Por: Cabellos Lozano
(Continua)
Cinco
Mario pasó los días siguientes haciendo un seguimiento intensivo del yate del príncipe, apuntó cambios de guardias, rutinas de la tripulación, idas y venidas de coches, y barcas, que se acercaban a la embarcación, e incluso consiguió algunas fotos del propio Sultán tomadas con teleobjetivo mientras éste se encontraba dando instrucciones en una de sus cubiertas. Repasó horarios, y todo lo que pudo divisar desde los varios puntos de observación que eligió. Incluso alquiló un bote desde el que, simulando realizar actividades de pesca deportiva podía observar mejor lo que acontecía en el interior. Pero Mario pretendía ir mucho más allá ya que su intención era estar dentro del barco la noche de la reunión, pero para ello iba a necesitar de toda su imaginación, y su ingenio, además de una buena dosis de suerte. Durante sus vigilancias había observado que algunos de los miembros del servicio, cuando tenían horas libres bajaban del barco por una de las bodegas, que permanecía abierta para facilitar la entrada y salida casi constante del personal, y solían dirigirse a un bar próximo a donde estaba atracado el barco. Allí consumían y departían sobre los acontecimientos del día y Mario les había seguido, escuchando atentamente sus conversaciones. La mayoría del personal era español y hablaban en este idioma, salvo que hubiera árabes por medio pues entonces el inglés era la lengua empleada. Mario dominaba ambas lenguas por lo que podía seguir sus charlas sin problemas, así supo que para la fiesta del sábado se iba a contratar personal de refuerzo, dada la importancia del evento. Alguien comentó que se necesitarían camareros y un cortador de jamón, imprescindible, de un tiempo a esta parte, en cualquier reunión social importante, que se precie de serlo. A menudo estos profesionales se convierten en centro de atención de la velada por sus habilidades y por la deliciosa materia prima con la que operan, sobre todo cuando son personas extranjeras, ajenas tanto a la técnica de corte como al propio alimento, que suele gustar sobremanera y, aunque, los mahometanos tienen prohibida su ingesta, les gusta ofrecerla a sus invitados porque saben que el éxito será rotundo. Alguien de la reunión del personal comentó lo que solían cobrar por una noche los buenos cortadores y cómo estaban de cotizados, y lo difícil que era conseguir los servicios de uno verdaderamente bueno. Otro dijo de pasada el nombre de la agencia que solía proporcionar trabajadores eventuales al Corsario y Mario pensó que ésa era su oportunidad. Acto seguido se dirigió a la mejor cuchillería de la ciudad y compró hasta tres cuchillos jamoneros de alta gama y todo el instrumental accesorio, después pidió en una charcutería el envío urgente de un par de jamones a su habitación del hotel, por último, llamó a la agencia Supremum, encargada de las contrataciones, para ofrecer sus servicios. Fue citado a la mañana siguiente, la del viernes, para hacer una entrevista y mientras tanto se dedicó en cuerpo y alma a su nuevo oficio de cortador de jamón. Se empapó de los diversos tipos de jamones, su historia, la forma de cortar según zonas y gustos y lo fue alternando con lecciones prácticas hasta cortar íntegros los dos jamones que quedaron limpios y mondos. Llamó a recepción y encargó al botones que le mandaron que repartiera los más de diez kilos de estupendo jamón fileteado entre el turno del hotel. Quedó literalmente como un señor entre los empleados.
A la mañana siguiente, equipado con el instrumental, se personó en las oficinas de la empresa. Por si las moscas, se había confeccionado un pequeño currículo profesional que abarcaba desde sus inicios en una explotación porcina extremeña a su paso por la escuela andaluza sevillana, (la más exquisita y exigente en cuanto al corte del jamón)como cortador en una de las charcuterías más afamadas de la capital andaluza. En los últimos años recorría España como autónomo, asistiendo a los sitios en donde fuera requerida su presencia, incluso disponía de un perfil en las redes, por supuesto que falso, donde internautas variopintos valoraban su sapiencia “jamoneril”. La parte teórica la superó con elegante suficiencia, pero el gerente de la empresa, dada la importancia del papel que el jamonero debería representar la siguiente noche del sábado, sugirió a Mario el acercarse con él a una carnicería próxima, a fin de hacer una prueba práctica definitiva. Por supuesto Mario no se opuso por lo que los dos hombres se encaminaron hacia allí. Su arte cortando jamón quedó bien acreditado ante el sorprendido carnicero que vio con cuanta gracia cortaba Mario el jamón, incluso ese leve movimiento de caderas al compás del jamonero, acreditaron sobradamente la maestría del cortador, por lo que fue inmediatamente contratado. Ochocientos euros, más las propinas, que en estos casos solían suponer mucho más que el propio sueldo, por una sola noche de trabajo con los cuchillos bien afilados. ¿No se habría equivocado de oficio, pensó? Es lo que tiene la excelencia en cualquiera de sus formas. Debería presentarse con la acreditación que le entregó el gerente, y sus armas de guerra, en el propio barco a las ocho de la tarde del sábado, para hacerse cargo de los jamones y tenerlo todo a punto. Estaría bajo las órdenes directas del chef director de la cena y del jefe de sala, además le fueron dados sus teléfonos por si surgía cualquier contratiempo.
¿Cómo se tiene que vestir un cortador de jamón? ¿Cómo tiene que ser el “dresscode”, el atuendo más apropiado para la profesión? Esta es una buena pregunta a la que, seguro que la gran caja de Internet te puede contestar, Mario -se dijo-. – “No puedes ir como un camarero más, pues no eres camarero, tampoco como un cantaor, aunque la profesión de jamonero se aproxime más a cualquier faceta artística, sobre todo relacionada con el flamenco, de lo que uno podría pensar a primera vista”-. No tenía mucho tiempo para elegir su atuendo y era un asunto de suma importancia. Y otra cosa, usaría guantes, pues después de sus lecturas sobre el tema se había decantado definitivamente por la escuela que propugnaba su uso, contra la tradicional que afirmaba que el tacto de dedo y uña, y como mucho, pinzas, era más directo, como decir, más sensual, más personal, y que incluso, le proporcionaba valor añadido al corte y, por supuesto, al mismísimo jamón.
Así que, con premura, se dirigió a una tienda de ropa laboral donde compró un pantalón largo negro, una camisa de manga larga blanca, un chaleco a juego con el pantalón y un mandil con peto, impecable, de un verde brillante maravilloso, unos zapatos negros de charol y una increíble pajarita a juego con el mandil. Así equipado supo que iba a llamar la atención en aquella velada que presumía inolvidable.
El sábado Mario fue exquisitamente puntual, tomando la precaución de aparcar un poco lejos, y no a la vista. Llegó ataviado con su flamante uniforme profesional, llevando, en una bolsa, sus herramientas de trabajo. Fue conducido de inmediato a presencia del chef e impactaba tanto su elegante aspecto, a cuantos le veían, que su bolsa ni siquiera fue revisada. Causó una excelente impresión a todos, lo que Mario consideró un buen augurio, y, por donde pasaba, era objeto de atención mientras se le conducía hacia el salón principal del barco que se iba a convertir, por esa noche, en su sala de operaciones. A la par que recorría el barco saludando, como si fuese una estrella de las que pinchan en la isla, procuraba tomar buena nota de las zonas por las que pasaba, y trataba de relacionarlas con los planos, fotos y esquemas que, con anterioridad, había estudiado. Pudo así comprender que el salón principal era el eje central de la embarcación, junto al comedor principal, que la zona de máquinas y camarotes de la tripulación se hallaba hacia la popa y que la zona de suites y el apartamento y despacho del príncipe ocupaban una parte importante de la zona de proa. En muy poco tiempo se podía ir a esa parte y volver al salón principal donde había de transcurrir gran parte de la velada. El chef le presentó al jefe de sala, y ambos le acompañaron a donde se había instalado su puesto de trabajo. Era un sitio preferente dentro del salón pues muchos acudirían allí durante la noche. El porta-jamones ya estaba preparado, y era de gran calidad, sustentado firmemente sobre una elegantísima mesa de materiales nobles, lo que aseguraba la inmejorable sujeción del pernil, algo imprescindible para dar al proceso del corte la estabilidad y solidez necesarias. Los ayudantes le acompañaron luego a la cocina, anexa al comedor principal donde se serviría la cena, y allí encontró, perfectamente alineados los jamones, que Mario fue mirando de modo displicente, luego, con gran flema, sacó una aguja especial que guardaba en un pequeño bolsillo del peto de su mandil y fue pinchando los jamones uno tras otro, limpiando el dardo tras cada pinchazo, después de haberlo olido, dando con un gesto de cabeza el visto bueno. Impresionó sobremanera a los presentes esta forma tan metódica y profesional de actuar.
Le pusieron como ayudante a un muchacho llamado Enrique, jovencísimo aprendiz de camarero, para cuando el cortador tuviera que ausentarse por motivos de necesidad corporal o por tomarse algún breve descanso ya que la noche sería, sin duda, larga. La recepción empezaría con un coctel en las terrazas del barco, con vistas a la ciudad vieja, al que asistirían los comensales invitados, en número de treinta, y después se uniría otro numeroso grupo que completaría un aforo de unos ciento cincuenta invitados a un baile amenizado por un par de los mejores DJ que pinchaban en la isla. Habría algún entreacto con la actuación de un gran cantaor granadino afincado hacía años en la isla, y en una de las cubiertas se había instalado una mesa de mezclas para aquellos que se atrevieran a poner música a su modo durante los intermedios. Tanto el jefe de sala como el chef principal eran conscientes de que cuando la bebida empezara a hacer sus efectos el jamón se volvería pieza insustituible de la velada, ya no valdrían ni el mejor caviar, ni nada por el estilo, pues solo unas buenas lonchas de jamón bien cortado, con su trocito de pan blanco, obrarían efectos maravillosos en los estómagos más estragados por los excesos alcohólicos.