Ibiza Paradise

Por: Cabellos Lozano

                                                Uno

La pequeña isla de Ibiza se abría, ante los ojos de Mario Destino, el joven periodista y reportero “freelance”, como una flor nocturna y delicada, brillante con las primeras luces que se iban encendiendo aquí y allá, como una inquietante isla del tesoro, mientras el avión se acercaba al aeropuerto. Comenzaba la temporada de caza.

        En todo el mundo, no existe una isla tan compleja, que recuerde tanto a las islas caribeñas, y que esté tan llena de tipos peligrosos, verdaderamente dignos herederos de los más terribles  piratas del pasado, como la preciosa isla balear, solo que, en la actualidad, estos no operan desde puertos escondidos, ni armados hasta los dientes, ni llevan parches en el ojo, ni patas de palo, eso se lo han dejado a los pobres desgraciados malayos o somalíes. Los modernos piratas operan a través de la City y de los paraísos fiscales, venden armas a grupos terroristas internacionales, comercian con personas, drogas, animales, órganos humanos y dinero negro, y lo hacen desde las terrazas de los chiringuitos, desde las piscinas de sus mansiones, hoteles y super yates, y lo hacen a la vista de todos, mientras consumen, insaciables e indolentes, combinados y paellas de langosta.

…Todo había empezado unos pocos días antes, cuando Mario recibiera, por el conducto habitual, un sobre cuyo contenido, aunque escueto, le invitaba a ponerse en marcha de inmediato. Y es que veinte mil euros en efectivo, billetes de avión con fecha abierta, reserva de habitación en el Gran Hotel sin día de salida, coche y barco de alquiler, acreditaciones varias, entradas a discotecas y eventos, y algunos otros extras para comida y ropa eran, como siempre, demasiado tentadores para alguien, como él, acostumbrado a la buena vida.

En esta ocasión el objetivo era un príncipe, un tal Sultán Saud bin Banda, príncipe saudí asiduo a los veranos baleares, en cuyas aguas solía recalar su flotilla de dos o tres yates de lujo encabezados por el Corsario, yate gigantesco, catalogado entre los cinco más grandes y lujosos del planeta, cuya eslora supera con creces los cien metros. El séquito del príncipe solía componerse de unas trescientas personas, sin contar los contratados eventuales, prostitutas, y otros múltiples proveedores, con una profusión de automóviles que se aproximaba a las cien unidades, plantas enteras de habitaciones de hotel y un larguísimo etcétera.

No era éste un personaje desconocido para Mario Destino porque un hombre como él, volcado a menudo en temas de candente actualidad, debía estar, y lo estaba, informado de la existencia de personas relevantes en el mundo, y el príncipe Sultán destacaba, sin duda, ya que resultaba de ser tan extremado en sus gustos como opulento y disoluto. Así, las noticias sobre sus excesos circulaban en los medios a poco que se abriesen las páginas de las revistas del corazón.

“El jefe”, pues así llamaba Mario a su editor al que, por otra parte, no conocía personalmente ya que su estricto código de relación comercial se basaba en el anonimato, le mandaba siempre mensajes escritos, vía correo postal, y en algunas ocasiones, en asuntos que necesitaban de una mayor explicación, le hacía acudir a una discreta oficina situada en un edificio del centro de Madrid, allí le atendía una secretaria con la que había establecido cierta complicidad en los últimos años, pero cuando Mario preguntaba por “el jefe” la contestación era invariable y definitiva: -“el jefe” está fuera de Madrid”-

A veces Mario se proponía indagar sobre el hombre misterioso que tan generosamente le pagaba pero luego pensaba que era mejor mantener la situación así, pues era consciente que alterar esa forma de trabajar tan impersonal y aséptica no sería, seguramente, positivo para él, y finalmente se decía-“Qué diablos, cada uno tiene derecho a hacer las cosas a su modo”- para apaciguar una curiosidad, que, a pesar de todo, le acuciaba de vez en cuando.

Anochecía cuando Mario, tras tomar tierra en el aeropuerto de San Joan, se dirigió a la oficina de coches de alquiler donde ya le tenían dispuesto un todoterreno de buenas prestaciones, nuevo y en perfecto estado, pero de color discreto, por supuesto no con el negro habitual de las flotas de coches de alta gama que recorren día y noche la isla. Puso en él su equipaje y se dirigió al Gran Hotel de Ibiza, donde pensaba alojarse. Hacerlo allí era como meterse directamente en la boca del lobo, pues en este establecimiento solían tomar habitación algunos de los personajes con los que habría de relacionarse para llevar a cabo su trabajo, pero ello mismo le posibilitaría mantenerse en contacto con ellos, esto si era capaz de proveerse de una identidad mediante la cual ocultar el verdadero motivo de su estancia en aquel lugar. Elegir bien era importante y desde el principio tuvo el instinto de que sería mejor para su trabajo no camuflarse del todo, es decir, no fingir lo que no era, sino solo en parte, por eso había decidido presentarse como un periodista en seguimiento de las estrellas de diversos deportes que pasaban por la isla, en particular de los futbolistas de élite que acuden cada año al reclamo de las playas, la noche, y los demás encantos increíbles que posee esta isla maravillosa. Sobre todo, si tienes mucho dinero para gastar.

Mario tenía algunos contactos en la isla fruto de sus repetidas estancias en la misma, donde había realizado varios reportajes en los últimos tiempos. Entre ellos contaba con la amistad de uno de los recepcionistas más veteranos del hotel, Pepep, un lugareño reciclado, hacía ya muchos años, que amarró la barca con la que se ganaba la vida pescando en su juventud y se sumó al negocio del turismo. Fijo entre el personal de la casa, era uno de los hombres de confianza de la dirección del hotel, y conocía como nadie tanto al personal como a la clientela, ya que son muchas las personalidades de todo el mundo que se alojan allí año tras año. A su llegada al hotel preguntó por él, pero no estaba de servicio en ese turno por lo que se dirigió a su habitación con la intención de poner sus cosas al día lo antes posible y empezar a trabajar en el asunto que le había llevado hasta allí.

Lo primero recapitular, enterarse de qué huéspedes se estaban alojando en el hotel ya que siempre es conveniente saber qué terreno se pisa, después iniciar el seguimiento, propiamente dicho, del príncipe Sultán y de su corte. Haciendo memoria pensó en que debería visitar al sargento Herranz de la guardia civil, un veterano de la lucha contraterrorista en el País Vasco que había recalado en Ibiza llevado por sus superiores como recompensa a los años de plomo de esa región española. Lo cierto es que se había adaptado bien, ahora le tocaba pencar con narcotraficantes, estafadores de toda condición y delincuentes de muy diversa condición que operaban en la isla en busca de fortuna. En los últimos años se había producido un repunte del intento de las mafias, sobre todo italianas y norte-europeas: rusas, de las repúblicas resultantes tras la disolución de Yugoslavia, y demás, por hacerse con el control de las drogas y de la prostitución. Pero no había que olvidar a las familias locales, afincadas hacía años en la parte vieja de la capital y siempre dispuestas a dar batalla.

También le debía una visita a su viejo amigo Joan Castells, el veterano periodista y director del semanario Papeles Ibicencos, uno de los periódicos más antiguos y emblemáticos de la isla. Joan siempre había sido un magnífico anfitrión para él y, en su compañía, recorrer la isla y sus secretos era mucho más fácil. Otra persona a la que forzosamente debería visitar sin dilación era a sir Alistair Blake, el viejo noble de origen escocés que en su remota juventud se afincó en Ibiza siguiendo el movimiento hippy entonces en plena eclosión. En la isla se instaló y allí seguía todavía a pesar de sus más de ochenta años. Ni su nobleza, ni su posición social habían conseguido hacerle salir de la pequeña Ibiza, y desde la isla dirigía las numerosas empresas, tierras y mansiones que le habían correspondido como heredero del título familiar.

Mario se consideraba a sí mismo un nómada planetario. Era el tipo de vida que había elegido, así, sin apenas lazos ni raíces, vagando de un lugar a otro como había soñado desde niño, sin más ataduras que las imprescindibles, en suma, una vida aventurera, una vida excitante, diferente, no sometida a las reglas comunes, pero, como todo, tenía también sus pegas: desarraigo, soledad, cierto grado de inseguridad económica y emocional, algo, en el fondo parecido a lo que sufren los artistas. Por ello no tenía casa, vivía normalmente en hoteles, viajaba sin cesar, por trabajo, o por el mero placer de hacerlo, y aunque su centro de operaciones pudiera ubicarse geográficamente en Madrid, en realidad esto era así por mero sentido común, por pura operatividad. En la capital apenas mantenía un refugio mínimamente intimo: la pensión Lola, un lugar anodino ubicado en la periferia, un sitio donde tener un par de habitaciones reservadas, siempre dispuestas para guardar sus cosas, y donde descansar un poco de vez en cuando. Un sitio de confianza, un refugio secreto, por así decirlo. Y Lola, la propietaria, una mujer ya de edad, la persona perfecta que pudiera hacer las veces de patrona, de guardesa, de ama, sin preguntas indiscretas, ni falsas familiaridades. Pero por ahora debía dejar de lado las ensoñaciones, abrir el dosier que “el jefe” le había enviado y ponerse manos a la obra.

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