Por: L.M.C.
En este mundo doliente,
corrompidos de opulencia,
mantenemos la creencia
del goce de lo impudente.
Habiendo, al cabo, olvidado
que la vida es un momento,
creemos el falso argumento
del exceso como aliado,
pero sufre nuestro pecho,
y nuestra alma adolece.
Que el padecer ensombrece
nuestra vida, es todo un hecho,
pero yo mato la pena
con el canto y es mi voz
alimento que encadena,
junto al cantar, mi pasión.
Huyo así de la condena
del que es tiranizado,
amarrado a la cadena
a la que el hombre está ligado
en medio de la colmena
de la ciudad, condenado
a sufrir noches en vela
y a un morir violentado.