Por: L.M.C.
Hoy he vuelto a escuchar viejos blues
que nacieron a las orillas del Misisipi,
en tierras de Tennessee, Luisiana y Alabama,
donde los negros eran esclavizados
en crueles plantaciones de algodón
en las que morían, tras bárbaro trato,
porque no tenían valor como personas,
siendo apenas su precio el del ganado,
mientras ellos no dejaban nunca de cantar
sus alegrías y sus penas de seres explotados,
sus himnos a lo humilde y cotidiano.
Pero de sus almas, encadenadas
al látigo del capataz feroz
y al antojo del amo desalmado,
el canto surgía firme, alto y claro,
con la fuerza irreverente
que surge de lo más profundo del humano,
tal que nadie logró nunca pararlo.
Era la protesta del que declara su derecho
a ser libre por mucho que lo hagan ser esclavo.
Aquellos hijos de pueblos orgullosos,
llegados de lejanos lugares olvidados,
fueron tratados peor que condenados
por dueños feroces e inhumanos.
Pero el tiempo pone todo en su lugar
y hoy su canto es pura esencia
de un pueblo joven, aún en construcción:
el heterogéneo pueblo americano,
donde las viejas heridas, ahora cicatrices,
todavía hoy no han curado.
Aquellos “Blues men” y “Blues women”
sufrieron su arte como un delito temerario,
indigno siquiera de siervos y de esclavos,
mientras hacían grande la nación
que los trataba peor que a los lacayos.
Ahora, cuando escucho su música,
recuerdo su lucha en aquella tierra hostil
que tan mal se lo hizo sufrir
viviendo durísimas vidas desgraciadas
que los llevó incluso hasta morir
en manos de la injusticia vil.