UNA CRÍTICA LITERARIA, LA CRÍTICA

Por: Luis de Valdeavellano

Escribir una crítica literaria es fácil: solo tienes que leerte el libro, si es posible entero, o en su defecto, si se te atraganta y se te hace indigerible, como suele ser habitual con la mayoría de lo que se publica en la actualidad, dado su, casi seguro, origen progresista, feminista, perteneciente a las minorías desfavorecidas, woke o similares, como referente indispensablemente virtuoso de su calidad artística, entonces puedes recurrir a la sinopsis del mismo, o a otras críticas que se hallen recogidas en las redes, ese proceloso océano que es internet.

          Pero si de verdad quieres plantearte un reto en condiciones, lejos de todas las imposturas que el turbísimo mundo editorial perpetra con la casi absoluta impunidad del dinero, pues entonces tienes que afrontar un desafío como el que yo me propongo hoy. A saber, escribir una crítica literaria sobre un libro que no he leído, ni tengo la más mínima intención de hacerlo…, al menos por el momento, porque si el presidente Pérez puede cambiar de opinión yo también, y lo haré, no le quepa a usted ninguna duda.

          Pero vayamos por partes: ante nosotros, impávidos visitadores de la realidad, aparece en los últimos días un personaje que promete. Se trata de, al parecer, un escritor prematuro que, no obstante, acaba de recibir un premio literario importante ¿Eso dice algo a su favor? Pues sí, que le han dado el premio y se lleva la pasta ¿Es ello relevante en su clasificación como escritor? En absoluto, no en vano la mayoría de los más grandes escritores han sido despreciados por los “dadores de premios”. No olvidemos que los premios los dan “los dadores”, es decir: los comisionados para dar los premios según unos intereses concretos, absolutamente espurios, y ahí hay que seguir siempre al dinero.

          Pues bien un tal David Uclés, don David, o señor Uclés, está estos días en boca de muchos de los que pululan alrededor, cerca, junto, próximos, o en el entorno del mundo literario y sus contornos, gracias, sobre todo, a las gracias, a las ocurrencias, a las gansadas,  a las bobadas, pretenciosamente irreverentes, de dicho autor, que de repente se enfrasca en una confrontación mediante su versión ponzoñosa de la historia, mil veces reescrita, según creencias, de nuestra guerra civil.

          La novela “La península de las casas vacías” se alza  en estos días sobre su puerilidad como una aclamada puesta en escena de la guerra en modo realismo mágico. Como sabrá usted, querido lector, se trata un movimiento literario y artístico nacido en hispanoamérica en el siglo XX cuyo principal autor: Juan Rulfo, lo sublimó, llevándolo a cotas inigualables, mientras que otros autores posteriores, de cierto mérito, lo iban progresivamente desnaturalizando.

          La novela del tal señor Uclés cuenta la historia de una familia, siempre la familia, durante la guerra, y claro está que eso es trascendente, tanto como para darle pie, a partir de ahí, para convertirse en adalid mentiroso de la historia de España, a sabiendas de que literatura no es historia.

          Yo no siento preocupación alguna porque un escritor alucine consigo mismo lo que quiera y eso lo transforme en prosa, aunque sea fantástica, pasmosa y esotérica, y lo llame realismo mágico, como si lo llamara x, pero que haga de ello un caballo de batalla ideológico para malmeter eso ya es otro cantar.

          He de decir que usar una forma literaria, según mi pobre criterio, trasnochada y, las más de las veces, ridícula por mezclar estilos opuestos como el realismo (presunto) y lo mágico, tipo Harry Potter, en un asunto tan brutal como lo fue una guerra entre hermanos le confieren en sí misma una aliento de soflama socialcomunista falaz.

          Por último un tipo, como el señor Uclés, que se presenta en público de la guisa que este señor lo hace me produce ciertas y serias dudas estéticas, tanto por su gesto como por su atuendo. Su gesto de presunto “niño bien” desaliñado pero no demasiado, mezclado con su vestimenta cutre progre aderezada con el “flequillejo” y la gorrilla son suficientes castigos para la vista, hasta tal punto que un esteta, digamos un purista de la elegancia, aun no demasiado severo, pudiera sufrir arrebatos suicidas trágicamente incontrolables.

          Luego, cuando habla, se corrobora su mal gusto, amén de su sentimiento de falta de bondad democrática, no compatible con los que opinan diferente, lo que le acerca a parecerse a un ser altamente extraviado.

          Supongo que el interés del momento, y el dinero que se maneja en su entorno, le hacen apostar por una puesta en escena deplorable, y su novela, mucho me temo, aparte de contener palabras, muchas palabras, reputo que no pueda ser algo mejor.

                                          Vale.  

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