Por: Cabellos Lozano
(Continua)
Dos
El dosier contenía información, más o menos pública, sobre el príncipe árabe, se trataba de un tipo de mediana edad, en torno a los cuarenta y cinco años, de rostro redondeado, tez renegrida y brillante, con cejas negras tenues enmarcando unos ojillos desconfiados, y un fino bigotillo ralo sobre unos labios finos. De baja estatura y complexión media, un poco rechoncho y tripudo, y algo estevado de andares, que disimula con el uso constante de la suriyah, la tradicional túnica árabe, unida a la kufiyya sobre la cabeza. Es un miembro principal de la familia real, formado en la universidad de Riad, perteneciente a una de las corrientes ideológicas y políticas más conservadoras de la familia real, casado varias veces, con un número indeterminado de hijos, y terriblemente rico. Dueño de empresas por todo el mundo y, hasta hace unos pocos años, ministro en el gabinete real. Un hombre de aficiones hedonistas indiscutibles que une su pasión por la cetrería, o las carreras de dromedarios, (dispone de una de las mejores cuadras del país) con la reciente afición de este tipo de magnates por los deportes occidentales, lo que le ha llevado a comprar un equipo en la liga francesa. Ocupando uno de los diez primeros lugares en la línea de sucesión, (el lugar depende temporalmente del capricho del monarca y del momento político en el que se elabore la lista) es un hombre de un poder extraordinario, sin embargo, sometido, como él mismo hace con sus propios criados, al albur del rey, y del heredero de turno. En pocas palabras: un dios menor que puede ser encumbrado, o descabezado, en cualquier momento, y puede que esta sea una de las claves de su comportamiento un tanto esquizofrénico. Su círculo de confianza está formado por el jefe de su guardia personal, un siniestro personaje que proviene de las fuerzas armadas, dicen que próximo a la familia Bin Landen, un exoficial llamado Abdul, su consejero máximo, llamado Elías, un hebreo proveniente de la universidad de Tel-Aviv donde fue catedrático de economía, su médico personal, el hombre que mejor conoce los secretos íntimos del príncipe, el doctor Abdel Abdel, y su chambelán o ayuda de cámara, Karim Omar, en realidad su hombre para todo, el conseguidor palaciego con el que todo hombre importante que se precie debe contar.
…De repente ruido de sirenas. Mario aguza el oído, se asoma por la ventana de su habitación, que da a la entrada principal, y ve dos coches de la guardia civil con las luces giratorias puestas. Sin pensarlo sale de la habitación y se dirige a la planta baja. Su sangre de periodista se activa de inmediato. Cuando llega al hall encuentra un movimiento de gente inusitado y alguien le indica la dirección de la piscina del hotel. Corre hacia allí, pero en la puerta de acceso un guardia le corta el paso. Pese a todo consigue ver lo que sucede, una mujer flota en la piscina boca abajo. Se queda expectante entre un grupo de curiosos que se agolpan cerca del agente, que impide su paso.
-¡Sargento Herranz!-
El sargento llega en ese momento y atraviesa el hall a toda prisa.
Ha reconocido a Mario al que saluda con premura.
-Ahora hablaremos muchacho, ahora hablaremos, voy a ver de qué se trata- Le dice al pasar junto a él y darle la mano sin detenerse, y se mete en la zona acordonada de la piscina.
Mario se instala en uno de los comodísimos sofás de la amplia recepción y observa a los presentes en la sala. Está acostumbrado a esperar. Es uno de los aspectos esenciales de su trabajo: el cazador acechando a la espera de su presa.
Observa a los típicos turistas curiosos armados con sus teléfonos móviles, haciendo fotos sin parar. Es un grupo variopinto formado por todo tipo de personajes con aspecto de ricachones, donde predominan los anglosajones llegados de la Gran Bretaña, pero también abundan italianos y algunos hispanos mejicanos o argentinos que destacan por su español de marcado acento, para ellos este será el momento del que hablarán cuando regresen a su mundo cotidiano y anodino, al término de las vacaciones.
No pasa ni media hora cuando el sargento ya está de vuelta, toma asiento junto a Mario y vuelve a saludarle.
-Bueno chico, que sorpresa verte por aquí, y… como siempre, el jaleo parece perseguirte…-
-Ya ve mi sargento, es el sino del reportero, la noticia está donde el periodista va… Fíjese que no llevo en el hotel ni una hora y fíjese… pero cuente, estoy ansioso por saber de qué va este asunto… si es que usted puede ser franco conmigo-
-Por el momento no sabemos gran cosa, hay una joven muerta en la piscina y nadie la conoce, ni sabe cómo ha podido llegar hasta allí, pues la piscina debía estar ya cerrada al público. Aparenta tener poco más de veinte años: rubia natural, delgada, guapa, y no muy alta. No está alojada en el hotel… podríamos presumir de que se trate de una prostituta contratada por alguien hospedado aquí, aunque, por supuesto, es muy prematuro concluir algo así. Lo que sí está claro es que presenta un fuerte golpe con rotura, y hundimiento, del cráneo en la región temporal derecha de la cabeza, más que suficiente para haberla matado, pero también podría haber sufrido otro tipo de agresión previa, y esto se verá cuando se le practique la autopsia. No había apenas sangre en la zona por lo que pensamos que no la mataron allí. Estaba prácticamente desnuda, por lo que no se le ha encontrado, por el momento, ningún tipo de documentación que la identifique, ni más ropa que la interior, de color rojo, y ni siquiera zapatillas o chanclas, o un albornoz. No se le aprecian tatuajes a primera vista. Podríamos deducir que la han golpeado con algún objeto muy pesado, romo, o envuelto en algún trapo, tal vez una toalla-
-Ósea mi sargento, que el golpe se lo ha propinado un zurdo, si ha sido golpeada de frente, o un diestro si lo ha sido por la espalda, y además tendría que ser un tipo fornido, lo que se deduce del peso del objeto empleado-
-Muy agudo, muchacho, muy agudo. Siempre he pensado que habrías sido un excelente policía si no te hubiera dado por meter las narices por libre. Es una lástima, pero sí, esa sería la conclusión más evidente en este caso-
-Y como está usted diciendo que no hay sangre en el lugar se podría deducir también que ha sido puesta en el agua después de muerta ¿no es así? –
-Bueno, no te adelantes, yo no he dicho que no hubiera sangre en el lugar, sino que hay muy poca, aunque es cierto que casi no se aprecia a simple vista, pero…sí, da la impresión de haber sido colocada en el agua, por así decirlo…la posición, sí…parece un poco como en las películas-
En ese momento se acerca un número y habla al oído con el sargento y éste se levanta.
-Mario, ya está aquí el señor juez, mejor jueza, y he de hacer “los honores”, luego si puedo te veo-
Con el levantamiento del cadáver fue llegando la calma ya que solo quedó acordonada la zona de la piscina, cuyo acceso había sido convenientemente tapado con una especie de biombo mandado traer por la dirección del hotel y, tras éste, oculto a los ojos de la gente, quedó trabajando el equipo de la científica que había llegado hacía ya algún tiempo. Sus trajes blancos y su pinta de científicos locos les delataba cuando entraban y salían del lugar del crimen. Lentamente los clientes fueron retomando su rutina, y lo que minutos antes fuera conmoción ahora era una mera anécdota, y la gente iba y venía por el hall como si allí no hubiera pasado nada.
Mario se cansó de esperar el retorno del sargento y pensó que tendría mejor ocasión de seguir hablando con él en otro momento, así que levanto el campo de observación y regresó a su habitación. Eran poco más de las once de la noche y su llegada a la isla no podía haber sido más convulsa. Estaba cansado tras un día ajetreado de equipaje, aeropuertos y viaje así que decidió comer un bocadillo en la barra de la cafetería, para luego tirarse en la cama de la habitación y poner deporte en una de las múltiples cadenas de las que dispone la televisión del hotel. Ponían boxeo, un combate histórico, concretamente el que enfrentó a Tyson contra Holyfield en el 96 y que ganó Evander por nocaut. Se quedó dormido con la televisión puesta.