Por: Luis de Valdeavellano
Es Navidad, un año más, en este, hoy, desafortunado país, (Pese al sorteo de la lotería de Navidad, que se ha visto despojado, en los últimos años, de buena parte de su grandeza económica y de su fama.) al que la opresión socialcomunista y progre, quiere arrancarle sus más profundas tradiciones.
La Navidad, cristiana y católica, es el símbolo supremo de más de veinte siglos de historia occidental, la tradición que ésa misma panda se preocupa tanto de intentar desacreditar a su vil manera torticera.
Soy partidario de la tradición, de las tradiciones. Confucio hablaba ya de su trascendencia e importancia. Es el sustrato fecundo del que se alimentan las sociedades. Su alma, su esencia a través de los tiempos.
Los enemigos del pueblo, los violadores de las sociedades, los asesinos de masas, lo primero que procuran destruir son las tradiciones para desamparar al pueblo. Estúdiese el comportamiento de los doctrinarios socialcomunistas y se entenderá.
No soy creyente, ni practicante de ninguna religión, soy lo que se considera un “ateo intelectual”. Desafortunadamente, en mi mente no caben dioses que nos hagan el trabajo sucio, en los cuales consolarse y descansar de nuestras debilidades humanas. No soy creyente, pero creo en las tradiciones, creo en que nuestra cultura judeo-cristiana nos ha traído, tras siglos de sangre y tropelías, a un presente social soportable y racional, basado en unas normas morales, en general, dignas de un ser humano. Son nuestra esencia y nuestra base ética.
Nuestra tradición, la de mi familia, la de mis padres y abuelos, a lo largo de los siglos, es la católica. Yo la creo positiva, con sus más y con sus menos. No me molestan sus costumbres ni sus ritos, forman parte inherente de nuestro pueblo. Nos dan fondo, esencia, poso antiguo, prestancia. Son nuestro asidero moral. Aprecio en lo que vale su alto componente, incluso folclórico y popular.
Los Reyes Magos entroncan radicalmente en nuestra tradición. Al fin somos una monarquía parlamentaria, una más entre las seis que integran la Unión Europea: Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Dinamarca, Suecia y España, diez con Reino Unido, Noruega, Mónaco, y Liechtenstein, además de los casos singulares de Andorra y de Ciudad del Vaticano.
Todos estos países gozan de un altísimo nivel de vida y de una estabilidad notable, ya que sus reinas y reyes, jefes del estado, operan como salvaguarda de una independencia necesaria ante los partidos políticos, depredadores insaciables del pueblo, que todo lo contaminan con sus largos tentáculos, incluida la presidencia de las repúblicas donde se instalan.
En los últimos años, en España, esta situación privilegiada de sociedad avanzada se ve cuestionada por la “inteligencia” socialcomunista “guerracivilista” que crea leyes infames; que reivindica aquella segunda república ilegítima, antidemocrática y criminal; que manipula la historia; que desentierra impunemente muertos gloriosos; que enfrenta a los ciudadanos; que usa la invasión de nuestras fronteras como elemento disolutivo y de permanente conflicto.
Es intolerable ver como, volviendo a la Navidad, los “zurdos”, esos descerebrados de melifluo corazón, que tanto respetan las costumbres musulmanas, por pura anuencia y cobardía, mientras insultan las nuestras, quitan belenes de las plazas públicas, todo un arte popular. Son los mismos que babosean los desfiles de reyes llenándolos de esperpentos ajenos a nuestra tradición; cuestionan e impiden que los niños celebren la Navidad en los colegios; le quitan hasta el nombre a las fiestas hablando de “Solsticio de Invierno”, o de “Fiesta de Invierno” y otras gilipolleces que se sacan de su ancha manga totalitaria para “masturbarse” a nuestra costa.
Los Reyes Magos, en la tradición cristiana, se convierten en peregrinos siguiendo una estrella que les conduce ante un ser insignificante, recién nacido, en el lugar más humilde que se pueda concebir, y que, sin embargo, encarna la esperanza más sublime.
Es una hermosa paradoja el que los más altos y poderosos lo dejen todo, comenzando un viaje iniciático, para buscar al, en apariencia, más pequeño y humilde, y, una vez hallado, le rindan pleitesía.
La lectura, trasladada a nuestra sociedad actual, es la consagración de una monarquía, utilitaria, al servicio del pueblo, desempeñando un alto papel simbólico, aglutinador, de unidad, de equidistancia, de imparcialidad, justo lo contrario de lo que pretenden los que son, sin ambages, nuestros declarados enemigos.
Vale.