Por: Luis de Valdeavellano
¿Cómo puede ser que ame, como poeta, a un rojo? Pues porque fue un rojo tiernamente equivocado. Un rojo no rojo sino instrumentalmente rojo. Un comunista de boquilla, de palabra, de necesidad, de deseo. Un rojo capitalista, viviendo en un país, en varios países, donde era conveniente, y estaba bien visto por entonces, ser rojo. El típico rojo incapaz de soportar el comunismo real. Un hombre contradictorio en su búsqueda de un enemigo político al que enfrentar y de otro enemigo religioso al que combatir, siendo, paradójicamente, próximo a ambos.
Haciendo uso de un verbo exacto, con el que ejercer la oposición y la blasfemia, se forjó el poeta. Ese verbo que todo creyente ateo sabe proferir cuando llega su momento. Y ese instante llega, justo cuando llega el tiempo de la duda y del miedo que no se quiere ni se puede reconocer, el cual suele coincidir, frecuentemente, con la vejez. El poeta del camino cambia entonces el rojo de la política por la púrpura de la religión y se cree a salvo merced al ejercicio de la blasfemia. Y bien sabe, aún sin reconocerlo, que la blasfemia también es, en puridad lo es, un acto de fe. De fe mística e insolente, frontera y desabrida pero, al cabo, fe. Es justo entonces cuando más necesita aferrarse a esa creencia que está en él tan asentada como para que, en el momento preciso de morir, su último poema sea una nueva oración, una plegaria.
Felipe Camino Galicia, León Felipe (Tábara, Zamora, 11 de abril de 1884, Ciudad de México, 18 de septiembre de 1968) es para mí un poeta esencial, el arquetipo del poeta, el gran poeta español y universal.
En realidad, desde que lo conocí, en mi primera juventud, ha sido y es mi poeta preferido. Y todo se resume, si es que la poesía puede resumirse en algo, en un poema, un poema que es todos sus poemas y todos los poemas de todos los poetas que lo son, que lo serán o que lo han sido, y que escribió cuando era joven e indigente, apenas un desheredado vagabundo expresidiario sobre una tierra pobre, mesetaria, donde, sin embargo se produce la mejor miel del mundo. Una tierra, como todas para él, que fue no fue de tantos sitios, ajena, pero esencial pues allí inicio su camino poético.
Tuvo que ser su caída y su asunción, como la de Pablo, su encuentro con la luz, en un pueblo de Guadalajara, de la Alcarria, que se llama Almonacid de Zorita, donde, a la sazón, se desempeñaba como boticario temporal, sustituto y efímero. Y tuvo que ser un poema, el titulado: ¡Qué lástima!
Esa poesía fue inicio, centro y resumen de toda su producción, reflejando ella sola, como un diamante infinito, como una perla inmortal, todo lo que la poesía tiene de evocadora, de mágica, de esencial, de universal, y no falaz, e impostada y artificiosa como lo son tantas otras de tantos otros poetas pretendidamente geniales.
Por supuesto luego vendrían muchas más de belleza inaudita en medio de la forma más sencilla, más natural. Pero, en mi opinión, ella sola vale y define toda una vida de poeta y toda la poesía que en el mundo ha sido.
Vale