Por: Luis de Valdeavellano
Este artículo con ligeras variaciones fue publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara» en 2010
La especulación intelectual, basada en teorías filosóficas, más o menos contrastables, no tiene fin. Son muchas las corrientes y los talentosos promotores de las mismas que, argumentando, según su conveniencia y capacidad dialéctica, intentan explicarnos el mundo físico, pero también el mundo inmaterial o espiritual, de acuerdo a sus convicciones.
Las diversas escuelas, representadas por sus campeones del momento, se vienen enfrentando desde tiempo inmemorial en debates dialécticos sin fin, donde no parece importar tanto la búsqueda de la verdad última de las cosas como la irrebatibilidad, casi siempre temporal, de los argumentos esgrimidos, y la capacidad de convicción, basadas necesariamente en la dialéctica y su prima cercana: la sofística. Pero como, en lo fundamental, sigue sin haber un acuerdo general (seguramente imposible) sobre que es verdadero, incuestionable, o simplemente real, y son tantos los métodos propuestos, el conflicto es paradójicamente tan inevitable como enriquecedor, pues la especulación es, en último extremo, lo que hace grande e ilimitado el potencial de crecimiento intelectual del ser humano.
Pues…¿qué es o no es verdad, y como se alcanza el conocimiento de ésta? Ese es un buen dilema, puede que maravillosamente irresoluble en su totalidad, pero necesario e imprescindible es su planteamiento, en cualquiera de sus posibilidades infinitas, para el avance en todos los planos susceptibles de desarrollo humano.
Si verdad es: “la propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma”. Si es lo que no se puede negar, o rebatir, racionalmente, o es la propia conformidad de las cosas con el concepto que de ellas extrae la mente, (lo cual choca a menudo con la verificable transformación de los objetos pertenecientes al mundo físico, en continuo cambio y evolución pues, tanto los seres vivos como los inanimados van alterándose, modificándose, mudando, más o menos lentamente, en combinación con el tiempo, (convertido éste en elemento de fricción, de desgaste, de disolución) en otros que terminan por no parecerse en absoluto a los iniciales, aún pudiendo conservar partes esencialmente iguales, que no formalmente) o por tanto, más allá: la verdad es siempre consustancial a las cosas en sí mismas, tanto como lo es en sus mismos cambios o en su evolución y lo es, con independencia de ser, o no, tangible, habiendo varias formas o grados de tangibilidad, lo cual ¿tal vez? sea más aproximado a la exactitud, pues sucede a menudo que hay realidades, o verdades, que no se pueden apreciar a simple vista y no por ello dejan de existir como tales. Lo que hace de una cosa verdadera para nuestro intelecto, forjado curiosamente a partir de nuestros sentidos, es la capacidad de dicha cosa para ser definida en toda su amplitud y realidad, cualquiera que esta sea. Pero hay muchas cosas potencialmente verdaderas que nosotros no podemos reconocer en la actualidad como tales por ser inmedibles, o simplemente inexplicables con nuestra capacidad tecnológica actual. Son las verdades ocultas a nuestra razón, a nuestra percepción y nivel de comprensión y de demostración.
Hay un modo de intuición, constatado por los inevitables cambios que se producen en la percepción de la realidad, que nos lleva a pensar que solo alcanzamos un nivel muy concreto de conocimiento pero que nos falta, que se nos escapa todavía, la posibilidad de una visión mucho más completa de la realidad última de las cosas. Es como si solo pudiésemos ver cierto número de colores y de formas de un cuadro que intuimos mucho más completo. Sabemos que el cuadro contiene mucho más de lo que alcanzamos a ver porque nuestra vista es incompleta, o porque estamos muy lejos de la distancia precisa para admirarlo en toda su plenitud. Pero queremos pensar que solo es cuestión de tiempo el que consigamos mejorar nuestra visión e, igualmente, que nos podamos acercar o alejar lo suficiente para admirarlo en su totalidad.
Cualquier teoría expuesta con visos de verosimilitud, con fuerza y con brillantez, puede deslumbrar y ofuscar la capacidad de réplica y pasar por tanto como cierta, aún entre los mejores cerebros del mundo de las ideas. Pero es bien sabido que no por argumentar bien algo, de acuerdo con las normas previamente impuestas como incuestionables, por los mismos autores del argumento, o sus camaradas de escuela, es ello más o menos cierto. Lo que hace verdadero a algo es su verificación. Y suele suceder que, respecto de algunas cuestiones, solo el paso del tiempo y la evolución consiguiente en el plano de las ideas, así como en la capacidad técnica que posibilita su demostración, hacen posible dicha verificación, mientras tanto son solo hipótesis.
Demasiado a menudo se tratan las hipótesis como realidades cuando no lo son, pues son solo suposiciones, más o menos argumentadas o verosímiles, pero suposiciones al cabo.
Vale.