Por: L.M.C.
Dijo el gran poeta León:
“que es el viento
el que hace todo
y que lo hace a su modo:
la historia y la poesía,
el pan, la carne y el vino,
y también hace el olvido.”
No desmentiré yo una coma
al poeta peregrino
que fue de ninguna parte
y de todas fue vecino,
mas creo que, en su cantar,
olvidó al tiempo, implacable,
inicio, senda y final
de cuanto se pueda idear.
Ése que hace el destino
sin poderlo descifrar.
Yo quiero decir hoy, aquí,
bien alto y claro lo digo,
sin engolado añadido,
que es el tiempo gran señor,
que forja todo lo habido
a su antojo, tan mudable,
que no es exacto ni es fijo,
aunque acaso lo parezca
por el como lo medimos.
El tiempo es regla, sistema,
proporción, medida, ritmo,
cadencia, acento y compás,
es de todos el designio
en un espacio insondable,
ignorado y sideral,
insólito e infinito.
Es el que marca la pauta,
con su impulso de latidos,
el que ya te quita, o da,
infalible y sostenido.
El que te encumbra veloz
y, poco después, te despeña
ajeno a toda clemencia
o súplica plañidera.
Es el que madura el fruto
y lo pone en su sazón
y acaso lo macera
para pudrirlo después
arrojándolo a la tierra
de donde salido era.
Sin banal contemplación,
sin compasión sensiblera.
Él es quien corre el telón
al final de la vereda.