(Una expedición dominical biológico-festiva)
Por: Luis de Valdeavellano
En esta ocasión, queridos, maravillosos, e inestimables lectores, nos disponemos a recorrer la pequeña ciudad burguesa, un domingo por la mañana, a primera hora, con la loable intención de estudiar, aunque no pueda ser con la profundidad que nos gustaría debido a insuperables limitaciones de tiempo y de presupuesto, a algunas de las distintas subespecies que tiene el “urbanus vir” u “homo urbano” en disposición de ejercer el paseo.
Armados de nuestro instrumental de trabajo y dispuestos plenamente a la observación, conscientes de lo que dicho mamífero vertebrado pueda ofrecernos, nos adentramos en la urbe por la que realizaremos nuestro propio paseo en un vehículo a motor, también llamado “coche” pues consideramos que es, éste, un modo perfecto de verificar, de manera tan eficaz como discreta, la imbricación de dicho espécimen en el ecosistema en el que habita, pasando así perfectamente inadvertidos durante el curso de nuestra investigación.
Durante el nuestro propio, (paseo) que se efectuará, como dijimos, en coche, dadas sus cualidades de camuflaje, ampliamente demostradas en toda novela negra que se precie, podremos observar a las distintas familias de este singular mamífero terrestre.
Veremos así como, dependiendo de su forma de pasear, este curioso espécimen mamatorio adopta unas formas o modelos propios, y, dentro de ellos, como intenta la diferenciación y la distinción, que podemos achacar, casi con absoluta certeza, tras sesudos informes de revistas afamadas, naturalmente en inglés, a comportamientos de manifiesta afirmación sexual o de poder. Como aparecen, al fin, perfectamente provistos de sus respectivos equipamientos, singulares y distintivos.
También podremos tomar nota del modo en que cada uno de los respectivos grupos de paseantes ocupan, dentro del ecosistema general que supone la propia ciudad, sus propios biotopos particulares, significativamente lógicos y adecuados a sus condiciones privativas.
Por ello encontraremos a los motoristas, ya sean de carretera, o de caminos y monte, en las proximidades de las gasolineras, convertidas ahora en verdaderos centros logísticos (o reservorios) donde estos especímenes pueden abastecerse de lo necesario para iniciar su ruta o paseo. Allí obtendrán gasolina, fluido vital para ellos, pero también podrán repasar la presión de las ruedas de sus vehículos y hacer todo tipo de compras adecuadas para pasar la jornada, formando incluso grupos de cierta densidad, o colonias, en sus inmediaciones, donde intercambiaran impresiones en su particular lenguaje.
También encontraremos en dichas zonas, asimismo en grupos variopintos, también más o menos numerosos pero siempre ataviados significativamente, a ciclistas de ruta o de montaña, seres de parecida apariencia a la de los anteriores, por el uso de artefactos dotados de dos únicas ruedas, solo que especializados en el empleo del propio cuerpo como elemento motriz. Es de reseñar el singular, diverso y vibrante colorido de sus respectivos cuerpos enfundados en equipaciones particularmente llamativas.
Por las zonas habilitadas como parques y jardines los paseadores de perros proliferan a esas tempranas horas. La diversidad de dichos cánidos, aparejados de tan distintas maneras, incluso vestidos para la ocasión, tanto como las de sus paseadores, es altamente sorprendente, dejando, los menos cívicos, esto hay que reseñarlo porque es un signo evidente de su actividad creciente en estos tiempos, rastro indeleble del paso de sus amados compañeros. Huella que otros individuos, dignos de engrosar nuestra lista de seres paseantes, tendrán que esquivar de la mejor manera, evitando caídas o indeseables torceduras de tobillo.
Ellos, pues nos referimos ahora a los corredores y marchadores, que circulan por doquier, sorteando obstáculos humanos e inmateriales, son los múltiples, los impresionantes, los inevitables practicantes de la carrera, o del pedestre caminar, ahora práctica eufemísticamente denominada: “running”, o “footing”, o “jogging”, (o cualquier otro anglicismo invasivo que se le ocurra al ocasional lector) y también son ejemplares de alucinante aspecto, yendo dotados, además, de adminículos tan variados como tecnológicamente inconcebibles y, por ello precisamente, concebidos.
Ellos, decía, serán principalmente los que se encontrarán a su paso los vestigios de los otros, de los paseadores de perros, o, por mejor decir, de los perros paseados…, bueno, usted ya lo entiende…, supongo…, siendo todo un ejercicio añadido, casi disciplina propia, el evitarlos, esquivándolos con garbo y donosura y si, por mor de despiste o falta de reflejos, cayeran sus pies sobre dichas reliquias, el arte de limpiar las consecuencias de las mismas, ya sea con hierbajos, o con papeles, es también digno de ser reseñado por el autor de este trabajo.
Serán momentáneamente visibles y por ello someramente observados por nosotros, en fin, como reticentes e involuntarios paseantes, los últimos trasnochadores, ebrios y contrarios a admitir que la noche de paso al día y la tiniebla a la luz, y se los podrá observar en plena retirada divagante a sus confusos acostaderos.
Vale.