos, y sobre gustos no hay disputa.
Su afición poética, por último, es cosa suya. Allá él y sus lectores, entre los que no me encuentro, con lo que les caiga por ello.
Pero, finalmente, y eso sí que no tiene un pase: su lamentable gestión como cabeza de una institución pública pagada por los ciudadanos, con el nombre del mejor escritor de la historia, ése es ya otro asunto. Su viciosa gestión seguidista infame de doctrinas totalitarias, de las que presume, responsables de la mayor cantidad de crímenes y muertos inocentes a lo largo de la historia conocida de la humanidad, eso son palabras mayores. Quede aquí constancia de ello.
Vale.